EL HOMBRE CONFUSO

Día 97 – ¿Qué más puede pasar? ¿Qué más?

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Dice B. que va a contratar un entrenador personal para poder ilustrar este diario. Se ve que no ha tenido suficiente con haber salido en tropecientas entradas. Siempre quiere más. Que ya me he dado yo cuenta de que se pasa el día haciéndose selfies medio desnudo para ver si me cosco del tema. Para eso y para animar a sus muchos pretendientes virtuales. Eso también. Lo que no sabe es que le quedan pocas oportunidades para lograrlo. La verdad es que llevo pensándolo desde hace ya muchos días pero reconozco que me hace bastante gracia ver como sabe que lo pienso y no lo hago. Son los pequeños placeres de la tortura a distancia. Buscar la foto que ha acompañado cada entrada del diario ha sido mi particular castigo. Ni escribirlo, ni nada. Encontrar chulos que encajen en el prototipo confuso. Un prototipo exacerbado como todos los prototipos y que es un poco ya marca de la fábrica. Por muy mal que pueda estar esto de los clichés. Qué agotador debe ser estar siempre mirando qué hacen los demás para ponerle en la palestra. Con la cantidad de stories que hay para ver. No sé, si más distracciones que el siglo XXI es difícil conseguir…

Me cuenta otro B. que tiene un amorío de confinamiento. Un vecino con el que se cita en su coche. Volver a casa paterna, a la cama de la adolescencia, a las pajas en la ducha, conlleva estas regresiones. Los primeros besos furtivos, los magreos a escondidas, el disimular a la vuelta. Claro que B. tiene casi su propio apartamentito y puede quitarse los pantalones donde la plazca. Qué suertudo. La verdad es que también me hace muchísima gracia todo lo que me cuenta. Detrás de esa apariencia de atolondrada seguridad se esconde una sensibilidad casi dolorosa. En los últimos tiempos ha ido dando pasos que le han ido poniendo en boca de muchos pero sigue siendo ese adolescente que pensaba más en sus sueños que en otra cosa. No le conocía por aquel entonces pero muchos hemos estado ahí. Tampoco tengo claro hasta qué punto la gente llega a conocerle. No lo pone nada fácil, refugiado en su escudo de ironía, pero al final te deja pasar. Cuesta pero vale la pena.

También me ha contado que a raíz de alguna que otra foto que ha compartido en sus redes, le ha escrito más de uno interesándose por su paquete. Y lo dice con una mezcla de pudor y sorpresa, que dan ganas de abrazarle si se pudiese hacer ahora, claro. Creo que ya le he contado en alguna ocasión que su paquete ha sido objeto de debate en el pasado pero mejor que no se lo crea. Hay inocencias que deberían mantenerse siempre así. Aunque puede que sea esta una postura egoísta. La semana que viene cojo un tren y estoy un tanto aterrorizado. No por las condiciones ni los riesgos, que, bueno, un poco también, sino por mi ya clásica mala suerte. Cuando algo se me puede ir de las manos y arruinarme el día, ocurre. Y no sé yo si estoy preparado después de tantos meses de encierro. ¡Con lo bien que estaba yo en casa! Seguro que se me olvida algo, me toca el peor compañero de fila, me equivoco de andén o me dejan en tierra a sabiendas. Y si algo tenemos que haber aprendido es que con el 2020 no se puede jugar. De verdad, ¿qué más puede pasar? ¿Qué más?

Foto: Paul Baldassari.

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Esta entrada fue publicada el 19/06/2020 por en Diario de confinamiento, Uncategorized.

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