EL HOMBRE CONFUSO

El miedo a escribir

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Vengo aterrorizado. Bueno, en realidad no. Más bien inquieto. No es que los movimientos que observamos diariamente sean nuevos, ni que nos pillen desprevenidos, pero no por esperados deben ser menos significativos. ¿Cómo, dónde y cuándo puede explicarse que una obra de ficción sea el motivo para que alguien termine en la cárcel? No pretendo sumarme a ningún debate -para eso ya tenemos twitter-, ni tratar de alzar una voz que, posiblemente, tenga grietas argumentativas a la vista de cualquiera, pero sí me intranquiliza sobremanera el mensaje que se intenta lanzar a la sociedad. Las maniobras políticas, vengan de la esquina que vengan, mueven nuestros hilos sin que nadie parezca darse cuenta. Hablamos de lo que quieren que hablemos y callamos lo que se nos dice que no es relevante. Prendemos fuego y bailamos desnudos al amanecer si a alguien le parece correcto que lo hagamos y se nos condena por hacerlo si a otro no le parece acertado. Y nosotros, pobres ilusos, pensamos que tenemos poder de decisión, capacidad de raciocinio, esa libertad que tanto nos aseguran que hemos conquistado y que cada día se nos escapa de las manos. Si es que nos creemos cualquier cosa…

Mientras el ruido mediático, motivado por los clicks que genera todo lo relacionado con determinados personajes políticos -no se equivoquen- y la contundencia judicial de organismos alejados de la imparcialidad, nos marea y alimenta esta mañana de lunes, tradicionalmente tan poco productiva, dentro de nuestras pobres mentes va calando el mensaje. Uno nada inofensivo. ‘Escriban ustedes, ficcionen, y luego, atiéndanse a las consecuencias‘. Piensen que no es nuevo. Acuérdense de la imputación que se ganó Ángel Salas, director del Festival de Sitges, por haber programado A serbian film, película que incluía la violación, ficticia, claro, de un niño. La maquinaria se puso en funcionamientos de forma veloz y actuó con contundencia. Es la tiranía a la que estamos sometidos. Una fina y elegante, parapetada detrás de la corrección política, que nos aplasta con su puño de hierro. Todavía imagino el temblor de piernas de Sharon Stone pensando que podrían imputarle los asesinatos, ficticios, claro, de Instinto básico. En España, hubiera sido posible.

Ahora continúen con su mañana. Saquen la bilis o guárdensela. Renieguen de su voto o reafírmenlo. Vean el bosque o los árboles. Súbanse o bájense los pantalones. No importa. Harán lo que quieren que hagan y dejarán de hacer lo que no les interesa que hagan. Y nosotros, los pobres mortales, soltaremos una pequeña lágrima y daremos gracias porque en este país casi nadie se anime a leer. No quedarían cárceles libres para acoger a todos esos peligrosos novelistas. Qué pena.

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Esta entrada fue publicada el 08/02/2016 por en Uncategorized.

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