EL HOMBRE CONFUSO

Guía masculina para no dar pena en una boda

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No voy mucho a bodas, debo reconocerlo. Levantaría el puño del hater para arremeter contra estas ceremonias pasadas de moda, más propias de tiempos medievales que de una sociedad que dice querer caminar hacia la modernidad, pero sería un arranque de hipocresía. En las bodas, como en todo, hay matices. Nadie quiere ir a un evento al que se le ha invitado por compromiso, por el ‘yo se lo digo y ya que elija él’, por el mero pago del cubierto y el relleno de huecos. La boca del estómago siempre nos ayuda a decidir qué debemos hacer. Si sienten un peso en su alma cada vez que visualizan su proximidad, absténganse de ir. Es por su bien. Cosa distinta es cuando un allegado les anuncia que va a casarse. Ahí deben alegrarse, ya que es una decisión que ha tomado en libertad, y apoyarle en todo lo que necesite. Saben que si fuese al revés se encontrarían con la misma situación. Es la reciprocidad de la amistad. Son conscientes de que se lo van a pasar bien, que van a comer y beber, que van a encontrarse con los demás allegados a los que no suelen ver y que es posible que terminen protagonizando un escarceo en el baño. Con estas premisas, como para no ir.

El problema viene cuando tienen que decir lo que van a lucir ese día. Olvídense de las recomendaciones clásicas y manidas. Los tiempos han cambiado y es absurdo ceñirse a los patrones que llevan encorsetando estos enlaces desde tiempos inmemoriables. Ni van a asistir a una boda de rango real, ni les van a fotografiar los paparazzis, ni Josie va a analizar sus estilismos. Manténganse en un punto intermedio entre la cordura y el saber estar y siempre saldrán ganando. La evidencia nos indica lo que no es buena idea, lo que es un despropósito y lo que, pese a parecer extraño, nos va a solucionar la papeleta. Y, como siempre, si no se ven capaces de encontrar nada que les haga sentir cómodos y guapos, que es cómo deben sentirse al salir del ascensor, acudan a los profesionales del sector -mi recomendación es siempre García Madrid-. Ellos sabrán lo que deben ofrecerle y lo que más les conviene. Hagan caso y no sean rebeldes. Si lo que quieren es llamar la atención y robarle el protagonismo a ese amigo que les ha invitado, allá ustedes mismos. Ya tienen seguidores en instagram que les gritan piropos en cada selfie, no es necesario que tengan que ocupar también el centro del universo en la vida real.

Con todo, hace poco pude llevar mis teorías a la práctica. Recogí el traje de la tintorería, planché la camisa, estrené zapatos y me dirigí a presenciar el espectáculo del matrimonio en su más alta expresión. No hace falta que les diga que me lo pasé estupendamente, que di buena cuenta de la barra libre, como manda la tradición, y que repetiría hoy mismo si no tuviese que trabajar para sustentar el imperio confuso. Pero tampoco les engañaré. Lo que allí vieron mis ojos hizo que quisiese arrancármelos como Phoebe en el mítico capítulo de Friends. ¿En qué piensan los hombres cuando se ‘arreglan’? ¿Quién les aconseja en la elección de su vestuario? ¿Qué mente perversa se esconde detrás de semejantes atentados visuales? Sé que están deseando que desenfunde el cuchillo y comience a cortar cabezas, pero tranquilícense, si han llegado hasta aquí tampoco les voy a hacer leer mucho más. Resumir es una virtud y no seré yo el que les entretenga en demasía su ajetreada mañana de jueves. Tan solo voy a resaltar cinco horrores máximos que deberían ser erradicados de la faz de la Tierra a golpe de ley mordaza. ¿Para cuando una ruptura separatista de las corbatas moradas? Procedamos:

Basta de camisas negras. Tanta repulsa me producen los cuellos rígidos como las camisas oscuras. Nos han hecho creer que una camisa de boda, una que dé empaque al traje, debe tener el cuello fabricado con porexpan. Duro, firme y erguido. Como un pene preparado para la cópula -no he visto tesis al respecto y alguien debería escribirla ya-. Es la superioridad del que cree ser empleado de banca. Me sorprende encontrar a jóvenes que cambian su sudadera de Pull&Bear por un atuendo más propio de sus progenitores. No es necesario y todos lo sabemos. Pero peor me parece la combinación de traje negro, camisa negra y corbata roja. ¿En qué está pensando? ¿Cuándo ha decidido que un total look en negro es lo mejor que puede llevarse a una boda? Si nuestra inconsciencia nos lleva a caer en ese error, deben tener en cuenta que, primero, para iluminar el rigor mortis no deben apostar por la corbata en colores llamativos, y segundo, procuren que la corbata no sea low cost. Si es lo único que va a destacar, por favor, que no de penita. El picor es algo que puede sentirse en la distancia.

