EL HOMBRE CONFUSO

Treinta y cuatro

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Joder. Sí, treinta y cuatro. Les parecerá mucho, les parecerá poco, dependiendo de la perspectiva de cada uno, pero para mí es una eternidad. El devenir del tiempo me ha tomado la delantera y yo, la verdad, no estaba preparado. Sigo pensando que tengo muchos menos. Tantos como cuando miraba a la lejanía ese cambio de década que iba a proporcionarme la madurez que la sociedad decía que necesitaba. No lo obtuve entonces. Sigo sin tenerlo ahora. Me sorprendo soltando un pequeño suspiro cuando descubro que alguien triunfante cuenta con varios años menos que yo. Miro al vacío desde esta silla en la que escribo y me pregunto en qué demonios he estado perdiendo el tiempo. Noto la vulnerabilidad de la naturaleza humana y pienso que eso debe ser el signo de envejecer. Sí, he escrito envejecer con treinta y cuatro, ¿qué pasa? ¿Acaso uno no puede lamentarse por lo que le toca de cerca?

Vivimos una era de buenismo y pusilanimidad. Todo debemos ponerlo en contexto para que nadie salte a nuestra yugular. Le damos consistencia de verdad absoluta a lo que no deja de ser una opinión particular. ¿Y si tiene razón? ¿Y si debería cambiar toda mi existencia por lo que considera un único ser vivo? Así funcionamos. Así se nos obliga a funcionar. Y lo aceptamos de buena gana. Total, ¿quién tiene tiempo de pensar nada cuando hay tantos Pokémon corriendo por la calle? Joder, los Pokémon. Gracias  a quien corresponda por haber reinventado el concepto del ‘naked selfie’. Gente que pasa horas con la polla al aire esperando que un bichito virtual aparezca sobre ella para capturar la pantalla. Esto era la evolución y no lo hemos visto venir. Solo por eso merece la pena haber llegado hasta aquí.

Tras un día frenético, repleto de mensajes virtuales y personales, lleno de respuestas a cada uno de ellos -hay que ser agradecido con quien se toma la molestia-, me ha dado por hacer un poco de balance. Tampoco debería ser tan duro conmigo mismo. He conseguido sobrellevar un giro vital radical con cierta dignidad y algo de éxito. He terminado haciendo un modo de vida de lo que en un momento fue una aspiración. Escribo constantemente y consigo automantenerme tan solo con eso. Una utopía en los tiempos que corren, en el país que corre. He acumulado un buen puñado de amigos a través de estas tan denostadas hoy en día redes sociales. Personas que siento muy cercanas, que se alegran conmigo, que se entristecen de la misma forma. Sin importar kilómetros. Sin importar plataformas. Disfruto de una existencia relajada, tranquila, placentera. Me enfado por nimiedades y se me pasa al minuto. Siento mariposas en el estómago y cosquillas en la entrepierna. ¿Qué más se puede pedir?

Vivo instalado en el lamento propio de los treintañeros. De todo encuentro un recoveco oscuro, una excusa para soltar una lagrimita nostálgica, pese a que, en realidad, no tenga ningún interés en volver al pasado. El espejo me devuelve el reflejo de lo que seré, mucho más de lo que ya he sido. Y me gusta pero no me gusta. Es la actitud que cualquiera que haya entrado en los treinta tiene de la vida. Nada parece tan bueno como antes aunque, posiblemente, sea mucho mejor. Pensamos que hemos dado carpetazo a la dorada juventud porque la sociedad nos ha dicho que así debe ser. Pobre, no sabe de lo que somos capaces. Hemos mitificado el paraíso de los veinte. La ilusión era entonces más intensa, los miedos más eléctricos, las erecciones más duraderas. No queremos ver que, en realidad, no era así. Otra cosa es que lo sintiéramos, pero, ¿y qué más da? Siempre nos ha gustado quejarnos y el paso del tiempo nos da la mejor de las excusas. Ay.

Nadamos en un caldo de cultivo social tremendamente propicio para nuestra queja constante. Vivimos una existencia privilegiada y pensamos que la de nuestros predecesores fue mejor. Alguien se atreve incluso a escribirlo -en revistas de tirada nacional- y le llueven los aplausos. No necesitamos más héroes de iPhone 6. No se dejen engañar tanto por quien les lame los pezones. ‘Oh, ha escrito justo lo que pienso, qué genio, qué maestro’. ¡Venga, va! Así es como aupamos a los cielos a modelos que no lo merecen. Es nuestra responsabilidad pararlo. Es lo único que le pido a la segunda mitad de 2016. Bueno, y que Ruth Uve vuelva a cantar. Y que los planetas se alineen para que me anime a cerrar los proyectos que tengo abiertos. Puede ser mucho, pero en realidad es poco. Se lo prometo. Con la mano en el paquete.

Un comentario el “Treinta y cuatro

  1. kaperucito
    28/07/2016

    Vaya!

    tanto tiempo leyéndote y ahora descubro que somos de la misma quinta!

    felicidades y bienvenido! 🙂

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Esta entrada fue publicada el 18/07/2016 por en Uncategorized.

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