EL HOMBRE CONFUSO

Y creíamos que la literatura estaba a salvo de influencers…

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¡Pensábamos que la literatura iba a salvarse! A ilusos no nos gana nadie. La sacralidad del acto de la escritura. La soledad, la constancia, los sentimientos volcados sobre la pantalla -qué cursilería-. ¿Quién iba a querer pasar por eso sin la pulsión de necesitar contar algo? Aunque sea a uno mismo -casi siempre es a uno mismo-. Pero nos equivocamos. La banalización no entiende de fronteras. Tampoco de profesiones. Tardaron más, sí, pero llegaron. En cuanto nos dimos cuenta, esto se nos había llenado de influencers. Ya no aspirantes de bestsellers -que hay que tener cojones- con un pasado twittero, instagramer, absurdo, y una editorial con ganas de gastar papel y llenar estanterías. No, ese ha sido el problema menor. Siempre se han impreso chorradas. No hemos descubierto la rueda. Ahora tendrán su canal de youtube, pero antes hacían lo propio en otros medios. Basta echar un vistazo a una librería de viejo. Expresión, por otro lado, que no me puede gustar más. Pero, al grano.

Los influencers se nos han colado en la literatura. Sacan toda su artillería aprendida a golpe de instagram, de ‘it-lo que sea’, de reportajes en televisión mil y una vez contados, y la aplican sin despeinarse. O tardando mucho rato en parecer despeinados. Quién sabe. Ofrecen promociones, escenifican el proceso de creación -¡hablan de proceso de creación!- y acumulan likes por ello. Justo lo que necesitaba la literatura, por si no estaba suficientemente banalizada, por si cobrar un euro -con suerte- de los más de veinte que vale una novela nueva no fuese bastante penitencia. ‘Total, ¿no es una necesidad vital, un grito que llevas dentro? ¡Pesetero!’. Si algo nos ha demostrado la burbuja de medios virtuales -explota, explótame, expló- es que escribir no vale nada. Nada. Ya no solo por los irrisorios precios que se pagan por ello, sino por la espeluznante calidad literaria de lo que leemos diariamente.

Nos hemos acostumbrado al golpe en el pecho del periodista. Del mediático, al menos, que los que teclean en las redacciones solo cruzan los dedos ante los recortes y los eres. En minúscula y en mayúscula. No les falta razón, aunque sí visión. ¿Cómo te van a querer los demás si no te quieres a ti mismo? Hablar de escribir y leer. Puede que no haya nada más desfasado. Puede que no haya nada menos millennial. ¿Se acuerdan cuando en este blog aparecían lectores nudistas? A ver si la banalización de la lectura también descansa sobre mis hombros. Hay que joderse. Menos libros y más penes. Debería escribir un post con este título. Éxito asegurado. Yo también puede ser influencer si quiero. Influencer de la vida.

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Esta entrada fue publicada el 30/04/2017 por en Uncategorized.

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