EL HOMBRE CONFUSO

El miedo a opinar

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Escribir de obviedades, de lo que está pasando, de lo que todo el mundo habla. Y peor, sin que nadie te lo haya pedido. No hay nada más hijo de su tiempo. De este que nos aterroriza. Me escribía anoche con una gran amiga, una que no hace tanto que conozco pero a la que venero y respeto hasta límites insospechados -ella dirá que no, se sonrojará, pero yo le pasaré el enlace para que lo lea-. Me comentaba que tiene arrebatos constantes de bajarse del carro de las redes sociales. De twitter, exactamente. Demasiado odio, demasiados insultos, demasiadas afrentas nacidas de la podredumbre. Abrir su cuenta diariamente es un suplicio. No lo explicó así, pero era evidente. Deslizar el dedo tembloroso por la pantalla paseando la vista por amenazas y menosprecios. Recién despertada. Con la mente adormilada y la legaña puesta. ¿Quién puede soportar un martirio así? Nadie, deberíamos responder.

Hemos dejado que el linchamiento se convierta en nuestra bandera. En lo que nos define en 2017. Un linchamiento que creemos inofensivo. Vertemos basura creyendo que nadie la va a leer. O peor, que la hará en su casa y que, posiblemente, se lo tenga merecido. Y seguimos viviendo tan tranquilos. Nos escupen por la calle -una virtual- y no se nos remueve nada por dentro. Es nuestro derecho. Hemos venido aquí a escupir. Tú sabrás lo que has hecho. Y límpiate, que ahora vienen más. Nos creemos justicieros. Pensamos que estamos haciendo algo bien, como quien se sienta a ver un documental y considera que ya ha cumplido con su deber con el mundo. No, tu culo seguía sentado en el cómodo sillón. No lo olvides. Ay, olvidar… Así sobrevivimos. Sacamos la antorcha sabiendo que la llama durará un día. Mañana tendremos otro objetivo. Otra hoguera que prender.

Vivimos con miedo a opinar y, a la vez, opinamos con más vehemencia que nunca. Medimos con precisión nuestras palabras, no sea que demos un traspiés que nos coloque en el disparadero. Así hemos construido el reino del terror. No ha tenido que venir nadie a imponérnoslo. Ya nos lo hacemos nosotros solitos, gracias -le robo la idea a Juan Soto Ivars, que conste-. Ni siquiera una mujer curtida en mil y una batallas, una profesional de la pregunta y la repregunta -el mundo no nació en La Sexta-, una superviviente de la crónica social y también de la real, es capaz de lidiar con este nivel de rencor. Y lo entiendo. No hemos llegado hasta aquí para esto. Esta losa que se la cargue otro. ¿Quién? Ojalá saberlo.

La tentación de abandonar nos acaricia a más de uno. Incluso a los que no vivimos con ese yugo al cuello. Incluso los que lo hacen e imagino que hasta lo disfrutan. Cerrarlo todo, abrir el libro de la mesilla y escuchar a María del Mar Bonet. Porque cada uno es, y será, lo que lee, lo que ha leído, lo que escucha y lo que ha escuchado. Y en mi casa se escuchaba L’àguila negraun bon dia, o potser una nit…-. Porque ahora todos hemos vivido a los pechos de Bowie y los Ramones. Por suerte, la realidad siempre va por otro lado. Una realidad que ahora nos constriñe. Espero que no sea para siempre. En nuestra mano está. ¿No repito demasiado esta frase? Seguramente. En fin.

Un comentario el “El miedo a opinar

  1. Pilar Eyre
    18/05/2017

    Me lo guardaré y lo leeré como el Padre Nuestro… hasta que te Lei, me sentía muy sola y ahora hasta me haces sonreír

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Esta entrada fue publicada el 17/05/2017 por en Uncategorized.

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