EL HOMBRE CONFUSO

La nueva política es imberbe

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Mi mente, que es muy suya para ciertas cosas, cuando escucha hablar de la nueva política piensa automáticamente en la nueva carne y, claro, sale una sonrisa en mi cara que no se corresponde con nada de lo que la gente está hablando. Acordarse de Cronenberg siempre es mejor que abrir los ojos a la realidad. La que nos rodea en el día a día, claro, no la que nos hemos creado en las redes sociales -recuerden que sus timelines de twitter son una minoría comparado con la auténtica sociedad-. Es entonces cuando alguien me propina un codazo, una patadita disimulada, un whatsapp con emojis de plantas, para que me deje de tonterías y vuelva a poner los pies en la tierra. La nueva política es el condimento de todas las conversaciones, la excusa del ascensor cuando viajamos a pisos muy altos, el nexo de unión fraternal entre desconocidos, la enemistad entre familias, las rencillas entre vecinos, la eliminación de conocidos en facebook –my facebook, my rules, bitches-. Morimos ahogados en un mar de actualidad chistosa. Si antes nos importaba poco lo que hacían y deshacían los políticos porque, en general, teníamos los bolsillos llenos, ahora nos vuelve a importar poco con tal de que nos den nuestra dosis de chascarrillos y titulares impactantes con los que epatar en las reuniones. Somos tertulianos de la vida. Sin cobrar. Sin contrastar.

La nueva política no deja de ser una versión rejuvenecida de la vieja. Estamos cansados de ver siempre las mismas caras y queremos otras nuevas. Más tersos, con mejor pelo y menos barba. La nueva política no solo es imberbe en su papel social sino también en su aspecto físico. Me intriga sobremanera que en un momento de exaltación de vello, donde no queda hombre que no haya caído en las garras -las suaves y ardientes garras- de la barba, donde los botones de la camisa han vuelto a abrirse para dejar claro que debajo hay algo más que piel, los políticos recién nacidos carezcan de este rasgo físico. De acuerdo, no es culpa suya. La genética es igual de caprichosa en todos los estratos, pero, ¿qué quieren que les diga? Me intriga. Observo la insultante postadolescencia de Iñigo Errejón, más preocupado por mantener ese aspecto de seriedad de quien se ha guardado alguna cosa en el bolsillo mientras pasea por un supermercado que por las peligrosas encuestas, veo al ex rollizo querubín en que se ha convertido Albert Rivera, cuyos rizos dorados camuflan la sonrisa del que sabe que esconde un secreto, me detengo, poco, en el innecesario afeitado de Pablo Casado y Pedro Sánchez, me arrodillo esperanzado ante la incipiente barba de Alberto Garzón y miro de soslayo el arreglo floral de la cara de Pablo Iglesias. Y lloro fuerte, créanme.

La nueva política sigue siendo masculina, de paquete enfundado en pantalones ajustados y mujeres situadas en segunda fila. Esto es todo lo que hemos conseguido en treinta años de democracia. ¿Dónde está la novedad? Me inquieta pensar que este movimiento hacia el imberberismo -si los angloparlantes pueden crear palabras, ¿por qué yo no?- no es más que una de las estratagemas para desmarcarse de lo que tenemos actualmente. Contra la barba de la maldad, el cutis aterciopelado de la esperanza. No lo veo tan descabellado. Si por algo se han caracterizado los políticos es por alejarse del pueblo llano, el que desconoce la existencia de sueldos de cuatro cifras y pasa las noches de los jueves tuiteando sobre Gran Hermano, el mismo que hace años que luce una frondosa barba acicalada de aceites y ungüentos. Imagino a los asesores de estos nuevos elementos hablándoles con convicción de la camisa blanca y la cara lavada. ‘Te dará un aire de pureza, de juventud, de confianza. Y fuera barba. Eso no es propio de la regeneración democrática’. Y se hizo el milagro. Los folículos se cerraron y las aguas volvieron a su cauce. El afeitado sensato le llamarán algunos. ¿Y si ahora las puertas giratorias terminan en los consejos de las empresas de maquinillas y espumas? La nueva política, ya saben.

La barba ha unido a revolucionarios y a capitanes del ejército, a hippies aficionados a volar químicamente y a empresarios de grandes multinacionales, hizo acto de presencia en el mayo del 68 y en la tan comentada últimamente conquista de América, en el plató de No te rías que es peor y en el de La clave de Balbín, en la Rusia comunista y en el capitalismo de Hollywood, pero todo esto ha terminado. La nueva era se prevé imberbe, por mucho que nos pese. Salgamos a la calle a quemar botes de aftershave. Levantemos el mentón y mostremos nuestro hirsutismo facial con orgullo. Señalemos con el dedo a los que han conseguido mancillar la existencia de las barbas. Gritemos lo de ‘no nos representa’ y luchemos por recuperar nuestra dignidad. Ese va a ser nuestro cometido a partir de ahora. ¿Cuándo nos van a dejar descansar? Qué cruz…

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Esta entrada fue publicada el 22/10/2015 por en Uncategorized.

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