EL HOMBRE CONFUSO

La primera vez

La primera vez que me di cuenta de que no era como los demás fue viendo una película. La había cogido un poco a escondidas porque ya me imaginaba que aquello no era para mí. Por aquel entonces había VHS y cintas grabadas y nada eran tan fácil como ahora. Recuerdo ponerla en el vídeo, avanzar y notar una sensación que, hasta entonces, no había notado antes. Un calor que atribuí al peligro de hacer lo indebido. No era eso, claro. Era otra cosa. De repente se me vinieron encima, cual flashes, todas aquellas cosas que había visto y leído y a las que no les había dado la importancia que, sin duda, tenían. Me acordé de Magnum P.I. y sus camisas abiertas, de ‘Sensación de vivir’ y de Jason Priestley, de ‘Salvados por la campana’ y de Zack Morris, de un libro que reflejaba un diario de un adolescente y narraba como iba cambiando su cuerpo, del hijo mayor de los vecinos de mis padres, tan alto, tan rubio, tan fuerte. Todo de repente cogía su hueco y cobraba sentido. De repente, yo ya no era la misma persona. Nunca más lo iba a ser. Lo que no sabía es que todavía me quedaban unos veinte años para empezar a comprenderme. Qué dura es la autoconstrucción cuando todo lo demás no es más que hostilidad.

Aquella vez, claro, fue la primera que recuerdo en la que sentí que no pertenecía al mundo en el que se me había colocado. Pero nada más allá. Ni revelaciones, ni decisiones, ni pasos adelante. El proceso, al menos para mí, fue lento. No sé si doloroso. Creo que no. Solo puntualmente pero he hecho por olvidar. Al final, si algo aprendemos los que no encajamos en la norma es a sobrevivir. A callar y agachar la cabeza hasta que dejamos de hacerlo. Nunca empujéis a nadie a que siga vuestro ritmo por mucho que sepáis que así sería mucho más feliz. Es su historia, que también es la nuestra. Esa que hemos ido tejiendo y en la que nos sentimos arropados. Esa que nos roban, esa que nos menosprecian. Nunca tuve a nadie que me ayudase cuando estaba perdido. Nadie me miró, nadie me dijo sé por lo que pasas, tranquilo. Y pasó, claro. Y todo cogió su lugar. Y a veces me planteo que debería recopilar estos escritos y publicarlos. A veces, sí, me creo que tengo algo que decir y que alguien lo querrá escuchar. Por suerte, a veces también se me pasa.

Luego llega el pudor, el autoboicot y la inseguridad. El impostor que todos llevamos dentro. Qué difícil es entenderse, de verdad. Iba por la calle hace unos instantes y me he tenido que sentar en un banco a escribir esto. La gente pasa, los coches pitan, los semáforos cambian y yo tecleo. Tecleo mientras nadie me mira. ¿Qué pensarán de ese chico que escribe furioso en el teléfono? ¿Qué creerán que hago? Desnudar mi corazón y narrar mis vivencias al mundo. Como si a alguien le importasen. Como alguien lo fuese a leer. Luego, claro, hablo de pudor. Qué incongruencia. Qué sinsentido.

Le robo esta imagen del pasado a Víctor Algora. Su voz me acompañó escribiéndolo.

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Esta entrada fue publicada el 03/09/2021 por en Uncategorized.

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