Acabemos con el morado. Acudir a una boda relativamente presentable es sencillo. Traje oscuro, camisa blanca, zapatos oscuros y corbata poco llamativa. Con eso no hay quien falle. Bueno, sí lo hay, pero resulta difícil. Esta opción parece que no sirve cuando creemos que somos adalides de la modernidad. Cuando no hemos dedicado ni un segundo de nuestra vida a preocuparnos por nuestra vestimenta pero pensamos que hay que ir elegante y ‘moderno’, sea esto lo que quiera ser. Es entonces cuando aparece la terrible combinación de camisa y corbata morada. ¿Por qué? No, en serio, ¿por qué? ¿Cuándo ha sido vanguardista vestir de empleado de funeraria? Hay quien piensa que es mejor el mismo tono en ambas prendas y hay quien prefiere arriesgar y subir el contraste para que quede más arrebatador. Todavía tengo pesadillas. Y lo peor es que es un clásico. Debe ser la tradición católica y el fervor de la Semana santa.

Los trajes envejecen. El poco uso que un hombre corriente suele darle a los trajes no significa que estos puedan perdurar en el tiempo cual reliquias sagradas, cual joyas de pasar. Por mucho que nos cueste asumirlo, los trajes envejecen y lo hacen más rápido de lo que queremos pensar. Son los dictados de la industria de la moda. No pasa nada. Lo asumimos y seguimos viviendo con ello. Como con el cambio de década. Como con la calvicie. Como con las canas en la barba. Notarán rápidamente quién ha querido economizar por el ancho del pantalón y el largo de la manga. La maldita manga. Sean conscientes de su economía y gasten cuando puedan y quieran, pero háganlo de vez en cuando. Nada más ridículo que encontrarse con un corte ancho entre pitillos ajustados -cuidado con el tiro de entrepierna, que el pitillo lo carga el diablo-. Ahora, más vale que acudan pasados de moda que arropados por low cost. ¿Alguien sabe si los trajes de Zara se desintegran cuando llueve? Yo creo que sí.

Las pajaritas ya no son una rebeldía. Hace tiempo, mucho, acudir con una pajarita a una boda era una declaración de intenciones, un golpe en la mesa, un mirar por encima del hombro a los pobres pueblerinos que desconocen lo que se lleva en Londres -esa meca, ese mito, esa falacia-. Ahora es algo tan rutinario que aburre. La pajarita tiene sentido cuando el conjunto también lo tiene. Si es usted un hispter de manual que necesita demostrárselo al mundo, acuda a ella, pero no se la compre en cualquier tienda. Recurra a una diseñada con gusto y exclusividad. Si tiene usted un torso cincelado en el gimnasio, con unos pectorales capaces de destrozar la camisa con tan solo respirar hondo, acuda a la pajarita. No le tapará lo que no quiere tapar y atraerá miradas hacia el epicentro de su cuerpo: los pezones. En todos los demás casos, corbata por favor. Hay miles de diseños, formas, anchuras y patrones. Podrán encontrar una perfecta para cada momento. Se lo garantizo.

Mantengan la compostura. Repitan conmigo. Hay que volver a casa como se ha salido. Ni más vestido, ni menos. No es un esfuerzo tan grande. Como mucho llevarán el traje puesto durante doce horas. Tampoco están escalando el Everest. Ni la corbata se quita durante la comida, ni se la anuda uno en la frente, ni se la guarda en el bolsillo. Y lo mismo con la chaqueta. El conjunto es el conjunto y no hay nada más triste que ver a un señor con la camisa sudada, el faldón torcito, la corbata en la mano y la chaqueta colgando. Más que lamentarse, disfruten de la experiencia. Piensen en qué haría James Bond y actúen en consecuencia. Desabróchense el último botón de la camisa si creen que pueden morir ahogados pero mantengan la compostura. No es ningún esfuerzo. No se lamenten tanto. Y, por lo que más quieran, no se afeiten si no lo hacen regularmente. Creer que uno no puede llevar traje y barba es un absurdo en los tiempos que corren. La barba embellece y oculta la papada. Hagan el favor.

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Esta entrada fue publicada el 05/11/2015 por en Uncategorized.

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