EL HOMBRE CONFUSO

En mi instituto no había gais

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En mi instituto no había gais. Ni uno. Como mucho, había cuatro a los que la masa llamaba maricones y acosaba durante los recreos y las clases de educación física. Posiblemente, ni lo eran, o ni se les había pasado por la cabeza que pudiesen serlo. Era lo de menos. El mensaje estaba claro. Más vale que pasases desapercibido antes de atenerte a las consecuencias. Yo mismo no tenía ni idea de lo que me estaba ocurriendo o dejaba de ocurrir. Por qué forraba las carpetas con fotos de Brandon y Dylan camufladas entre las de Brenda y Kelly porque, claro, aquello no era normal. Tardaría unos cuantos años en averiguarlo. Muchos más de los que cualquiera puede imaginar. Claro que de eso ha pasado tanto que es ya casi una ensoñación.

En mi día a día no tenía ni un referente. Los pocos que podía ver en televisión o leer en revistas estaban muy lejos. Puede que en esos mundos las cosas fuesen diferentes, no en el mío. Yo solo iba a clase, estudiaba por las tardes, maldecía el día que tocaba gimnasia y veía como mi entorno comenzaba a tontear y a echarse novios de ‘tercero efe’. Salían por las noches y se morreaban entre calimochos. A mí, en realidad, me daba igual. Simplemente lo pasaba bien, sacaba buenas notas y me contentaba con pillar alguna película codificada en el plus de madrugada. Ya tenía bastante con sobrevivir como para dar un paso hacia un lugar al que no tenía claro ni cómo llegar ni, desde luego, cómo volver. Sonará ridículo y cobarde. Posiblemente lo era. Lo que teníamos era miedo y no solo del exterior. En mi instituto, claro, no había gais.

Recuerdo llegar a casa y comer en la cocina. Mi padre descansaba en el sofá y mi madre todavía no había llegado de trabajar. En el televisor, Santi y Rubén, dos chicos de instituto como podría ser yo, como eran los que iban a mi clase, se daban un beso y mi universo experimentaba un vuelco radical. En ese momento, de hecho, no entendí todo lo que acababa de cambiar en mí. Transcurrió mucho tiempo antes de entender que aquel beso había sido, probablemente, uno de los momentos más importantes de mi adolescencia. Sí, era una serie y era mentira pero si esos dos chicos se podían besar, si alguien así lo había entendido, ¿por qué no los demás? Era lo único que teníamos y nos aferramos con fuerza.

Al día siguiente, claro, no comenté con nadie lo que había visto. Era mi secreto. Uno que pensaba que a nadie más le habría importado. Uno del que, en realidad, me avergonzaba. ¿Qué era eso de besarse entre chicos? Me lo guardé durante años hasta que internet empezó a asentarse con normalidad. Descubrí entonces que aquel secreto no solo fue mío, que el beso de Santi y Rubén fue más que un sueño y que en mi instituto, como en todas partes, también había gais. Ojalá haberlo sabido antes. Ojalá no haber pasado la adolescencia pensando que el problema era mío, que era yo el que no encajaba, que en realidad no tenía motivos para llorar.

Fotografía de Water Pfeiffer.

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Esta entrada fue publicada el 25/11/2019 por en Uncategorized.

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