EL HOMBRE CONFUSO

La infinita tristeza de ‘Élite’

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No termino de tener claro si ‘Élite’ me gusta o me provoca una sensación de infinita tristeza. De saber que todo aquello que un adolescente debe hacer o vivir ni lo hice ni lo viví. Tampoco lo haré ni lo viviré y esto, la verdad, me importaba bastante poco hasta no hace mucho. Tal vez el paso de los años ha hecho que la nostalgia, algo que entendía desterrado de mi cabeza, empiece a hacerse un hueco inquietante. Agradable, sí, pero peligroso. Rebañarse en la propia miseria siempre es placentero. Reafirmarse en la desgracia propia es la forma más sencilla de sobrevivir. Y yo que pensaba que era inmune a todo esto. Sorpresas.

Llevo varios días de desconexión casi absoluta. Una autoimposición que ha llegado de forma natural. Terminé la semana vagando por calles del barrio aguantando el nervio en el estómago y cruzándome con rostros que no conozco. Sentirse mal delante de extraños es sencillo. Miras al suelo, subes el volumen de la música y sigues caminando. El chico de la guitarra, las parejas sentadas en la terraza, el camarero que tropieza y los taxis pitándose. De repente, el barullo se vuelve un abrigo confortable. Total, estar en casa es la última de las opciones. Esperaba el mensaje y llegó. Y fui en su búsqueda aún sabiendo que mi aspecto era bastante lamentable. No le importó.

Desde entonces he tratado de mantenerme lo menos comunicado posible. No soporto un fin de semana más saltando de stories en stories, observando la vida ajena como si fuese propia, como si se tratase de gente que conozco. No necesito leer cada uno de los pensamientos que pasen por cabezas a las que sigo por pura cortesía. Llegará el lunes y acabaré con este aislamiento pero, por el momento, no le veo problema. He dormido -mucho-, comido -igual también demasiado-, bebido y visto ‘Élite’. He dejado mi vida en descanso para ver como un grupo de adolescentes ricos, guapos y con cuerpos esculpidos se acusan de asesinado unos a otros. Follan, maquinan y hacen exámenes. No necesitan más.

Siento envidia viendo como mojan sus pies en la piscina mientras tejen los hilos de sus romances. Todos en bañador como si nunca hubiese sentido miedo de su propio cuerpo, como si no les avergonzase nada. Yo no sé muy bien qué hice en el instituto. Simplemente sobrevivía. Claro que entonces también debía haber gente así. No era mi caso. Tampoco lo pasé mal, ni sufrí en demasía. Más allá, claro, de construirme una coraza para pasar lo más desapercibido posible, pero ¿y quién no? Los chicos de ‘Élite’ se besan en discotecas delante de todos sus amigos y yo me mortificaba por mirar más a ellos que a ellas cuando echaban porno en Canal Plus. ‘Todos deben hacer lo mismo’, me engañaba. Tuvieron que llegar Santi y Rubén de ‘Al salir de clase’ para abrirme los ojos.

Me tranquiliza saber que los adolescentes de hoy no van a tener que pasar por eso. Que no deberán aferrarse a un beso furtivo en televisión mientras se calientan la comida al salir del instituto. Que lo ven en la calle, en sus clases, en su familia. Que tienen ‘Euphoria’ por muy bajón que supongan los últimos capítulos. Que las cosas han cambiado, que ya no hay marcha atrás por mucho que se empeñen. Y sí, siento una punzada en el corazón al pensarlo. Ni lo hice ni lo viví. Y ahora es un poquito tarde… Maldita nostalgia.

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Esta entrada fue publicada el 06/10/2019 por en Uncategorized.

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