EL HOMBRE CONFUSO

Chicos guapos viendo la tele

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En 2015 todavía estamos con los mismos prejuicios relacionados con la televisión. Pocos se atreven a reconocer que invierten parte de su día en sentarse en el sofá delante del televisor, saltando de canal en canal, admirando y criticando la oferta de entretenimiento e información que ofrecen algunas de las empresas más poderosas del país. Somos así de inconscientes, así de hipócritas. La televisión sigue siendo para gente poco leída, para los estratos más bajos de la sociedad, para aquellos que no tienen nada mejor que hacer con su tiempo, para los que miramos por encima del hombro con cara de condescendencia. ‘Pobres, con algo tienen que entretenerse’. El paternalismo nos puede. Nos reconforta saber que hay alguien que -consideramos- está peor que nosotros. Es la forma más básica de sobrevivir. También la más ruin, pero eso es lo de menos. Lo importante es que nosotros nos sintamos bien.

Claro que dentro de los prejuicios siempre hay excepciones. No pasa nada si encadenamos siete capítulos de Juego de tronos seguidos -las series están aceptadas socialmente; son ‘el nuevo cine’ y eso da caché-, pero como se nos ocurra entregarnos a los brazos corruptos de un reality, de un programa de entretenimiento puro y duro, se nos cuestiona el derecho al voto. Cómo si fuese responsabilidad de la televisión el educarnos. Cómo si no hubiese descerebrados campando a sus anchas por las calles de las ciudades. Cómo si estos descerebrados no viniesen así de fábrica, con o sin televisión, con o sin educación general básica, con o sin atención de sus progenitores. Cada uno puede elegir qué hacer con su vida, a qué dedicar su tiempo libre, dónde invertir su dinero -si es que tiene la suerte de tenerlo- y cómo gestionar sus intereses. Pensar que la literatura es incompatible con la televisión es, simplemente, una estupidez. Nada más, ni nada menos.

Cualquiera que siga mis redes sociales -ninguna expresión actual llena tanta la boca como ésta- sabrá que me interesa mucho todo lo que ocurre en la parrilla televisiva. Es la forma más cómoda de salir de la zona de confort intelectual que nos creamos cada día -‘tu TL no es la vida real‘-, el método más económico de saber qué ocurre más allá de nuestras fronteras, en el meollo social, en el horror de la humanidad. Podemos espantarnos y dar la espalda o observar como quien ve copular a sus vecinos. Un espectáculo que muchas veces nos disgusta pero del que no podemos apartar los ojos. Así me enfrento yo a este ritual diario, con placer y cautela, con entrega y reserva, con ferviente interés y crítica feroz. Cada uno, claro, que haga lo que quiera, que viva libre, que disfrute de su existencia de la mejor forma posible, pero que no se engañe, que no medite tanto lo que puede decir en publico y lo que es mejor callar. A estas alturas ya no debería ser necesario.

Y a qué viene tanta reflexión sobre algo mil veces dicho, mil veces pensado, se preguntarán. Pues por el autobombo, por supuesto. Pensarían que yo había venido aquí a soltar el sermón y correr a tostarme al sol del otoño. Nada de eso. Con este espíritu reivindicativo es con el que me enfrento cada semana a mi visita al blog dedicado a televisión que regento desde hace poco en la web de Lecturas. Un experimento que va tomando su forma y su cuerpo, como si fuese un ente con vida propia, y me da alegrías sin parar. Unos tienen hijos y yo blogs. Podría ser peor. Podría tener bebés reborn y aterrorizar a todas mis amistades. No gasten dinero en muñecos si no les van a dar uso –B.b.Raro les puede aconsejar-. Para eso, vean la televisión. Y si puede ser desnudos y en compañía, mejor. Entre varios, todo se disfruta más.

En la imagen, un pobre chico ejercitándose después de haber estado demasiado tiempo en el sofá viendo la tele. Sí, es un reclamo para los clicks, ¿qué pasa? ¿Acaso eso es exclusiva de las webs que ofrecen desnudos y luego no lo son? Igualdad real ya.

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Esta entrada fue publicada el 30/11/2015 por en Colaboraciones confusas, Uncategorized.

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