EL HOMBRE CONFUSO

B

DED

Hay cambios que cuestan más de lo que pensabas. Creías que ibas a ser fuerte, decidido, arrojado, pero te descubres temeroso, preocupado, demasiado consciente de tu situación. Una que querías pero que termina pesándote. No podías saberlo de antemano. Y de haberlo sabido, posiblemente, hubieses hecho lo mismo. No son momentos para temblores, aunque yo, al menos, los sienta como propios. Hay viajes que son como los cambios. Subes al tren sin saber qué pasará. Escuchas música, te quejas de la compañía, cargas maletas, comes sandwiches aplastados y crees que será un trayecto como otro cualquiera. Uno de tantos a los que ya te has acostumbrado. Cosa de los cambios. Pero el destino sabe que no será así. Y tú, en el fondo, también.

Este mediodía he cogido un tren. He hecho todo lo que antes he mencionado. Y lo he hecho con cierto peso. Las horas se me han hecho largas. El asiento, incómodo. Y la espera, eterna. Es el mismo trayecto de siempre. Ya debería sabérmelo de memoria. Pero algo lo hacía diferente. El destino, o lo que sea que flota a nuestro alrededor, hacía días que me lo venía advirtiendo y yo, yo no estaba por la labor de hacerle caso. Al menos, no de manera consciente. Lo que pretendía ser el comienzo de unos días de desconexión, de lecturas y folios, han terminado convertidos en un duro golpe. Uno que me estaba esperando. Uno que debía tocarme a mí. Lo sé. No hace falta que nadie me lo diga. Debía ser yo. En el fondo, me alegro de haberlo sido. Hay cambios que cuestan demasiado. Tanto que tan solo un temblor consigue volver a ponerlos en perspectiva.

Siempre presumo de la poca necesidad que tengo de escribir. Me intento convencer a mí mismo de que esto es algo que hago cuando quiero, que nada me empuja a sentarme delante del teclado. Me miento, claro. Hoy sí he sentido esa necesidad. Venir aquí, a mi espacio, y desahogarme. Poco me importa que no lo lea nadie, o que nadie entienda nada, o que a nadie le interese. Es mi casa. Y en mi casa, lloro cuando quiero. B se ha ido. Se ha esperado a estar solo. A que yo también estuviese solo. Nos tocaba a los dos. Y sé que me ha dicho, joder, disfruta. Y sé que tengo que hacerle caso. No ha sido un buen año. No se lo he puesto fácil. Prometo hacerlo a partir de ahora. Te lo prometo.

Dice Diana que me expongo mucho y que no soy muy consciente. Siempre acierta, la tía. El final del viaje debía terminar aquí. Con este texto. En este blog. Ahora es cuestión de tiempo. Algún día este dolor te será útil. Me será, aunque no sé si útil. Si alguien ha llegado hasta aquí, que no se preocupe. Lo he escrito para mí. Todo lo demás son meras consecuencias. Vestigios de la tristeza.

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Esta entrada fue publicada el 15/04/2017 por en Uncategorized.

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