EL HOMBRE CONFUSO

Fábula de un otoño romano

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Cuando llegó a mis manos Fábula de un otoño romano‘, de Bruno Ruiz-Nicoli (ed. Dos Bigotes), ya sabía que me iba a gustar. Tenía todo lo que podía encantarme de entrada. Roma, un punto muy a su favor y que toca mi sensible corazoncito -cuando se habla de Italia uno tiene libertad de cursilería-, una historia de digamos amor, una investigación artística que nunca termina de avanzar y una vida paralela en España ajena, o casi, a todo lo que está ocurriendo. ¿Puede no interesarle esta combinación a alguien? Desde luego, no a nadie que yo conozca o aprecie. Aunque no sé si esto es un círculo demasiado estrecho.

El trasfondo en el que ocurre la novela podría ser mi propia vida. Claro que narrada con un barroquismo del que ‘Fábula de un otoño romano’ carece. Yo también cogí mis maletas -dos, en concreto- y aterricé en Roma durante un lluvioso invierno hace ya diez años. Me esperaba un piso en un barrio alejado del centro, un estudio por realizar que tenía tintes de estancamiento y una sensación interna que me llevaba por derroteros que nada tenían que ver con mi cometido principal. Durante semanas vagué por las calles de la ciudad, paraguas en mano, mientras intentaba convencerme de ser un romano más. Mi nulo italiano y mi pinta de holandés fuera de sitio hacían que nadie se lo creyese. Y, en realidad, poco me importaba.

Yo no viví un amor romano, tampoco lo hace el protagonista de la novela. Su vida, como la mía, estaban a muchos kilómetros de distancia y parecía que transcurrían sin notar nuestra ausencia. Recuerdo disgustarme, incluso enfadarme al comprobar como el mundo seguía girando para los demás. Como si yo nunca antes hubiese formado parte de ello. ¿Seguiría así una vez finalizasen mis meses en Italia? ¿Se acordarían de mí cuando aterrizase en la que era mi casa? ¿Y si, en realidad, se habían dado cuenta que no me necesitaban para nada? Durante los meses que viví en Roma fui inmensamente feliz. También terriblemente triste. Y ni una cosa ni otra podía contársela a nadie.

Con este bagaje emocional ligado a una mera ciudad me enfrenté a la historia de Ruiz-Nicoli. Esperaba yo un derroche de seducción cuando me topé con una prosa seca, directa y sin atisbo de floritura. No hay una frase que sobre a lo largo de la historia y, a la vez, todo podría contarse de una manera muy diferente. La ilusión perdida entre el desengaño, una nueva vida llamando a una puerta que, curiosamente, no da miedo abrir, el entierro del pasado y el vértigo al comprobar que ya nada, ni la familia, ni los amigos, ni la situación, van a ser lo mismo. Me adentraría a contar algo más de la historia pero sería desvelar una trama a la que mejor asomarse virgen. Y eso que a mí los spoilers me importan bastante poco.

Quiero saber qué ocurre antes de Roma. Cómo es el salto y la intrahistoria. La lucha interior para dar un paso necesario pero doloroso. O placentero, todavía no lo tengo claro. El regreso a la rutina y la conversación en mayúsculas. ¿Qué se dijeron? ¿Cómo reaccionaron? ¿Es todo tan fácil como el sexo en un apartamento cerca de Campo dei Fiori? No sé si de esta ‘Fábula’ hay una continuación o una precuela. Tampoco sé si, en realidad, la necesitamos. Hace diez años que no piso Roma. No he vuelto desde que cerré la puerta de mi casa y cogí un taxi camino al aeropuerto. Y me muero de ganas de volver a recorrer la que fue mi calle. Tomar un café en la pastelería y hasta coger el tranvía hasta Largo Argentina. Y como en la novela, no sé si regresar terminaría siendo un gravísimo error.

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Esta entrada fue publicada el 20/10/2019 por en Uncategorized.

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