EL HOMBRE CONFUSO

Por qué sigo escribiendo

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Yo lo que quiero es escribir‘. No sé cuántas veces llegué a pronunciarlo durante aquellos meses en los que la vida profesional no era más que un abismo a mis pies. Lo hice en voz alta y mentalmente. Tal vez quería convencerme de algo que no tenía muy claro si iba a ocurrir. Pasaba los días preguntándome qué iba a hacer a partir de ese momento, cómo iba a conseguir revitalizar una cuenta corriente que no hacía más que desaparecer. ‘Yo solo sé escribir. Es lo que llevo haciendo toda la vida’. Me mentía. No en la primera parte -sigo pensando que no sé hacer nada más-, pero sí en la segunda. No soy de esos que presumen de haber tenido clara su vocación desde niño. Yo escribía, sí, pero como hacía otras cosas. Ya tenía bastante con ir sobreviviendo al día a día como para pensar en el futuro. Claro que estos detalles quedan muy bien en una biografía. Debería tenerlo en cuenta para cuando me ponga a escribir la mía. Si es que lo que necesita el universo es un libro más, claro.

Hace cosa de dos años acudí a la llamada de Luis Pliego, director de Lecturas. Me senté con él en un restaurante cercano a la redacción y me preguntó: ‘¿Y usted qué quiere hacer?’. A lo que respondí: ‘Yo quiero escribir’. Llevaba un año haciéndolo como oficio. Todavía no lo había asumido. Desde entonces no lo he vuelto a pronunciar. Es lo que hago cada día, mañana, tarde y noche. Tecleo sin parar y me gano la vida con ello. Tanto he tecleado que mi cuerpo llegó un momento que pido un poco de descanso. Le hice caso y frené. Ahora he vuelto a incumplir sus mandatos, aunque con un poco más de raciocinio -qué horror de palabra, por cierto-. Soy de poco valorar mis gestas, de poco alegrarme, de pensar que lo que yo hago puede hacerlo cualquiera. Y es verdad, cualquiera puede. Usted mismo que está leyendo esto. Basta con sentar sus preciosas posaderas en una silla y comenzar a teclear. Unos días más rápido, otros más lento, unos más inspirado, otros con menos gracia. Es un trabajo como otro cualquiera. No estoy cambiando el mundo. Tampoco lo pretendo.

Aun así, cuando termino de mandar todo lo que tengo pendiente cada día, continúo escribiendo. Lo hago aquí, por ejemplo. Vengo a este espacio que regento yo mismo y pongo lo que me apetece. Sin pensar en temas, sin pensar en clicks. ¡Qué placer! ¡Qué gusto! Y eso que reconozco que mi situación laboral es más que privilegiada, a juzgar por lo que me cuentan otros semejantes. Me siento bien tratado, considerado y valorado en todos aquellos medios donde colaboro. Rico no, claro, ¿pero quién pretende ganar dinero cuando se dedica a algo tan antiguo como la escritura? Para eso hay muchos otros caminos. Querer hacerlo de esta manera es propio de insensatos. Uno escribe porque le apetece. Porque no se detiene a pensar si lo hace bien o mal. Porque algo, lo que sea, le empuja a ello. Pero no por dinero. Otra cosa es que el destino le recompense con un puñado de euros. El destino es así de caprichoso. Y de ruin.

Sigo pensando que, de estar en otro contexto, alguien valoraría el imposible de llevar diez años escribiendo en esta ventana virtual. Imposible en los tiempos que corren, donde cada segundo es viejo, donde nada perdura más allá del scroll. Leo, escucho, que el auge de las redes sociales en detrimento del ya extinto boom de los blogs se debe a la necesidad de reacción por parte de los posibles interlocutores. ¿De verdad alguien necesita la aprobación ajena para escribir lo que le place? Hemos dejado morir la paciencia y la constancia y ahora ya no sabemos a quién echarle las culpas. Dejen de buscar repercusión, dejen de creer que la fama llamará a su puerta -aunque sea para darse el gusto de no atender el requerimiento-. Eligen un mal camino. Ya se han dado cuenta, ¿verdad? Pues actúen en consecuencia. O bueno, no. Hagan lo que quieran. Qué pereza esto de aconsejar, por favor. Y más con este calor…

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Esta entrada fue publicada el 08/07/2016 por en Uncategorized.

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