EL HOMBRE CONFUSO

¿Recomendaciones lectoras? Claro, leer es sexy

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Don reading Dante in Hawaii.

Si yo fuese una persona preocupada por las visitas, un aspirante a obtener algún premio en uno de estos concursos de blogs que ya eran antiguos hace siete años, un egoblogger cualquiera deseando poder adquirir, perdón, obtener el dedal de oro, ahora me sacaría de la manga un texto titulado ‘Así era Bertín Osborne cuando se desnudaba en público’. Google se ha llenado de gente desesperada por encontrar imágenes del cantante gallardo reconvertido en intrépido entrevistador, imagino que para tocarse mientras ven los miércoles el programa que pagamos todos. Y no crean que me molesta contribuir al contrato de Bertín. No más de lo que lo hacía tener a Toñi Moreno por las tardes. Lo que sí me enerva es que se le de un hueco en prime time a la nietísima del generalísimo y sus ‘locuras pizpiretas’ que ha podido realizar gracias a que en España olvidamos y perdonamos muy pronto. La pobre trataba de desviar el tema alegando que ella prefería no hablar de política, que siendo quién es podría malinterpretarse. Tranquila, Carmen, bromear sobre la bisexualidad de tu abuelo ya es política. ¿Ven? Ya me he calentado.

Reflexionaba antes de comenzar a escribir este texto sobre qué consigue provocar al personal a estas alturas de siglo. En un tiempo de tantísima corrección política, dónde todo ofende y todo es reprobable, lo único que podemos hacer es provocar. Soliviantar morales que nos lleven a coleccionar denuncias y censuras en redes sociales. Es lo más cercano que tenemos a la revolución. Pero, claro, ¿y qué es provocación? ¿Sacar todas las fotografías que voy subiendo a mi instagram sin recortes es provocación? Son imágenes, en muchos casos, con cuarenta años de antigüedad. ¿Hablar sobre las ganas que tenía Justin Bieber de que le pillaran con la polla al aire es provocación? Si no lo es ni para él, cómo lo va a ser para mí. ¿Enarbolar las tradiciones, los sentimientos y las banderas es provocación? Hemos llegado a un punto en que ya lo hemos visto todo y, a la vez, todo nos ofende. Y eso que se supone que vivimos en una libertad tan inabarcable que nos asfixia. Yo, al menos, tengo la excusa de ser un hombre confuso, pero, ¿y ustedes?

En todo este periplo he llegado a la conclusión que no hay nada más revolucionario que hablar de libros. Leer se ha convertido en una de las excusas favoritas para rasgarnos las vestiduras. Nos lamentamos que en España no sea lea -una realidad- a la vez que ensalzamos las figuras que se enorgullecen de no leer. La cultura está mal vista. Las instituciones se encargan de recordárnoslo cada día. ¿Qué hay menos popular que escribir sobre libros? Pues ahí está la revolución. En plena locura por la fama virtual, el aplauso twittero, el corazoncito en instagram, desmarcarse con algo que, a priori, no le va a interesar a nadie. Capitalism can kiss my ass. Así que aquí me tienen, dispuesto a contarles cuáles han sido mis últimas lecturas. ¿Les interesa? Pues posiblemente no, pero, ¿y qué? Como ha dicho Playboy, para el porno ya tienen tumblr…

La fontana sagrada, de Henry James. El último libro que ha caído en mis manos es, creo, el último de la carrera de Henry James. Y si no es el último, es uno de los últimos. Un despliegue brutal de narrativa arriesgada, retorcida. Un baile de frases y palabras que no pueden dejar a nadie indiferente. Su mayor virtud y, a la vez, su mayor obstáculo. James sabía que el lenguaje estaba para esto y no se quedaba en la zona de confort. El argumento, por otra parte, no podía ser más interesante. Un grupo de personas coinciden en una mansión de vacaciones y descubren que todos han cambiado totalmente. El que era tonto ahora es listo, la que era poco agraciada ahora es bellísima, el tímido es un líder de masas, y claro, se preguntan qué ha podido pasar. Hay que arrodillarse ante Henry James y hacerle ofrendas cada cierto tiempo. Solo así podremos ser libres.

