EL HOMBRE CONFUSO

Día 53 – Es duro pensarlo pero mejor no adelantarse ni un minuto

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Qué difícil resulta aguantar el confinamiento cuando empieza la vida. Hasta ahora, con esto de no poder salir nada de casa, todo era más fácil. Sobrevivir con la cabeza más o menos centrada y no dejarse llevar por el pánico. No sé si estaba yo preparado para que se fuesen reactivando las cosas. Hoy J. me ha mandado una foto de su encuentro fortuito con N. mientras paseaba. Qué alegría y que tristeza a la vez. Todavía me queda un buen rato hasta poder verles y no sé cómo lo voy a llevar. Eso sí, me ha hecho muy feliz verles en la calle. En esa calle en la que solíamos quedar cuando nadie pensaba que nos terminarían encerrando. Mi última salida oficial fue con ellos. Comimos en un mexicano pensando que algo iba a pasar al día siguiente. Si me dicen que sería mayo y seguiría aquí, no me lo hubiese creído. ¡Si esto iba a ser un mes! Y así estamos. Cortándonos el pelo en casa como salvajes.

El calor ha hecho que toda es lujuria que se había quedado un poco aletargada vuelva con fuerza. Eso o que hay una oferta en speedos y yo no me he enterado. De repente todo instagram está medio desnudo. ¡Ya era hora! Entre esto y lo de los runners que siguen saliendo a correr sin ropa interior, la verdad es que el desconfinamiento ha mejorado. Sí, son pesados. Sí, creen que viven en una especie de religión superior por esto de ir rapidito por la calle. Pero yo les perdono todo. Solo por verles venir de lejos con sus mallas apretadas. Mis paseos matutinos son otra cosa gracias a ellos. Un día se me despistó todo y empecé a hacer ejercicio en casa solo con los pantalones y sin calzoncillos. Todo parecía normal hasta que empecé con esto del cardio. Madre mía, tuve que parar a sujetar aquello. De verdad, ¿cómo podéis correr con ese balanceo? Es una pregunta real. Necesito respuestas.

A C. le dio ayer la bajona clásica de los martes. No sé muy bien por qué pero es el día. Aunque a mí me suele pasar también los domingos. Se vio colapsada por lo que viene y le costó un poco remontar. Quién no la va a entender a estas alturas. Es duro pensarlo pero mejor no adelantarse ni un minuto. Mi amiga Q. dice que ya va siendo hora de abandonar las ciudades, que la pandemia nos ha pillado en el sitio equivocado. Ella se ve ya instalada en su cortijo, plantando tomates y recolectando patatas. Y dice que nada le haría más feliz, que pasa ya de madrugar, de coger metros y de tener que tragarse toda esa contaminación. Es una bonita fantasía hasta que lleve dos semanas y se dé cuenta que vivir en el campo no es ese paraíso bucólico que imaginamos. No es que yo no me vea ahora en una parcelita leyendo mientras la brisa acaricia mi, espero, firme cuerpo. También me imagino conquistando Nueva York y mira, aquí estoy, tecleando en pijama. Seamos un poco realistas.

Lo que está claro que el confinamiento nos ha pillado en el estrato equivocado. Esto no se vive igual en un piso interior donde el baño y la cocina se encuentra a menos de un metro que en un ático con vistas al parque. Lo que me lleva a pensar en todos esos pisos que sacáis en vuestros stories. ¿Son vuestros? ¿Os lo han regalado? ¿Os lo puso un empresario del destape? De verdad, tengo mucho que comentar y casi que me voy a callar. No sea que el destino termine jugándomela otra vez. Y ya tengo bastante.

Foto: Griffin Barrows.

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Esta entrada fue publicada el 06/05/2020 por en Diario de confinamiento, Uncategorized.

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