EL HOMBRE CONFUSO

Día 54 – Algunos, por el momento, solo tenemos pantallas

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Tengo miedo de que la gente me olvide. Puede que sea solo un temor infundado o una auténtica tontería. De hecho, seguro que lo es, pero tengo miedo. Pasan los días y parece que vuelve una pequeña normalidad y ya nadie va a tener la necesidad de hablar. Saldrán a la calle, retomarán sus vidas, verán a sus amigos, se encontrarán con su familia. Viviremos de prestado, esperando que aquello que conocimos vuelva a aparecer y en ese camino no sé si encajo. Llevo aislado tanto tiempo que ya doy por normal ver todo a través de una pantalla. Salgo solo los ratos que puedo y escucho voces y podcasts. Construyo un muro fuerte que me impida venirme abajo una y otra vez aunque, en realidad, tampoco termino de conseguirlo. Y empiezo a notar cómo se me van los apoyos. Puede que no solo me pase a mí, que los que han estado ahí empiezan a no estar y cada vez se note más el hueco. Que cuando llega la calle las pantallas se apagan. Y algunos, por el momento, solo tenemos pantallas.

Quiero pensar que quedan semanas, que dentro de nada todo será como antes. Porque lo de antes estaba bien aunque no lo apreciase. Y aquí estoy, esperando una reacción sin haber pedido nada. Esperando que alguien me lea esta dichosa mente y actúe en consecuencia. Y lo cuento en el diario porque es lo que toca en este día cincuenta y cuatro. Y seguramente no implique nada más. Puede que suene absurdo pero quiero ver el mar. Y tomarme un café en una cafetería. Y meterme en una tienda a no comprar nada y seguir caminando como si nada. Quiero pasear sin pensar en si la gente está demasiado cerca. Quiero no controlarme cuando me encuentre a un amigo y abrazarle y que me devuelva el abrazo. Quiero no mirar el reloj cuando salga a la calle y no preocuparme si se me pasa la hora. Quiero ir a comer un domingo y tomarme una cerveza en una terraza. Quiero que todo esto pase y se quede en un mal sueño. Y aguanto estoico y paciente. Y cumplo con lo que toca. Pero se me está haciendo ya muy difícil. Tan difícil que no tengo ganas de más.

No sé a quién contarle esto sin parecer un iluso. No siempre es fácil abrirse cuando lo que viene no es tan agradable. Las semanas de encierro y la incertidumbre por lo que vendrá me han pasado factura, está claro. No es la primera vez que me pasa. Sentir que las vidas de los demás evolucionan mientras la tuya permanece estancada. ¿Se acordarán de mí? ¿Me echarán de menos? Es una postura tremendamente egoísta, lo sé, pero a ver cómo me gestiono todo esto. Nos repiten que lo que hemos pasado no ha sido lo peor. Que lo difícil viene ahora y empiezo a pensar que es cierto. Ya escribí de esto ayer y sigo en pleno bucle. A ver si mañana le doy un giro de alguna forma. Las rutinas se me hacen muy pesadas. Casi no leo, tampoco estoy viendo nada. Escribo, paseo, trabajo y duermo. Y de ahí no salgo. Echo mucho de menos el contacto con la gente, el verse cara a cara, el abrazarse. Nunca imaginé que esto podría pasarme. Yo que tanto soñaba con una temporada de desconexión social. Para que luego digan que no es peligroso desear nada.

Foto: Florian Bourdila by David Macgillivray.

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Esta entrada fue publicada el 07/05/2020 por en Diario de confinamiento, Uncategorized.

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