EL HOMBRE CONFUSO

Día 73 – Me pregunto algo inquieto qué nos va a pasar

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Ya he decidido el momento en el que terminaré este diario. De hecho, tengo dos finales posibles que aplicaré dependiendo de las circunstancias. Como cebo, la verdad, es que me ha quedado muy bien. Empiezo a sentirme ya en fase 1. De repente, tengo planes para la semana y estoy entre emocionado y un tanto acojonado. Siempre pienso que tengo un pequeño don para fastidiar las cosas. Que saldré dos veces a tomarme una cerveza y ya volverán a cerrar todo y la culpa será mía y los telediarios me dedicarán piezas amarillistas señalándome sin piedad. Lo peor de todo es que, vale, igual no a este nivel, pero sí lo pienso. En las cosas mundanas no tengo yo mucha suerte. Si se tiene que perder un paquete, es el mío. Si tienen que cancelar un tren, es el mío. Si se tiene que romper un pantalón subiendo a una tarima demasiado alta, es el mío. Que nadie sufra si estoy presente. El gato ya me lo llevo yo al agua.

No tengo constancia de que esto haya sido así siempre. ¿Hubo un momento en el que todo me sonreía? Pues posiblemente no. Tampoco tengo quejas, aunque sí me gustaría que cuando me digan que me espere en casa que van a ir a mirar la nevera, pues vayan y no me cancelen tres veces y dos de las cuales ni me avisen ni nada. O cuando esté todo el vagón completamente vacío y solo hay dos asientos ocupados, pues que no sea justo el de mi lado y me toque el señor que no ha desactivado el sonido de su whatsapp y me martirice durante todo el viaje. O que en una cena de veinte personas saquen todos los platos y justo se olviden de uno y sea el mío y me lo quieran sacar cuando todo el mundo ha terminado de cenar. No sé, minucias que me harían la vida un poco más fácil. ¿Es es tanto pedir? Fijo que cuando me arme de valor a reservar una mesa en una terraza aparecerá otro Confuso y se sentará delante de mis narices. Moraleja: no se puede tener todo.

Esta tarde mientras paseaba escuchaba un podcast en el que me he sentido totalmente identificado. Los miedos, la validación de los demás, la tuya propia, lo complicado que todo parece cuando no paras de darle vueltas a la cabeza. Siempre digo que me gustaría ser más espontáneo, preocuparme menos por las cosas, dejar que pasen por encima de mí y continuar viviendo. Puedo pasarme horas rememorando conversaciones, detectando la frase justa que me molestó o la respuesta que debía haber dado y no di. Puedo estar días ensayando conversaciones que todavía no han ocurrido, pensando posibilidades, recreando una falsa seguridad para sentirme en control de lo que va a pasar. Evidentemente, nunca pasa así y, en realidad, no ocurre nada. Todo sigue su ritmo y listo pero, ay, qué bonito sería parar la cabeza. Y comer pizza toda las noches. Pero sobre todo parar la cabeza.

Foto: Romain Costa.

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Esta entrada fue publicada el 26/05/2020 por en Diario de confinamiento, Uncategorized.

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