La chica del tren, de Paula Hawkins. ¿Y tú me preguntas qué es eclectismo? Uno de mis máximas en cuanto a lectura es no dejarme llevar por las filias hasta el punto de desconectarme de la realidad. Trato de combinar clásicos con bestsellers con la esperanza de encontrar algo que de verdad valga la pena. Una tarea habitualmente ingrata, también lo tengo que decir. Ver que todo el mundo tenía entre sus manos un ejemplar de La chica del tren hizo que me plantease leerla. Y ahí que fui. ¿Lo que me encontré? Pues una historia que arranca costumbrista y termina cayendo en los tópicos propios del bestseller. Es fácil adivinar qué va a ocurrir y cómo va a hacerlo, pero eso no tiene por qué quitarle mérito. El mayor problema es que los personajes no están bien definidos, que sus reacciones son totalmente arbitarias -incluso dentro de la naturaleza humana- y la autora confunde repetición con introspección. Aun así, se deja leer. Hay cosas mucho peores.

La heredera, de Henry James. ¿Qué podría decir yo de La herederaWashington Square, dependiendo de la edición española- sin que se notara mi devoción? Mucho Henry James en mis últimas lecturas, pero cada uno encuentra la forma de avivar su existencia donde quiere. Un placer absoluto, reconfortante entre tanta marea lectora. Una joven se enamora de un joven atractivo que no es nada del gusto de su padre. El argumento no podía ser más sencillo, pero ahí es donde entra en juego la maestría de James. ¿Saben lo que les ocurre a las adolescentes cuando van a un concierto de Justin Bieber? Pues a mí me ocurre lo mismo pero con el escritor americano. Bueno, igual no tanto. El día que alguien me vea por la calle con su nombre escrito en la cara con eyeliner, por favor, que me ingrese. Como Rosa Benito, solo querré descansar…

Dos damas muy serias, de Jane Bowles. No sabía nada de la existencia de este libro ni de la breve carrera literaria de su autora cuando cayó en mis manos, fruto de un regalo de alguien que me conoce muy bien. Ahora Dos damas muy serias forma parte de mi Olimpo lector. Me cuesta encontrar un adjetivo calificativo para describir esta novela. Creo que todos se van a quedar cortos o no van a reflejar a la perfección mis intenciones. Deberían leerlo para comprender de qué estoy hablando. Cuenta la historia de dos mujeres que dan un giro radical a su existencia de forma consciente e inconsciente. Déjense llevar y alucinen. Les aseguro que lo harán. Y luego investiguen sobre Jane Bowles. Su vida les interesará tanto como la novela.

Los lugares pequeños, de Paco Tomás. La expectativa es mala compañía para leer nada. Saben bien los que suelen venir por aquí que el Sr. Paco Tomás se encuentra entre mis debilidades. Me gusta todo lo que hace. Todo, sin excepción. Y, claro, su primera novela no podía quedarse fuera. Los lugares pequeños no es nada de lo que puedan imaginarse y a la vez lo es todo. Es una historia dura y amable, reconfortante y esquiva, desoladora y esperanzadora. Una novela que nos hace replantearnos muchas de nuestras acciones diarias sin pretenderlo. Un ejercicio literario que evidencia que su autor no ha querido caer en lo fácil -de ahí que mucha gente le diga que no se lo esperaba-. Una joya de la que muchos editores deben estar lamentándose. ¿Cuántos dirían que no por la mera estructura del libro, poco convencional y maravillosamente ideada? En esas está la industria literaria española, y claro, a uno le dan ganas de llorar.

Idiopatía, de Sam Byers. La excusa de las vacas locas le sirve a Sam Byers para construir una historia alrededor de tres personajes en plena destrucción. No una de esas que parecen pensadas para alzarse con un Oscar, sino algo más habitual, menos explosivo y más humano. Algo en el que todos podríamos acabar cayendo, si es que no hemos caído ya. Una ex pareja tiene que enfrentarse a la llegada de un tercer amigo, internado durante un tiempo en una institución mental. Un argumento mínimo y de poca trascendencia que sirve para desarrollar al máximo la complejidad de cada uno. Tedioso en algunos momentos y tremendamente brillante en otros. No tengo muy claro si recomendárselo a nadie, a pesar de su múltiples virtudes.

