EL HOMBRE CONFUSO

Treinta y ocho

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Ahora mismo es el número que más odio. Bueno, tampoco hay que exagerar. Este año llego al día de mi cumpleaños de una forma muy distinta a la de los anteriores. Con más canas, un poco más en forma y después de haber pasado un confinamiento del que, oye, he logrado salir. Y eso que parece que nos espera otro por delante. Qué poco valorábamos lo que teníamos cuando todo era normal. Y qué rápido se pierde el significado de la normalidad. Si alguien me hubiese dicho hace un tiempo que cumpliría treinta y ocho llevando mascarilla por la calle no me hubiese gustado mucho. Más por la cifra que por el complemento, la verdad. ¿Cómo he acabado yo aquí si hace nada estaba saliendo del instituto? No tengo ni idea de lo que ha pasado en los últimos diez años. Si no me miro muy bien en el espejo sigo creyendo que tengo veintiocho y la vida por delante. Que todavía puedo ser una joven promesa, que soy el menor de todos mis amigos y que lo de sentirse viejo es cosa de otros. Hay que joderse. Y me da que esto solo va a ir a peor.

Siento un vértigo terrible al ver como me acerco al cambio de década. Pero horroroso. No sabría explicarlo. De repente todo lo que he hecho no ha servido para nada. En la balanza pesan mucho más las cosas que no he cumplido y eso me martiriza un poco. Siento que empiezo a llegar ya tarde para casi todo, que no he aprovechado como debía y que estos años que dejo atrás igual han sido los mejores y yo me los he pasado silbando en la esquina. Si pudiese aparecerme a aquel Confuso que estudiaba sin parar le diría que no sea tan tonto. Que se lance, que no pasa nada y luego lo agradecerá. Que sí, que le gustan los chicos y que está bien. Que esos miedos solo hacen que pasen oportunidades que no regresarán. Que sea aplicado pero igual no hace falta tanto y que se divierta más. Y eso que me divertí mucho, la verdad. Que no se limite a vivir las cosas en los libros. Fuera también hay mucho que hacer. Ah, y que cuide el pelo que un buen día empieza a desaparecer y ahí ya no hay nada que hacer.

No sé que nombre científico debemos tener las personas que nos adelantamos al sufrimiento. Idiotas, imagino. No hay forma peor de arruinarte que estar pendiente de un futurible que posiblemente ni siquiera termine pasando. Pues ahí vivo yo, acomodado entre almohadas mullidas, viendo la vida pasar y esperando que se me caiga de las manos. Si tuviese que pedirle algo a este año que empieza sería solucionar estos problemas. Bueno, y poder abrazar y besar a mis amigos pero eso es algo que compartimos muchos. Hace escaso minutos que he cumplido treinta y ocho y ya tengo miedo. Sé que va a ser un día estupendo, los cumpleaños confusos siempre lo son, pero qué pasará cuando todo termine. Ojalá venga mi yo del futuro a decirme que todo está bien, que no pasa nada por ser menos exigente y que aún me quedan muchas puertas por abrir. Que la edad solo me importa a mí y que preocuparse es una tontería. A ver si me hago caso. Brinde y celebren por mí. Yo también prometo hacerlo.

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Esta entrada fue publicada el 16/07/2020 por en Uncategorized.

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