EL HOMBRE CONFUSO

Historias del Kronen

No recuerdo muy bien qué edad tenía cuando vi ‘Historias del Kronen’. Tampoco tengo muy claro si la entendí o si simplemente me dejé llevar. Recuerdo más el momento en que me acerqué hasta la biblioteca municipal para hacerme con la novela esperando -confiando- en que a mis padres no les diese por echarle un vistazo a la sinopsis y acabase teniendo que devolverla antes de tiempo. Así eran las cosas en mi casa. No sé si también en los demás. No recuerdo haber tenido un momento de sincera intimidad durante toda mi adolescencia. Puede que suene cruel pero es así. Si la juventud es esa fantasía que vemos en cine y televisión donde todo se vive al límite, la mía, desde luego, no fue así. ¿Cómo lo va a ser si una gran parte de tu existencia no es que permanezca oculta, es que ni siquiera logras entenderla? La adolescencia diría que me llegó a los treinta. Y ahí vivo, inamovible, viendo como mi alrededor toma decisiones de adulto mientras yo sigo pensando en pedirme otra cerveza. Resistencia social frente al heterocapitalismo. Pero a lo que iba.

Volví a ponerme la película hace poco. Estaba en una de la plataformas y no lo dudé mucho. Prácticamente no recordaba nada de su argumento. Un grupo de amigos tirando a pijos en un Madrid despachos y urbanizaciones. Salen, beben, se drogan, ligan y ven como sus vidas transcurren de forma inexorable hacia eso que sus familias han programado. No ofrecen resistencia, tampoco la buscan. Saben que sus días de salir, beber, el rollo de siempre, terminarán antes que nada y, posiblemente, quedarán como un recuerdo, una batallita que les permitirá soportar la desdicha. Nada de esto, la verdad, me importaba mucho. Ni ahora ni antes. Para mí, ‘Historias del Kronen’ era la escena de Juan Diego Botto y Jordi Mollà corriendo desnudos en la piscina. Sus penes balanceantes mientras se zambullían en el agua. Sus juegos, su forcejeos y ese plano final tumbados en el césped, dejando que sus hirsutos pubis llenen la pantalla.

Tal fue la impresión que me supuso ese instante -que, visto ahora, dura menos que nada- que ni siquiera recordaba que llega un momento en el que Botto le espeta a Mollà no haber sido capaz de reconocer que le gustaban los chicos. “¿O es que solo te gusto yo?”. Un punzaba en el corazón. Aquella mañana de estudio en la biblioteca. Aquella camiseta que se levantaba al desperezarse. Una visión de un abdomen poblado de vello. Las noches en la discoteca, su ligues con las compañeras de clase, mis celos no reconocidos, la complicidad que no era más que amistad. ¿O es que solo te gusto yo? Si tuviese que resumir en dos imágenes mi adolescencia como hombre gay nacido en los ochenta serían, sin duda, el beso de ‘Al salir de clase’ y la piscina de ‘Historias del Kronen’. De esos barros, estos lodos. Los hilos que han tejido una generación. El clavo al que aferrarnos para sobrevivir en un mundo que, desde luego, no era el de ahora.

Estaba esta mañana escuchando un ‘Deforme semanal’ de hace unos meses cuando he descubierto una obviedad en la que nunca había caído. El dominio de los hombres -añado aquí heterosexuales- frente al resto queda marcado en el espacio que ocupan incluso en la infancia. El patio del colegio estaba dominado por los que jugaban al fútbol. Corrían de punta a punta, se expandían, conquistaban los pocos terrenos que lográbamos usurparles, sus balonazos nos iban arrinconando hasta casi ni existir. Siempre me pregunto cómo debe haber sido crecer sabiendo que eres el patrón que lo marca todo, la medida de todas las cosas. Yo tuve que esperar hasta los quince para empezar a comprenderme. Luego se quejarán de la poca simpatía que despiertan. Pobres, nunca sabrán lo que tienen. Esa es su penitencia.

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Esta entrada fue publicada el 14/02/2021 por en Uncategorized.

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