EL HOMBRE CONFUSO

La pareja del hotel

En la esquina del hotel una pareja se besaba sin importarle el fresco de la noche. Pocas cosas me gustan más que pasear cuando ya la gente duerme o se plantea hacerlo. El viento empieza a arrear fuerte y la gente corre a refugiarse. Y eso que todavía puede ser mucho peor. La pareja seguía entrelazada sin pensar, posiblemente, en nada más. Ambos rapados, uno con barba, el otro no tanto, pantalones blancos y zapatillas. Todo son zapatillas ahora. Pasamos por su lado y todo sigue igual en su mundo. Yo, desde luego, a su edad, no fui tan valiente. Porque besarse con alguien a quien quieres sigue siendo un acto de valentía. Tan solo hay que echar un vistazo a su alrededor. Yo fui cobarde. Lo reconozco. Tampoco tenía una forma de no serlo. O al menos, no supe gestionarlo mejor. Tenía miedo de la gente, de las calles, de las miradas furtivas. De que lo supieran mis padres, mi familia, mis amigos. Tenía miedo de mí, de dar el paso, de pensar que el camino que no había querido ver del todo fuese una realidad. Y tanto que lo fue. Pero el miedo ahí siguió. Me causa una profunda envidia ver la libertad de los demás. Sus ganas por encima de todo. Su existencia por encima de todo. Yo hipotequé la mía hasta muy pasado el tiempo oportuno. Todavía lo hago muchas veces. Dudo que a los que pasamos de cierta edad se nos pueda pedir mucho más.

Una vez tuve unos diarios. Los he empezado a lo largo de mi vida en muchas ocasiones pero nunca he sido demasiado constante. Escribía en una libreta de anillas pensamientos, cuentos, relatos, párrafos seguramente inconexos inspirados en lo que me pasaba a diario. Recuerdo perfectamente como me inventé una historia sobre un ladronzuelo que acababa refugiándose en una especie de sauna, sin yo saber qué era una sauna en aquel momento. Guardaba los diarios celosamente dentro de otra libreta. Pensaba que nadie iba a mirar ahí. Claro que también pensaba que lo mío de ruborizarme al cruzarme con el hijo de los vecinos también iba a pasar. Un buen día miré y los diarios ya no estaban. Callé mis lloros y salí de la habitación temeroso de lo que me iba a encontrar. Nadie habló de esos diarios. Ahí supe que lo que hacía estaba mal. Que debía dejar de tener esos pensamientos, que algo me pasaba y debía evitarlo. Viví con ese peso durante muchos años. No hizo falta que nadie me dijese nada. Yo lo entendí perfectamente. Así, la verdad, era imposible ser valiente.

La pareja del hotel se separó al poco de cruzármelos. Siguieron andando cogidos de la mano. Parecían algo enfadados. Igual era el frío. Con las manos en los bolsillos y subiéndome el cuello de la cazadora seguí andando hacia casa. Pasé calles y plazas, carreteras, paradas de autobús, bocas de metro. Gente andando y riendo, fumando y gritando. Las ciudades de noche son el reflejo de la soledad que habitamos. Ese instante que nos recuerda que no todo pasará, que no siempre acertamos, que a veces es muy difícil no dejarse vencer. Me sigue constando mucho no ser cobarde. No esconderme entre la masa y seguir como si nada. Son años de lucha, no es tan fácil quitársela de encima. ¿Entenderá la gente las cosas que escribo? No hay nada tan paradójico como escribirlas para mí y compartirlas con el mundo. Puede que mis diarios desapareciesen. Ahora están aquí. Y nadie me los va a poder volver a arrebatar.

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Esta entrada fue publicada el 21/09/2021 por en Uncategorized.

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