EL HOMBRE CONFUSO

No tenemos ni idea

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Cuando elegí este nombre que tantas alegrías me ha dado a lo largo de estos casi diez años -en realidad son ya diez, pero si los archivos dicen que quedan unos meses, tendremos que hacerles caso- no imaginaba que, tanto tiempo después, iba a seguir tan vigente como el primer día. He explicado muchas veces la casualidad que me llevó a abrir un blog titulado El Hombre Confuso. Una frase que se la llevó el viento, una amistad tan volátil como la primera y una iniciativa motivada por aquellos blogs que leía entonces y que siguen existiendo en la actualidad. Luego llegó la burbuja, la oleada de espacios, la comercialización, la explosión y, de nuevo, la calma. El frenesí cambió la pantalla del ordenador por la del móvil y el blog por el instagram. Blog. Ahora tan solo nos acordamos de este extinto término para referirnos a los espacios cedidos por las cabeceras para que alguien, sea quien sea, cuente sus aciertos y miserias a cambio de una escasa remuneración. Es el negocio de la opinión. El más rentable -para algunos-, el único que me interesa. Aquí hemos venido a opinar, sea en la calle, sea donde sea. Otros serán los que nos den los temas, pero nosotros les pondremos nuestro toque, nuestra cagarruta de autor, como diría Jimina Sabadú. Lean, por cierto, su última y premiada novela. Yo me dispongo a ello.

Los tiempos confusos en los que nadamos han llegado a su eclosión en plena ola electoral. Buceamos sin respiración en un oceano de consignas, de eslóganes, de promesas y de futuros incumplimientos. Creemos, queremos creer, que nuestra humanidad depende de ello, que notaremos ese golpe de aire fresco que llevan años prometiéndonos, que, por fin, seremos los representados y no los ausentes. Cerramos los ojos ante la evidencia de que son los otros, sean éstos quienes sean, los que tejen nuestros designios, los que marcan nuestro camino, los que señalan con el dedo sin abrir la boca. Estamos hartos, sí, pero ya lo estábamos hace años. Acaso si es que alguna vez lo hemos dejado de estar. Observo horrorizado como el poder del lenguaje ha conseguido, de nuevo, hacernos danzar al son de la música de esos otros, los que señalan, ya saben. Alguien nos ha dicho que ya podemos salir, que ya podemos comprar, que el capitalismo ha vuelto con la polla dura dispuesto a fecundarnos de felicidad y nos lo hemos creído. Hemos desempolvado la peluca del reno y nos hemos lanzado a la calle, a gastar lo que sabemos que no tenemos, a comer lo que sabemos que no deberíamos comer, a decirle a las cámaras que este año sí va a ser un año de verdad. La vergüenza de la mediocridad. La sempiterna cagarruta de autor.

Aquí nada ha cambiado, ni nada cambiará. No, al menos, en un tiempo cercano. No en la forma que nos han indicado. Nosotros no lo veremos, ténganlo claro. Llevamos demasiado tiempo programados para anteponernos a cualquier cosa, para ser el centro de nuestro propio universo, para claudicar ante la asertividad y hacer del coaching, sea esto lo que sea, nuestro nuevo salvavidas. Hemos conseguido, en un tiempo récord, dinamitar los patrones mínimos de convivencia. Nos han indicado cómo ser libres sin serlo, cómo ser independientes sin asumirlo, cómo ser educados sin tener conciencia alguna de qué significa la educación. Ese es el verdadero problema de la sociedad actual. No se dejen nublar por los datos, por esas preocupaciones que se supone que deben ser las que más horas de sueño nos quiten. No son más que una cortina de humo para no abordar lo que de verdad debería ser cambiado. Eso no interesa. ¿Cómo íbamos a mantener el sistema actual si la gente se diese cuenta de los hilos que les cuelgan de las muñecas? Pueden parecer todo tópicos, y lo son, no se equivoquen, pero alguien debería aparecer en televisión a contarlo. ¿No están hartos de los discursos seguros? ¿Dónde está el espacio de la gente dubitativa? ¿Y de los confusos? ¿Dónde?

Sirva esta pérdida de tiempo para que no se dejen engañar. No al menos de una forma evidente. No se zambullan en la corriente de las obligaciones impuestas por la sociedad. No caigan en ese ridículo. Creen, lean, estudien, trabajen, pierdan el tiempo. Cuiden su salud mental. Mantengan el equilibrio. Dense cuenta de lo que de verdad importa y actúen en consecuencia. Dejen de darse importancia, de creerse que su profesión, sea la que sea, tengan la que tengan, es vital en el mundo. No lo es. Lo saben. Lo sabemos. Vivimos obsesionados con la trascendencia de las actividades personales, como si eso fuese a entrar en los anales de la historia. Preténdanlo y no lo conseguirán. No es difícil darse cuenta. Dejen de hacer ruido vital. Yo lo hago, sé de lo que hablo. Y apéense de las tonterías. ¿No están aburridos de chorradas? No de esas que les han hecho creer que lo son, claro. De las otras. De las otras.

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Esta entrada fue publicada el 16/12/2015 por en Uncategorized.

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