EL HOMBRE CONFUSO

Entre vedettes

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A Ángeles la conocí a través de mi amigo Mario. Por aquel entonces, ellos compartían empresa y se encontraban en la máquina del café. Ángeles llegaba luciendo pierna a lo Lina Morgan -ella siempre ha sido más de divas terrenales- y movimientos dignos del mejor lapdance al que alguien pueda ir. Si es que queda gente yendo a estas cosas, claro. Tuvieron que pasar muchos meses, creo que años, antes de que los tres compartiésemos mesa y alcohol. Fue en una cafetería tirando a pija de una zona tirando a más pija todavía. Encaramados a unos taburetes altos estuvimos tentados de descolgar el teléfono que la anterior clienta se había dejado abandonado. Una amiga no paraba de mandarle whatsapps criticando a una tercera. Finalmente apareció la interfecta y sí, le declaramos nuestro amor aunque ella no se dio ni cuenta. Ya tenía bastante con lo suyo.

Ángeles le había dado patada a su situación profesional para combinar el pago de facturas con su incipiente faceta de columnista estrella. Estaba claro que lo iba a conseguir. Como para ponerlo en duda si tiene el cielo -y la tierra- ganado. Del vedetismo saltó a la primera fila y a recibir llamadas de televisiones. Tertuliana incipiente pero con mejor pelo. Para algo es la mujer mejor peinada de la línea 19 de la EMT. Sirva ese dato para aclarar todo lo demás. Tampoco creo que necesiten ningún otro, la verdad. Bueno, que lleva Getafe en el corazón y pertenece a una logia secreta que, en realidad, no tengo muy claro a qué se dedica. Ella dice van a controlar la situación nacional, pero yo me la imagino más como Bienvenida Pérez.

Nuestro primer encuentro real fue en una presentación de los diarios de Bob Pop. Yo llegué antes y ya esperé camuflado entre la multitud. “Llevo los labios rojos”, me dijo por mensaje. No bromeaba. Saludó a un par de personas y corrimos a otra presentación. Porque la vida de las columnistas es así. Frenética. Ángeles tenía que entrevistar -o había entrevistado ya; dejen que mi memoria falle algo- a Soto Ivars y yo le confesé que era quién se había quedado con su columna de Tentaciones cuando, bueno, ya saben, pasó lo que pasó. Me encontré con Marta García Miranda, amiga de Diana Aller y, posiblemente, la persona que más se ha alegrado de haberme conocido en mi ya no tan corta existencia. Sigo pensando que fueron las cervezas pero tampoco voy a quitarme la ilusión.

Desde entonces, las cosas han ido encontrado su hueco. Mario y Ángeles cambiaron de trabajo y se ven menos de lo que quisieran, Lara Hermoso se unió a la ecuación tras leer un relato entre encimeras y friegaplatos carísimos -nunca un electrodoméstico había llevado tan lejos- y yo, pues ya saben, sigo con mis vedetismos diarios y el sentimiento de tiempo perdido. Ya solo me falta disciplinarme y volver aquí con más asiduidad. Después de trece años, ¿qué otra cosa voy a hacer?

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Esta entrada fue publicada el 26/02/2019 por en Uncategorized.

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