Carsick, de John Waters. ¿Quién me iba a decir que el peor libro de todos los que iban a aparecer en esta lista improvisaba iba a pertenecer a John Waters? Vaya por delante que leí la versión traducida al español y es un error imperdonable. Hacía mucho que no me encontraba con una traducción tan mala, tan poco revisada y tan poco cuidada. Igual eso tuvo algo que ver, pero no todo. La premisa es magnífica. John Waters emprende un viaje haciendo autostop y lo cuenta todo. Pelos como escarpias. ¿El problema? Que la narración no daba para tanto, seguramente, y alguien le dijo que debía engrosar el tema. El resultado es un libro en tres partes, lo que le hubiese gustado encontrarse, lo que no le hubiese gustado encontrarse y lo que realmente se encontró. Deben ser esto antes de comenzar a leerlo, o se instaurará una sensación de estafa en su corazón y no podrán terminarlo. Sé de lo que hablo. Le daré otra oportunidad pronto.

Mi color favorito es verte, de Pilar Eyre. Hacía mucho que no tenía nada entre mis manos que oliera a Premio Planeta. Mis últimas incursiones, algo lejanas en el tiempo, no habían sido nada satisfactorias, pero cuando supe que Pilar Eyre había sido finalista me redimí. Uno es fan declarado de sus columnas y de su manejo del sentido del humor y, claro, tenía que ver qué estaba pasando. Encontrarse con una historia biográfica en la que la periodista hace un ejercicio de exhibición nunca visto fue un buen comienzo. Descubrir cómo se pone a tararear una canción en pleno funeral como consecuencia de su enamoramiento exacerbado es todo un placer hilarante. Debería haber ganado el premio. Hubiese sido la mejor forma de modernizar algo que se percibe como caduco.

Hombres sin mujeres, de Haruki Murakami. Yo soy murakamer. Me importa bien poco si finalmente acaba ganando el Nobel o no. Tampoco sé si a él le importa o no. Lo que sí me interesan son sus novelas, o colecciones de relatos, como es el caso de Hombres sin mujeres. Como en la carrera de todo escritor, unos me gustan más y otros me gustan menos, pero el toque Murakami siempre termina convenciéndome. Igual es que soy un tanto fácil cuando llego entregado. Ahora pueden rasgarse las vestiduras todo lo que quieran. Eso sí, tener en la mente Sputnik, mi amor hace que todo tenga siempre un regusto de ‘ay, y si…’.

La biblioteca de la piscina, de Alan Hollinghurst. Ahora ya puedo salir a la calle sin esa pátina de vergüenza que no conseguía quitarme. He tardado mucho, muchísimo en leer La biblioteca de la piscina y no me lo perdono. ¿Qué estaba haciendo yo hasta ahora? Antes cayó en mis manos El hijo del desconocido y ya me preparé para lo que iba a venir. Volvería a releerlo cada semana y seguro que encontraría nuevos matices. Hoy se me permite ser un poco pedante, ¿no? Supongo que a esto se refiere la gente cuando habla de literatura gay. Como si los libros tuviesen orientación sexual, los pobres. El día que dejemos de crear etiquetas, de cortarnos las miras, de escudarnos en pretextos para no mostrar nuestra opinión, ese día, ay, ese día. Recomendarles La biblioteca de la piscina es de cobardes. Ya sé que les va a gustar y que, posiblemente, la mayoría lo ha leído antes que yo. Aun así, ahí lo dejo.

Ya les he aburrido bastante, ¿no creen? Ahora ya pueden correr a buscar las imágenes de Bertín Osborne desnudo. El renacimiento de nuestro Lorenzo Lamas. Quién lo iba a decir. Quién lo iba a permitir.

Un comentario el “¿Recomendaciones lectoras? Claro, leer es sexy

  1. Uno
    19/10/2015

    Gracias, seguiré tu consejo y leeré La Divina Comedia de Hamm

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Esta entrada fue publicada el 15/10/2015 por en Uncategorized.

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