EL HOMBRE CONFUSO

Nombres y teléfonos

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Me contabas qué hacías, cómo pasabas las horas y yo, yo me revolvía. Sentía que la vida continuaba igual aunque no estuviese allí, que seguía su curso ajena a mi ausencia. ¿Y si, en realidad, no era tan importante como pensaba? ¿Y si, en verdad, nadie me echaba de menos? Cada día esperaba tu llamada impaciente. No tenía cámara ni micrófono. Tan solo el que venía con aquel portátil que pesaba varias toneladas. Había intentado agenciarme uno pero no sabía cuál era su nombre en ese idioma que se me hacía tan extraño. Siempre me quedaba el recurso de señalar. No lo hice. Ya tenía uno integrado, ¿para qué quería más? Se escuchaba bien y vivía solo. Total, nadie se iba a enterar.

Tachaba en un calendario los días que pasaban. Lo había colgado en la cocina, la única de las estancias que no tenía calefacción. Eso sí me apresuré a solucionarlo. Cuando uno quiere, parece que puede. Anoté las fechas en las que ibas a venir. Mis amigas me contaban que se cruzaban contigo y se te iluminaba la cara. Yo me lo creía, claro. Tampoco tenía motivos para dudarlo. Extrañamente, todo iba más rápido de lo que imaginaba. Incluso ahora, tanto tiempo después. Me ibas a traer libros y música. Las series ya me las descargaba yo. Sitcoms y un pack de ‘V’. Volvía a la infancia estando solo. También lloraba. Total, nadie se iba a enterar.

Incluso ahora recuerdo qué llevabas puesto. Seguro que si busco encontraría alguna fotografía. Un año después nos fuimos juntos. Me acompañaste con intención de volverte. Terminamos regresando los dos. Lo intentamos unas semanas después. Puede que fuésemos más tozudos entonces. Puede que las ganas de luchar todavía no las hubiese perdido por el camino. Nunca he pensado que fuese una persona fuerte pese a habérmelo demostrado. Tal vez en eso también tuviste tú la responsabilidad. Ha pasado el tiempo y me veo igual. Perdido y esperanzado. Creyendo que hay algo por venir, que todo cogerá su lugar sin que yo tenga que hacer nada al respecto. El miedo a madurar, supongo. En eso tampoco he cambiado.

Yo tenía veinticuatro entonces. Tú tenías treinta y tres. ¿Cómo fue posible que entre tú y yo existiese algo que durase un tiempo? Aprendí mucho. Lo sigo haciendo. Me veo y casi ni me reconozco. ¿Qué hubiese sido de mí sin ti? Puede que no hubiese pasado nada. Puede que lo hubiese pasado todo. Ahora ya no tengo veinticuatro. Tú tampoco treinta y tres. Pero si tú dices que sí, yo te diré que sí. Si vives de alquiler, yo también…

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Esta entrada fue publicada el 21/05/2018 por en Uncategorized.

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