EL HOMBRE CONFUSO

Paolo

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Ayer me acordé de Paolo. Fue, como no, a través de twitter, la red social que más alegrías -al menos, profesionales- me da últimamente, y gracias a un absurdo tweet programado por algún community manager con ganas de revitalizar las visitas a los artículos antiguos de la web para la que trabaja -me atrevería a decir que por un sueldo ridículo-. Alguien debería tomar medidas en esto de compartir constantemente contenidos perdidos en el tiempo. La línea entre la utilidad y la pesadez es tremendamente fina. Pero no me pierdo y vuelvo a Paolo. Ay, Paolo, el italiano que conquistó a Rachel en ‘Friends’ durante un apagón. Se encontraron en la oscuridad, se enrollaron a los pocos minutos y exhibieron su pasión delante de un ofuscado Ross que veía como la mujer de sus sueños se perdía en los brazos de un inesperado competidor. Todos hemos sido Ross en algún momento de la vida. Posiblemente, también hemos sido Paolo e incluso Rachel. Aunque, no mintamos, la mayoría hemos sido Phoebe cantando ‘Smelly cat’ mientras vemos la vida pasar delante de nuestros ojos.

Paolo era la materialización del sexo. El hombre que las revistas, las campañas y la moda se empeñaba en desterrar de la faz de la Tierra, pero que pululaba entre nosotros -bueno, entre ellos- con más fuerza de la que suponíamos. Un espécimen que irrumpía en la primera, y anodina, mitad de los noventa para traernos el sexappeal de antaño. Adiós caras aniñadas, bienvenido pectoral hirsuto. Paolo llevaba el pelo largo, ese símbolo tan ansiado como denostado por la masculinidad, ese nexo de unión donde la virilidad más ruda entronca con la feminidad más estereotipada. Era guapo pero no atractivo, atento pero no simpático, romántico pero no entregado. Era todo y nada. También era machista, pegajoso, mentiroso, traicionero y más simple que un folio, pero no había forma mejor de ejemplificar la sexualidad. Paolo era un pene con piernas, o mejor, un torso con pene. ¡Y qué torso! Muchos adolescentes de la época -servidor mismo- sentimos una inusitada ola de calor recorriendo partes que, hasta entonces, estaban frías. Bueno, tampoco exageremos. Ya venían caldeadas de casa.

Paolo caía mal. Era el obstáculo que impedía la consecución del amor. Ese amor del que teníamos noticias más por la ficción que por la experiencia. Sabíamos que obraba mal, que debía desaparecer. Así nos lo habían enseñado. Quién nos iba a decir, claro, que diez años después, año arriba, año abajo, nos íbamos a encontrar a cientos de miles de Paolos en instagram, con su mismo físico y hasta su mismo peinado, jugando con las migajas de nuestra dignidad. Recolectando corazones por millares. Levantando suspiros con cada una de sus actuaciones. El Paolo de hoy optaría por una melena más decapada y un vello pectoral convenientemente estudiado -el arte del arreglo floral-, pero, en esencia, seguiría siendo el mismo Paolo. Con sus frases de manual y sus posturitas para hacernos soñar. Sus pezones erectos, su cintura estrecha y su afición por desabrocharse la camisa. Su golpe de melena y su sonrisa seductora. Ay, qué ilusa era Rachel creyendo que su flirteo italiano iba a llegar a buen puerto, no como nosotros que…

Ayer me acordé de Paolo. Me pregunto cómo fue su vida tras fastidiar el romance con Rachel por tocarle el culo a Phoebe -y lucir erección debajo de la toalla-. Posiblemente se casó al poco y se mudó a una casa alejada del centro. Igual engordó. O no, continuó haciendo ejercicio para no perder pectorales. Se cortó la melena, tuvo hijos y se empeño en enseñarles a practicar algún deporte. Los niños no tendían ningún interés, pero, pobres, a ver quién es el guapo que se salva. ¿Seguiría pensando en Rachel? Diría que sí, aunque todos sabemos que la respuesta es no. Un Paolo no hace esas cosas. Al menos, no el que sale de la mente de unos guionistas. Bueno, qué coño, ni ese, ni ninguno. Ojalá alguien nos quitase tanta tontería de encima. La culpa no es de los Paolos. Es nuestra, que somos idiotas. ¡Quién nos mandaría dejarnos embaucar por un quítame de aquí estos pelos! ¡Quién! Si es que la lujuria la carga el diablo.

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Esta entrada fue publicada el 01/12/2016 por en Uncategorized.

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