EL HOMBRE CONFUSO

La vergüenza

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Hacía tanto tiempo que no pasaba por aquí que temía haber olvidado la contraseña. Menos mal que google todo lo sabe y me ayuda en este maremágnum de claves y usuarios que se me escapa de las manos -ojalá tener esa constancia tan organizativa de apuntármelo todo-. Pero aquí estoy, con tantos pensamientos en mi cabeza que me cuesta saber hacia donde voy a terminar escorando. Ya lo he explicado en multitud de ocasiones, pero como sé que los confusers son agradecidos, lo repito. Nunca planeo qué voy a escribir ni cómo lo voy a hacer. Me pongo los cascos, le doy al aleatorio y abro el editor de post. ¡Qué sea lo que la señora del espacio quiera! Y así me va. De haber seguido algún tipo de patrón, podría estar sentado en un plató de televisión ingresando varios miles de euros al mes. En su lugar, aquí me tienen, sudando la gota gorda en eso que los ilusos llaman verano y los sensatos, infierno. Un drama que me persigue cada año. Ayúdenme, joder.

Podría contarles que, hace pocas semanas, estuve pasando unos días fresquitos y estupendos en Asturias. Sí, en caso de estar actualizando instagram, tendría que decir que lo mío es más ir a Nueva York en temporada baja, que pagas una miseria por los billetes y siempre tienes un amigo viviendo en los límites de Manhattan para que te aloje. Ya saben, eso que escribió ese escritor instalado en sitios cosmopolitas en esa revista dedicada al goce y disfrute -no me tiren de la lengua, que no voy a caer-. Podría pero no. Con la maleta repleta de libros y una mala elección de ropa veraniega, cogí rumbo al norte y me deje acariciar por las bondades del clima asturiano y comí hasta querer morir, resucitar, vomitar y seguir comiendo. No hice ninguna de esas cosas, no se preocupen. Vomitar en casa ajena tan solo debe estar permitido cuando se ha abusado del alcohol. Y vomitar alcohol, al precio que corre, es una desfachatez. Allí me dediqué a recorrer mundo en un destartalado coche, a convivir y acariciar perros y mirar de reojo la cuenta corriente. Maldito dinero.

Pero, claro, la ilusión siempre dura poco. Tras encontrarme, de sopetón, con Diana Aller por la calle y gritarle su nombre cual persona desequilibrada -rumbo al Caribe estaba la tía-, volví a la realidad. A esta gris rutina que hace que la parte más alocada del cerebro se tranquilice y la naturaleza humana salga en todo su esplendor. Las costumbres y el entorno controlado son lo que da sentido a la vida. Nos empeñamos en no querer verlo, pero sabemos que es así. Nos lo han dicho por activa y pasiva. Nos lo han inculcado a golpes y todavía nos cuesta entenderlo. Al menos, a unos pocos. ‘¿Quién quiere una existencia moderada?’, me preguntaba hace unos días en alguna red social. ¿Quién quiere que su vida, esa que nos recuerda cada pocos minutos que puede terminarse en el momento menos pensado, sea un paseo tibio, un si es no es, una media tinta que no ofende a nadie? Me indigna que alguien sea capaz de decirnos que pasar de puntillas es lo mejor que podemos hacer. Bueno, me entristece, más que me indigna. Nos empujan a estar tranquilitos, a que pensemos poco y dejemos las cosas importantes para los demás. Si, total, con sobrevivir ya tenemos suficiente. Qué desasosiego, por favor.

Observaba anoche como los puñales volaban en esos rings de combate que se han convertido los entornos virtuales. Igualar por abajo siempre es tendencia en España. No es que queramos ir a mejor, es que lo importante es que todos estemos igual de mal. Mi opción será una mierda, pero la tuya lo es más. En ningún momento nos miramos -dejen que utilice esta primera persona del plural para englobarnos a todos- a nosotros mismos. Preferimos echar un poco de basura al de al lado, que aquí hemos venido a vomitar. Si no quiere resbalar en la bilis, no haber venido. Me he despertado esta mañana con una gran sensación de derrotismo. El mensaje que los ciudadanos han lanzado con las últimas elecciones está muy claro. La veda está abierta. Haced lo que queráis, poco nos importa. Disimulamos ante el desenmascaramiento público y aseguramos votar a opciones que consideramos aceptables, cuando la realidad va por un camino muy distinto. La vergüenza nos hace actuar así. Sabemos que lo que pensamos está mal y que nos juzgarán por ello. Pero, claro, cuando nadie nos ve… Ahí dejamos salir la peor cada de cada uno.

Me entristece comprobar como el ‘aquí no pasa nada’ se ha instalado como motor de la sociedad. Como el odio es más fuerte que los derechos. Como la cultura del dinero es lo que hace que la gente se movilice. Como importa poco o nada que las mujeres sigan siendo ciudadanas de segunda y las minorías sangren apaleadas cada fin de semana. Como el saqueo público es deporte nacional y lo animamos como si fuese la selección. Como caemos en las trampas de los medios y pensamos, encima, que ha sido idea nuestra. Como negamos la realidad individual porque así se nos ha indicado que debemos hacerlo. Como nos quejamos en el portal y repetimos en las urnas. Como pasamos más tiempo enfrentándonos con quien deberíamos poder entendernos que luchando contra aquel que realmente nos está engañando. Como el derrotismo es religión. Como la resignación es tendencia.

Escucho el lamento de quién se cuestiona que qué más tiene que pasar para la gente se dé cuenta. El planteamiento es erróneo. La cuestión es qué más tiene que ocurrir para que nosotros, los incrédulos, nos demos cuenta de la realidad. Al final, acabaremos cayendo. Y nos contentaremos con las migajas que nos queden. Y seremos felices y moderados, digo, neutros. Bienaventurados los tranquilos, de ellos será la pasividad de los tiempos.

Bienaventurados también los que me ayuden a encontrar al fotógrafo de la imagen…

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Esta entrada fue publicada el 27/06/2016 por en Uncategorized.

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