EL HOMBRE CONFUSO

Día 9 – ¿Cómo puedo estar tan cansado si no salgo de casa?

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Esta cuarentena me tiene de sorpresa en sorpresa. Lo que yo imaginaba como unas semanas de vida contemplativa, largas horas tumbado en el sofá y alguna que otra emoción en forma de bizcocho o tarta -otro día presumiré de mi buena mano para los postres-, ha terminado siendo un transcurrir frenético de días sin que me dé tiempo casi a respirar. ¿Qué hago? No lo sé. ¿Por qué no paro? Tampoco lo sé. ¿Quién me ha cambiado el confinamiento por una carrera interminable de obstáculos? Ya me gustaría a mí saberlo. Ni siquiera en fin de semana, donde mi principal actividad ha sido descansar, he logrado quitarme de encima este agotamiento intrínseco. De verdad, cuando salía a la calle y recorría kilómetros y kilómetros en la guerra de las mil gestiones llegaba a casa mucho más liviano que ahora. Una vez más, alguien me ha estafado y empiezo a pensar que he sido yo mismo.

Con la cabeza dormida y la energía por los suelos me he enfrentado hoy al despertador. Por suerte, mi capacidad de activación es rápida y en nada ya me había enfundado los vaqueros, respondido varios whatsapps y escuchado un tema de la Rebequita que me había pasado J. desde spotify. Creo que soy demasiado viejo para estas cosas pero, mira, no le voy a decir que no al progreso. Mi amiga P., que siempre es más joven que cualquier ser humano, se hace así la despistada cuando hablamos de actualidad porque, claro, ella nunca había nacido o estaba en el colegio. Menuda es, hay que aprender de ella ya. Hoy ha hecho una albóndigas mientras B. cocinaba un filete Wellington que, en realidad, ni era filete ni posiblemente Wellington. Eso sí, parece que le ha quedado rico. Lástima que cuando salgamos de aquí habrá perdido ya la cabeza por la cuarentena y no recordará ni cómo encender el horno. Yo estoy pidiendo plaza en la Buchinger para mayo. Que me corten el pelo, me arreglen la barba, me pongan en forma y me den unos rayos uva. Al virus lo venceremos pero vamos a dar una pena… Qué lastimica.

Quiero pensar que todo este cansancio viene del cambio de rutinas y el estrés mental. Aguantar el tipo y la cabeza cuerda en estos momentos no es tarea fácil. También mis siete minutos de HIIT tendrán algo que ver. Me cuenta mi compañero A. que ha descubierto lo que significa al ver a su novia emprender una rutina diaria mientras observaba agazapado cual gato temeroso en un rincón del salón. Menos mal que yo cierro la puerta, bajo la persiana y soy capaz de atrancar las ventanas con tal de que nadie me vea haciendo ejercicio. La poquita dignidad que me queda no la voy a perder entre saltos y sentadillas. No sé cómo hace la gente para estar siempre estupenda. Mi amiga S. me mandó el otro día un vídeo haciendo gimnasia con su compañera de piso. Que, también, vaya locas grabándose solo para compartirlo con todos sus contactos. La cuarentena ha dado por normal cosas que antes nos parecían aberraciones. Y si no, que se lo digan a todas las maricas instagramers que tienen la manga de los nudes más suelta que nunca.

Estoy empezando a crear una red de resistencia al rasurado de barbas. De momento creo que he reclutado a dos personas. Mi amigo M. ha sido el primero en levantar la mano. Resulta que ni los guapos eran tan guapos ni los feos tan feos, me ha escrito a toda velocidad. Voy a habilitar un buzón de correo, una cuenta de instagram, un perfil de facebook, un tik tok y una cuenta de eso de los animales a lo que juega todo twitter. Mi mensaje tiene que ser difundido. Quedaos con la palabra y orad, hermanos. ¡Hacedlo por las barbas!

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Esta entrada fue publicada el 23/03/2020 por en Diario de confinamiento, Uncategorized.

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