EL HOMBRE CONFUSO

Día 66 – Cómo echo de menos la normalidad de antes

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Cada pocos días le mando a F. unos párrafos sobre cómo me siento y lo que me preocupa. Él hace lo mismo conmigo, normalmente bien entrada la noche. Nos respondemos a deshora, así también a salto de mata, creo que tirando demasiado de obviedades pero, a veces, no hay más que lo evidente. Cada uno vive un confinamiento bastante distinto pero, con todo, conectamos en muchas cosas. Esos momentos en los que no puedes más y necesitas soltarlo pero tampoco vas a arruinar el humor de los que te rodean, física o virtualmente. Y la verdad, no puede sentar mejor. El otro día le contaba que no sé muy bien cómo voy a llevar esto de encontrarme con amigos después de muchos meses y no acercarme a abrazarles. ¿Qué voy a hacer? ¿Así con la manita? Ya sé que es lo que hay y que es lo que toca pero, madre mía, la impotencia. Para que luego la gente pase de todo tan alegremente. Como sus actos, claro, solo les afectan a ellos…

Tengo a M. en pleno estado de ebullición. Y desde que empezó todo esto, que ya es mérito. Durante los primeros días de encierro las hormonas se dispararon. Todos vivíamos en niveles muy altos de actividad, de intensidad y, como no, de sexualidad. Una bacanal romana pero en instagram. Duró poco y ahí se ha quedado. Igual el buen tiempo y lo de ver la lucecita al final del túnel ha animado algo. Pero ahí está M., inasequible al desaliento. Cada dos días viene a contarme que está en llamas, que no puede más, que ya no sabe qué hacer. Me lo imagino como en ‘Los sexoadictos’, inventando un nuevo acto y restregándose contra los muebles. A ver si va a dejarse tanta energía en casa que cuando pueda salir se le baje ya todo. Aunque contando que vamos a tener que ser todos muy cuantos y precavidos con los contactos, igual es la mejor solución. Luego le pregunto a ver qué me cuenta.

Me ha contado hoy mi padre un sueño rarísimo que había tenido. De repente, había decidido cambiar el piso familiar por otro con una promesa de que era más grande y aquello era un cuadro. Había que entrar al portal por dentro de la piscina, meterse en el ascensor por una gatera, en la azotea había como doscientas personas y una parte del bloque era una iglesia. Al piso en sí nunca llegaba a entrar. A mí ni la cuarentena ha hecho que logre acordarme de lo que sueño. Caigo inconsciente cuando me acuesto y me despierto con la misma sensación. Problemas de conciliar el sueño tampoco he tenido. Hoy he escuchado una anécdota que contaba J. en un programa de radio. Era de un equipo de una película a las tantas de la madrugada en un hotel. Uno de los técnicos terminó compartiendo habitación con el protagonista y mientras este cerraba un ojo le pidió permiso para hacerse una paja. Y así acabó la noche. Con uno de sonido en tu cuarto dándole mientras apuraba una cerveza. Yo creo que ahí hay un aprendizaje sociológico digno de estudio.

Son casi las doce y suben sonidos de personas por la calle. No sé yo si se me pasará esta alerta que me lleva a detectar todos los incumplimientos. Qué estrés, de verdad, solo me falta a mí ejercer de policía ciudadano. Ay, ¡cómo echo de menos la normalidad de antes!

Foto: Timothy Cappelli.

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Esta entrada fue publicada el 19/05/2020 por en Uncategorized.

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