EL HOMBRE CONFUSO

La vida no es tan divertida como el porno

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En cuanto abrí la puerta me di cuenta de que algo no iba bien. ¿Cómo me había podido pasar? Claro que llevar varios días enfrascado en uno de esos proyectos que no sabes muy bien hacia donde van siempre termina pasando factura. El miedo a la página en blanco -un mito como otro cualquiera-, el tiempo que corre, la inspiración que no llega y la dejadez instalada en lo más profundo de casa. No estaba preparado para que sonara el telefonillo. ‘¿Sí?’, respondí de forma maquinal. Tantos días encerrado habían hecho que perdiese la noción de la humanidad. Hay vida allá fuera, o al menos, eso dicen. ‘Soy el instalador’, titubeó. ‘Deben haberle avisado los de la central’. Algo cruzó mi memoria, un vago recuerdo, unas palabras mal pronunciadas. ‘Eh… Sí. Le abro’. Y abrí.

Un chico apareció en el umbral de la puerta. La misma que había dejado entornada por no tener que hacer el ademán de regresar para quitar el cerrojo. Bueno, la llave o cómo se llame. ‘Buenos días’, gritó a modo de saludo. Podría haber sido un ladrón y le hubiese atendido con la misma facilidad. Total, ¿qué me iba a robar? ‘Pase, pase’, contesté levantándome de la silla. La página, la misma de antes, me miraba desde la pantalla. Me miraba y se reía. Al salir al pasillo chocamos. Al menos, yo choqué. Él solo paró el golpe. ‘Perdone, perdone, tenía que haberle visto’, se disculpó. ‘No se preocupe… Si no estoy a lo que estoy’. Entonces, mis ojos se encontraron con los suyos. Debía tener unos treinta. Un poco más, tal vez. Guapo, de los que saben que lo son. No muy alto, pero con un torso firme y duro. ‘Todos andamos un poco despistados tras las vacaciones’. Sonrió. Qué sonrisa. Joder.

‘Será solo un momento. Revisar la caldera, cambiar cuatro cosas y ya no le molesto más’. Ojalá pudieses molestarme cada día de mi vida. ‘Tranquilo, no tengo intención de salir’. Entonces, me di cuenta. No solo hacía mucho que no me peinaba, sino que, además, llevaba la misma camiseta vieja y los mismos pantalones anchos. Los que me pongo para teclear en el ordenador. ¿Qué impresión debía estar dándole al pobre chico? ‘Perdona… Me pillas con la cabeza en mil sitios y no me ha dado tiempo ni a asear nada’, traté de explicar. ‘No se preocupe, ¡la de cosas que he visto yo!’, respondió educado. Ninguna vista como la mía. ‘La caldera está por aquí, ¿no?’, preguntó sin esperar respuesta. ‘Eh… Sí, sí’. ¿Por qué se me estaba acelerando el corazón? ¿Era posible que aquel pobre técnico hubiese despertado lo que llevaba años durmiendo?

Le seguí hasta la cocina como si aquella no fuese mi casa. Dejó los bultos -ay- en el suelo, se encaramó a una silla -¿cuándo la había cogido?- y desmontó el frontal de la caldera. ‘Esto está hecho un asco -¿se referiría a mí?-, pero yo se lo dejo estupendo, no se preocupe’. No, si justamente preocupado no estaba. Con rapidez pegué la entrepierna a la encimera. También había olvidado ponerme ropa interior y no era momento de hacer un numerito. Me sudaban las manos y comenzaba a faltarme el aire. Hacía tanto tiempo que no pasaba por esto que ya casi había olvidado que se sentía. Al final, va a resultar que la culpa no era tuya, sino mía. Menudo giro. ‘Esto ya casi está’. ¿Ya? ¿Así de rápido va ahora el mundo? ‘Igual no estaba tan hecha polvo…’, respondí.

¿Cómo iba a fijarse aquel portento de la naturaleza en un despojo humano como yo? El deseo palpitaba más de lo que podía controlar y la presión me llevaba a no poder abandonar mi postura. ¿Cómo iba a acompañarle hasta la puerta sin que se notase? ‘Se lo he dejado todo perdido, perdone’. ‘No se preocupe… Ya lo limpiaré luego’. Otra vez aquella maldita sonrisa. ¡No me hagas esto! Por un instante, me sentí ridículo y poderoso, vivo y abochornado. Quería gritar y desaparecer, ¿pero cómo? Sin darle mayor importancia a nada de lo que estaba ocurriendo, dejó la nota encima de la mesa y se despidió. ‘Tengo el coche en zona azul. Si no algo no funciona, llame a la central. Siento las molestias. Adiós’. Y se fue. El muy sinvergüenza se fue y nos dejó a mí y a mi erección solos en la cocina.

Cabizbajo regresé a mi silla, a mi pantalla y a mis rutinas. Moví el ratón para recuperar lo que estaba haciendo y suspiré. Para una vez que algo parecía ir bien… La vida, desde luego, no es tan divertida como el porno.

En la imagen, Jakob Blom por Louie Banks.

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Esta entrada fue publicada el 18/09/2017 por en Uncategorized.

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