EL HOMBRE CONFUSO

Día 70 – Qué extraño va a ser verme así a partir de ahora

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Cierro la puerta y toco el botón con el codo. Espero mientras me ajusto la mascarilla. Me pongo los cascos y salgo a la calle. Giro a la derecha y paso por delante de la sucursal del banco. Hay tres personas esperando pacientemente. La academia de inglés continúa cerrada y en el tienda de animales le cortan el pelo a un perrito blanco. Dos señoras con el tinte puesto charlan a cierta distancia mientras atienden a una tercera. En la farmacia, la farmacéutica fuma en la puerta mientras rebusca algo en una bolsa. Cruzo de acera por si intenta darme algo. La plaza ha recobrado la vida desde que han vuelto las mesas. En la panadería dos policías se toman un café pese a que parece que esto no puede ser. La frutería acumula gente y en los bancos se sientan dos ancianos. Cruzo casi sin mirar y emprendo el camino de cada día. La mayoría de comercios permanecen cerrados. Las miradas furtivas rezuman desconfianza. Somos los de siempre pero, a la vez, hemos dejado de serlo. El aire de la calle tampoco es el mismo. Ahora tan solo es vapor recalentado.

En el cuartel de la guardia civil hondea una bandera nueva. Varios chicos de fuertes pechos salen hacia el parking. Una muchacha tropieza mientras carga un par de bolsas y un perro da vueltas a una farola. A la derecha un camarero prepara cocteles hawaianos mientras gente espera su turno en la pastelería. Botellines de cerveza vacíos se agolpan en una de las mesas y nadie parece tener ganas de recogerlos. La biblioteca tiene ya la verja cerrada. Cruzo la puerta del supermercado donde solía comprar antes. Donde también lo hacían mis padres hace ya varias décadas, cuando vivíamos en el piso viejo. El fotomatón sigue en su sitio y la iglesia ha abierto el jardín. Dos niñas hablan animadas como si no supiesen que están en lugar sagrado. En el instituto donde estudié el bachillerato han escrito un verso en la pared. Todavía no me he parado a leerlo. Los gatos entran y salen libres, sabiendo que nadie va a molestarles en un buen tiempo. No sé si guardo un buen recuerdo de aquella época. Fui feliz pero no llegué nunca a ser yo. Qué distinto hubiese sido todo de no haber tenido miedo.

Vuelvo a casa por el camino que recorrí tantas veces con la mochila a cuestas. Dejo a la izquierda el bloque donde siguen viviendo los padres de mi amiga L. El callejón del museo refleja mi paso con varios colores y las casitas bajas parece que están todas deshabitadas. Al supermercado de la esquina nunca he vuelto. Cada viernes iba con mi madre y mi hermano al salir del colegio. Ahora ya no va nadie. Evito volver por la plaza porque hay demasiadas terrazas. Cruzo una calle un tanto escondida donde iba con I. a tomar café cuando estudiaba. La farmacéutica ya ha echado el cierre y en la peluquería no queda nadie. Algunas parejas dan vueltas por el parque y yo rebusco las llaves en el bolsillo. Entro en el portal y me quito la mascarilla. Qué extraño va a ser verme así a partir de ahora. Me quito los cascos en el ascensor. Suena ‘Décima víctima’. Han pasado setenta días y todavía no me lo creo. Por suerte, ya solo falta un mes. Solo un mes.

Foto: Marcel Karussell.

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Esta entrada fue publicada el 23/05/2020 por en Uncategorized.

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