EL HOMBRE CONFUSO

La carpeta de ‘Sensación de vivir’

2dylanbrandon

Hace poco me dio por escribirlo a través de stories de instagram. Como si yo fuese, así de repente, alguien al quién hay que leer o que se cree prescriptor de algo. Menos mal que la vergüenza hace que me mantenga alejado de youtube y demás plataformas de ego descontrolado. No sé muy bien por qué recordé justo ese episodio o qué estaba pasando a mi alrededor para que volviese a sentirme aquel muchacho, aquel niño que no terminaba de saber qué le estaba pasando aunque ya sospechaba que no llegaba a ser igual que los demás. Ni lo entendía ni tampoco me lo planteaba. Claro que no tenía ningún espejo en el que mirarme y eso, a esas y a estas edades, es una losa que cuesta mucho de sobrellevar.

Debía rondar yo los diez años, tal vez algo más, tal vez algo menos, cuando corrí al kiosco a por la ‘SuperPop’ del momento. No había llegado todavía a la edad de la Bravo y su postura de la semana -despertador de onanismos para los que rondan ahora la treintena más que pasada- pero las revistas se acumulaban en mi habitación. Era la época de ‘Sensación de vivir’ y los magazines dedicados a adolescentes sabían que tenían un filón que no podían dejar pasar. Supuestos aspectos ocultos de los protagonistas, las reacciones allá en su América natal y una buena dosis de merchandishing para coleccionar y adornar las paredes de tus estancias. En la mía se codeaban carteles de cine, fotos de Claudia Schiffer arrancadas de revistas -no debe haber nada más marica y, a la vez, que pareciese más hetero en aquellos tiempos- y sí, también recuerdos promocionales de 90210.

La revista regalaba una carpeta con fotos de los protagonistas de la serie. Era una de estas carpetas de gomas con, creo recordar, separadores dentro. La peculiaridad que la hacía especial era que, en uno de los lados, tenía una especie de abertura en la que podías ir intercambiando tiras con las caras de los actores y actrices. A modo de fotos de fotomatón, sí. Tenías de todos. De Brandon y Brenda, de Kelly, de Andrea, de todos. Nada me hacía más ilusión en aquel momento que ir probando unas y otras antes de sacarle de casa y llevarla al colegio conmigo. No iba a ser el único de clase así que había que elegir bien. ¿A quién me pongo? Yo, en realidad, lo tenía claro. Me encantaba Brandon por motivos que, tiempo después, tuve claros. Uno siempre fue algo moñas incluso cuando está permitido serlo.

Puse la tira con las caras del actor y me fui a la mañana siguiente a clase. Saqué mi carpeta orgulloso pero, rápidamente, me arrepentí. Nadie me dijo nada, nadie me miró raro, nadie quiso quitarme la carpeta. Tampoco hizo falta. Sentí, al verme rodeado de los demás, una enorme vergüenza al llevar las fotos de un chico en mi carpeta. Dudo, de hecho, si llegué a sacarla de la mochila. De todos había elegido a Brandon y algo no estaba bien. No más triste de lo habitual volví a casa a mi hora y quité la tira de las fotos. Puse la de Kelly en su lugar y así me la llevé al colegio al día siguiente. Y eso hice a partir de ese día. Guardaba la de Brandon para cuando estaba en casa y la cambiaba por la de Kelly cada mañana.

No sé cuánto más estuve utilizando esa carpeta. Sé que, tiempo después, la cambié por una de Linda Evangelista que me compré en un viaje a Andorra. Esa vez no me dio vergüenza. Claro que, a ojos del mundo, tan solo era una chica guapa. No sé cómo será el instituto ahora. Tampoco el colegio. No mantengo mucha conexión con profesores o padres como para saberlo. Quiero pensar que todo ha cambiado. Que si alguien quiere ir con su carpeta con el chico que le gusta, simplemente lo hará y no pasará nada. Que los chicos y chicas gays se podrán enamorar con total libertad y podrán expresarlo hacia los demás -como ya dije una vez, en mi instituto no había gays-. También imagino que esa es una versión muy edulcorada y que la realidad no debe ser tan amable como parece.

Crecer guardando algo tan importante para ti como tu sexualidad es un trago por el que muchos hemos pasado. Aprender a mentir sin pestañear, a recelar y tener miedo, a vivir una doble vida como si fuese algo normal y habitual -lo peor es que lo era-. Entender, sin que nadie te lo dijese, que más te valía estar callado. Tener que esperar hasta los 15 o 16 años para volver del instituto, sintonizar ‘Al salir de clase’ mientas calentabas la comida y ver, por primera vez, a dos chicos besándose en televisión. Sentir que no estabas solo y que, como tú, muchos habían puesto a Brandon en su carpeta. Qué alegría pensar que las cosas han cambiando. Y cuánto nos queda, todavía, por recorrer.

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Esta entrada fue publicada el 09/02/2020 por en Uncategorized.

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