EL HOMBRE CONFUSO

Lo dice Diana Aller

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Siempre había considerado que no hay nada más despreciable que tener un blog. Creerse con la capacidad suficiente para pontificar desde el sillón de casa o la silla de la oficina -nunca desde una cafetería-, acumular fans capaces de soltar un buen piropo interesado si se tercia la ocasión y mirar por encima del hombro a los pobres mortales que lo intentan y no lo consiguen -me sigue maravillando que, a estas alturas, alguien quiera abrirse un blog, o peor, que alguien lance al aire su intención como si no fuera tan fácil como perder dos minutos buscando un título y eligiendo una plantilla de las gratis-. Eso era antes del auge de las redes sociales, claro. Ahora observo con cierto terror los perfiles que acuden a mí a través de instagram y que se componen de centenares de primeros planos del usuario en cuestión con varios fondos intercambiables. Temo que me de un ataque al corazón justo en ese momento y que esa cara sea lo último que me lleve a la tumba. Un drama del primer mundo como otro cualquiera, pero volvamos a los blogs.

Recuerdo con nostalgia cuando había gente interesante escribiendo cosas interesantes fuera de facebook, -o peor, de twitter-. Llámenme nostálgico. Me lo merezco. La inocencia que se respiraba en aquellos primeros blogs, más preocupados por soltar todo lo que tenían en la cabeza que por el aplauso y los likes, se perdió en pocos meses. De repente, todo el mundo necesitaba un espacio para contar sus cosas, sin preocuparse en saber si tenían algo que contar o si eran capaces de hacerlo -no todo el mundo tiene una historia, reconozcámoslo-. Pronto alguien avispado vio en todo ese boom una posibilidad de negocio y llegó la desvirtuación. Se colaron los posts patrocinados, los que querían atraer la atención de las marcas para venderse por cuatro muestras de crema, los que pretendían hacernos creer que esa ropa estaba de verdad colgada en su armario y los que, lejos de aportar algo, un punto de vista, se contentaban haciendo un poquito de ruido. No mucho, que incluso para eso hay que tener talento. Pues en aquellos tiempos, en el origen de todo esto, estaban Popy Blasco y Diana Aller. Y lo mejor -peor- de todo es que ahora mismo solo siguen estando ellos.

A Diana llegué un poco más tarde que a Popy -otro día les cuento mi incursión en su mundo, que necesita su propio espacio-. Yo había creado ya este blog, pese a que no tenía nada que ver con lo que es ahora mismo, y ya había asumido que mi vida no era tan interesante como para seguir el modelo que tan bien dominaba Popy -él fue el creador del ‘name droping’ en España, sus mayúsculas representaban la realización del sueño madrileño y se cotizaban muy al alza-. Entonces, alguien me dijo que debía leer a Diana Aller. Creo que fue en la barra de un bar y creo recordar incluso lo que llevaba puesto -es un don, no traten de imitarlo sin la supervisión de un hombre confuso-. Memoricé su nombre y cuando llegué a casa me di un baño de Lo dice Diana Aller. Comencé leyendo, si no me equivoco, la verdad acerca de las cabezas de desproporcionado tamaño de los artistas afincados en Miami. De ahí pasé a sus listas, su glorioso ‘Miguel Bosé es tonto‘ y todo lo que ha escrito hasta día de hoy. Y cada vez que lo hago siento esa punzada entre envidia y admiración que me empuja a seguir haciéndolo. Como quien termina un libro magnífico y desearía tener el talento para haberlo escrito. Como el que se corre tras un más que satisfactorio encuentro sexual y lamenta que haya terminado ya.

Pasa el tiempo y me reconforta saber que Diana sigue ahí. Por el camino se han quedado todos los que no debían estar y muchos de los que sí pero que han preferido que no. No les culpo, tener un blog es algo horrible. Ahora solo confío en recibir, algún día, la invitación para la primera gala de entrega de los Premios Diana Aller, en retomar aquella conversación que dejamos a medias -el clásico ‘pues tendríamos que hacer algo’- para que se materialice de una vez, en que le devuelvan la última página de la Cuore que se la tenía ganada, en que les diga a sus amigas Ana, Marta y Laura que deberían hacer un especial Zapatos planos para los que nos sentimos huérfanos, en seguir escribiendo en el mismo sitio -eso lo he conseguido gracias a Tentaciones– y en comentar juntos el próximo Hola de Terelu entre muchas cervezas. Todo sueños mundanos y de fácil cumplimiento. Así me planteo el nuevo curso, sin demasiadas peripecias ni circos de muchas pistas. ¿No les agotan los rocambolescos tejemanejes que la gente crea de la nada? A mí sí. Será que duermo poco.

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Esta entrada fue publicada el 27/08/2015 por en Uncategorized.

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