EL HOMBRE CONFUSO

Día 34 – Hay quién canta con el estómago y yo escribo desde la tristeza

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Todos tenemos una amiga que ha perdido ya la cabeza. Una o varias, claro, que aquí la cosa empieza a ponerse seria. Hoy comentaba con K. los stories que está subiendo una que tenemos en común. Pobre, se le ha ido. Se ha entregado a la conspiración y de esta no sé yo cómo va a salir. Y no es el único caso. Me contaba A. el otro día que una absurda que conoce de instagram ha decidido alquilarse un pisito para poder así recibir a chulos en casa. Que estoy por denunciarla yo mismo. Y a sus seguidores les ha vendido la moto de que tiene que cambiarse de hogar por una urgencia. ¡Será en su entrepierna! De verdad, ¿pero qué demonios le pasa a la gente? Menos mal que esto es una minoría. A J. le da un miedo atroz salir a la calle, que, a ver, tampoco es cosa de extremarse tanto, y se ha resignado a alimentarse de lo que buenamente pilla. Cuatro semanas lleva a tofu. Si esto no es el drama del confinamiento, yo ya no sé.

Hacía varios días que no retomaba lo que había sido este diario en un principio. Claro que tampoco mi estado de ánimo ha sido el mismo en toda la cuarentena. Ya me gustaría a mí ser esa vedette divertida que nunca falla. Hay gente que lo hace mucho mejor que yo. Contó B. el otro día que una amiga suya que vive en París le echó las cartas del tarot a distancia. Antes de empezar, porque esto hay que tomárselo en serio, le dijo que nada de beber ni de fumar. Fumar cosas que no son tabaco, vamos. Así se lo prometió mientras, por detrás, se echaba cerveza en una taza enorme alegando que no era más que un té calentito. El que acabó calentito, al final, fue él. Eso sí, el tarot le planteó un futuro estupendo. ¡Menuda suerte! También dice J. que al principio del confinamiento soñó con un conejo blanco y que eso es todo buena fortuna. Yo caigo inconsciente cada noche y amanezco exactamente igual. ¿Qué me querrán decir los astros? ¿Que me vaya preparando para el pozo de negrura que me espera? Si es que nunca he tenido yo mucha suerte…

Hay una anécdota de mi amiga P. que es una de mis favoritas. Ella, que es una reputada narradora, coincidió allá por los albores de los noventa con tres reinas en un ascensor. Pero reinas de título y todo, no de estas reinas que nos gustan. Ella, siempre diligente y correcta en su comportamiento, al verse encerrada en un espacio tan diminuto con tres monarcas optó por hacer una ligera inclinación de cabeza y una pequeña reverencia como buenamente pudo. Eran los noventa, ya se sabe, todo era diferente. Mientras aguantaba estoica su anquilosada postura pudo escuchar como las demás comentaba en un inglés perfecto: ‘Pobrecita, tan joven y ya jorobada’. Claro que peor se ha quedado mi amigo I., que quiso hacer gimnasia el primer día de encierro y luego se pasó cuatro sin poder levantarse de la cama. Y eso que ni hizo más que los calentamientos. A este ritmo voy a terminar abriéndome yo mismo un canal de youtube.

Cada noche pienso que debería de invertir tiempo en este diario y dedicarlo a escribir algo de verdad. Como si esto no lo fuese, pero ya se me entiende. Es un pensamiento que me persigue desde hace tanto tiempo que lo he convertido en parte de mi ser. Llegará el momento en que lo tomaré en serio. De momento tengo bastante con no venirme abajo. Aunque tal vez ahí esté el punto que necesito. Hay quién canta con el estómago y yo escribo desde la tristeza. Y cualquier que haya pasado por aquí en estos años debería saberlo.

Foto: Gianluca por Gonza Gallego.

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Esta entrada fue publicada el 17/04/2020 por en Diario de confinamiento, Uncategorized.

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