EL HOMBRE CONFUSO

Esos pobres hombres heterosexuales blancos

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Hubo un tiempo en el que yo me entretenía escribiendo sobre grandes divas del cine. Días felices ajenos a las redes sociales -el origen del fin de la humanidad, ténganlo claro- donde hablar de Ingrid Pitt -oh, Ingrid- era mi máxima aspiración en este blog que siempre será el suyo -pese a que, en el fondo, es más mío que de nadie-. ¡Qué tiempo tan confuso! Ahora surfeo entre olas de calor y me escollo en las mierdas que flotan a mi alrededor. Podría decirlo mejor pero no soy Christina Rosenvinge, aunque me encantaría serlo por un día -atrapen a esa rubia, que le toca ya-. Vivo inmerso en una vorágine de actualidad que consume mis ganas de continuar sentado delante de la pantalla. Tecleo furiosamente frase tras frase para llenar lo que parece que necesita ser contado. Como si nadie supiese leer. Como a alguien le interesase. Ojalá un respiro del mundo actual. Un descanso de ruido e interferencias. Unos días de paz y abstracción, de lecturas e incógnitas, de no saber qué ocurre ni querer saberlo. Un sueño que acaba siendo truncado por lo mismo de siempre. Por la misma mierda de siempre.

Me sorprende como a estas alturas, cuando nos hemos creído que hemos cambiado, cuando nos han convencido de que hemos cambiado, nos encontramos en el mismo punto de partida -yo te busco, en el mundo que me ahoga, que me abraza y que me olvida-. Seguimos esclavizados bajo el mandato del hombre heterosexual blanco. No, no se asusten, no voy a dejar salir al activista que todos tenemos dentro, a ese ser pesado y machacón que consigue que la sociedad mejore y que todos esquivamos en la esquina de cualquier calle, carpetita en mano. No es mi idea ni mi intención. Hace demasiado calor como para plantearse nada. Pero dejen que me desahogue, que uno lleva siempre muchas cosas en la espalda y, al final, se tuerce y le cuesta mucho levantarse. Este hombre confuso que tantos años lleva acompañándoles está cada vez menos ágil y más anquilosado. Si saben de alguien capaz de dar masajes virtuales, pásenle mi contacto. Se lo agradecerá de por vida. Pero no nos despistemos. A lo que iba…

Me aburren los discursos lastimeros y victimistas de los que tienen el poder y creen que se lo están arrebatando. Me cansan las actitudes defensivas de los opresores mientras continúan pisoteando a quien se le ocurra levantar la mano. Me harta como ante cualquier reflexión, por pequeña que sea, enarbolan la bandera de la normalidad, del ‘ha ocurrido toda la vida’, del ‘las cosas son así, no hay que sacarlas de madre’, como si los demás no nos diéramos cuenta que la tradición que buscan es la que les beneficia. Ay, la tradición. Me irrita sobremanera como se trata de camuflar la realidad con pequeñas operaciones de maquillaje, concesiones sin sentido, sin trascedencia, con la única intención de hacernos creer lo que no es. Y lo peor es que nos lo creemos. Pensamos que estamos haciendo algo, asistiendo a algo, cuando, en realidad, no estamos haciendo nada. Confiamos en los avances como si no pudiese cambiar todo de un plumazo. Y vaya si lo hace. Lo vemos a diario y nos preocupa poco. Nos han aleccionado para que así sea. Luego dicen que somos malos alumnos.

El hombre heterosexual blanco no es más que un pobre desgraciado. Se cree una especie en extinción. Piensa que los demás quieren robarle su espacio por venganza personal, no por justicia social. Se retuerce rabioso ante la evidencia. Sabe que lo suyo ha pasado, que el futuro pertenece a otros, que aquello que creía glorioso no es más que la época más oscura del mundo. Es consciente que gran parte de los males de la humanidad se han generado en su mano pero prefiere mirar hacia otro lado. ‘Apoyadme, dejad que todo continúe como hasta ahora, es lo que conocemos y ¿quién no tiene miedo al cambio?’. Pero no se confundan -que para eso ya está servidor de ustedes-. El cambio nada tiene que ver con eso que nos quieren vender como cambio. El cambio no se planifica. El cambio no lleva como abanderados a los mismos de siempre. El cambio ocurre. El cambio es ruptura. ¿Les he dicho ya que pueden comenzar a prender sus antorchas? Tenemos mucho trabajo por delante.

Y ahora no me vengan con melindres, con eso de ‘no todo el mundo es así’, con disculpas por cosas que nadie les ha pedido. Generalizar tienen estos riesgos y vivimos con ellos. Nos gusta hilar fino cuando el viento nos da en la cara y trazamos a lo grueso cuando es al contrario. Y nos ofendemos. Nos ofendemos constantemente. Como si no hubiésemos hecho nada. Como si la vida real fuese twitter. ¿Ven? El origen de todos los males. Si ya se lo tengo dicho…

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Esta entrada fue publicada el 27/07/2015 por en Uncategorized.

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