EL HOMBRE CONFUSO

Mi primera paja

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Si debo ser sincero, cosa que, la verdad, tampoco me planteo, no recuerdo bien cuál fue mi primera paja. Al menos, no con la conciencia de saber que aquello, que no estaba nada mal, era una paja. En la fantasía colectiva, alimentada por el erotismo latente, todos hemos tenido un hermano, primo, vecino, compañero de colonias -¿existía gente que pasaba semanas fuera de su casa en verano?- con ganas de instruir a las nuevas generaciones y explicarles las bondades que la naturaleza ha puesto al alcance de su mano. Ambas en más de un caso. Quedadas en grupo alrededor de una revista robada furtivamente. Toqueteos instintivos al contemplar aquellos hermosas mujeres agachándose en un pajar -igual, después de todo, el nombre viene de ahí-. Historias que en un bonito relato ilustrado conseguirían colapsar los stories de instagram. Como si de mascotas se tratase, sí.

La realidad, por desgracia, siempre aparece para quitar la ilusión. Por mucho que mi mente quiera pensar en largas tardes de experimentación propia y ajena, lamento decir que lo mío fue mucho más prosaico. Una tarde solo en casa, una erección inesperada -vete tú a saber qué estaría viendo en la tele-, cierta curiosidad y un mecanismo que la anatomía ha puesto fácil y resolutivo. De repente, un nuevo mundo se abrió ante mis ojos. Aquello era rápido, extraño, placentero y tan solo necesitabas tiempo y espacio. Dos cualidades harto complicadas de conseguir cuando eres un adolescente con deberes en la mochila. A ver quién es el guapo que se centra en los cuadernos cuando tiene aquello esperándole. Con 12 o con 35. Años, claro, no centímetros.

Mi sitio fue el sofá y lo de la eyaculación tampoco me sorprendió tanto. ¿Quién era yo para cuestionar nada? Como si supiese de lo que estaba hablando… Años después he ido recordando aquel primer momento con ciertas variaciones. He añadido gente, quitado rutinas, dándole aire de misterio y reubicando el sofá con funda por oscuras habitaciones prohibidas donde las hormonas y la lujuria se daban la mano. Vamos, lo que el porno hace en nuestro día a día y a nadie parece extrañarle. Ni vestuarios sudorosos tras clases de gimnasia, ni noches en casa de tus mejores amigos, ni películas pilladas en el Canal+ que algún padre se había dejado abierto. ¿Y si, en el fondo, no son más que fantasías de un treintañero con sensación de envejecer? ¿Y si, en realidad, todas las pajas empezaron en un triste váter sin saber muy bien qué se estaba haciendo?

Dentro de unos diez días cumplo un año más. Más de veinte desde aquella primera paja. Me duele el cuello, no voy a salir esta noche y mi teléfono se inunda de vidas ajenas. Contemplo el tiempo pegado a una pantalla y la sensación de trabajo pendiente me aprieta el estómago. La nostalgia, a veces, es difícil de controlar. Casi tanto como las erecciones. Aunque, puestos a elegir, me quedo con las últimas. Que uno tampoco es bobo.

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Esta entrada fue publicada el 07/07/2018 por en Uncategorized.

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