EL HOMBRE CONFUSO

Cosas del verano que ni me gustan ni me interesan

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Cualquiera que haya pasado por aquí en algún momento de su vida sabrá que el verano no es mi estación favorita -qué bien suenan las cosas cuando intentas suavizarlas-. El calor, la humedad y el sentimiento festivo general me llevan a un letargo del que me cuesta mucho despertar. Y, entiéndanme, si yo pudiese estar un par de meses tumbado en una hamaca leyendo y tomando bebidas refrescantes, vería el verano con otros ojos. Mi realidad es muy distinta, muy del pueblo, muy de la calle. Tratar de trabajar a cuarenta grados, centrarse para poder juntar dos palabras con sentido y cruzar los dedos para permitirme el lujo de descansar, como mucho, un par de días, no es la mejor forma de ‘disfrutar’, la verdad. Aun así, admiro a la gente que es capaz de sacar fuerza entre todo esto y sueña con la llegada del pantalón corto y la terraza intensiva. No me importaría que ellos se quedasen con mi verano si yo, a cambio, puedo disfrutar de su invierno. Abrigos largos, bufandas y frío del que humedece los ojos. Así veo yo el paraíso. En fin, una vez más, Confuso contra el verano.

No era mi idea venir a quejarme, pero hay cosas que vienen de dentro y a las que no se les puede frenar. Lo intento, no se crean, pero no lo consigo. Así que antes de conflictuarme a mí mismo prefiero entregarme con los brazos abiertos al reproche, la crítica, la queja y el lamento -boliviano-. Y ahora, claro, ustedes se preguntarán si era necesaria una lista, y yo les diré que sí. Quiero competir para conseguir el premio Pulitzer al mejor artículo en forma de listado. Sé que será difícil, pero es la única categoría en la que podría competir. ¿No les doy un poco de pena? Mejor no respondan a la pregunta y céntrense en este sentimiento oscuro que se adueña de mi cuerpo en cuanto el termómetro pasa de los treinta grados. El verano está aquí y ya no podemos hacer nada. Protéjanse del sol y sobrevivan como puedan a este terror en forma de estación:

1. Las uñas. El cuerpo humano tiene limitaciones. Puede parecernos que no, que con este buenrollismo reinante, esta libertad que solo censuramos cuando no nos sopla a favor, todo es aceptable y comprensible. Pues bien, no es así. Admitámoslo, las chanclas no son para todo el mundo. Si usted tiene unas uñas que asustarían al mismo diablo, por Dios, no las deje al aire. Sí, hace calor, lo sabemos, pero no es motivo suficiente para traumatizar a sus semejantes. Unas alpargatas son igual de frescas -y muchas veces más cómodas- que las hawaianas de plástico. Tomen nota y hagan algo. Por su salud, por la de los que les quieren -que poco les querrán si no les dicen nada-.

2. Las bodas. Sé que Diana Aller no estará de acuerdo conmigo y entiendo su razonamiento. En una boda puede concentrarse todo lo bueno, pero también todo lo malo. Plantarse un traje, una camisa y una corbata en pleno mes de agosto debería estar prohibido. ¡Derroquemos la etiqueta! ¡Quememos las convenciones sociales! ¿Por qué se supone que un hombre debe acudir con tanta prenda encima a un acto social? ¿Por qué no puede ir limpio, arreglado y aseado y sin una chaqueta de manga larga? Hay cosas que no entiendo. Digo sí a las bodas, pero un no rotundo a las convencionales, a las que se celebran en salones terribles, a las que se corta el pastel con una espada, a las que se contrata a un dj con spotify para que ponga música. No, no son especiales. No, no son únicas. No, no me inviten.

3. Los mosquitos. El campo no está hecho para mí. Eso lo sé yo y lo saben ustedes. No me importa acercarme a mi faceta más naturista de vez en cuando, pero no me veo residiendo en una masía perdida en medio de la nada. Si se es urbanita, se es urbanita, no hay que lamentarse por ello. Y tengan en cuenta que valoro la tranquilidad más que nadie -y la falta de vecinos, si es que eso existe para los bolsillos modestos-, pero solo si esta se presenta sin mosquitos. No soporto su zumbido nocturno, sus picaduras y su extraña habilidad para desaparecer de la vista en cuando enciendes la luz. Y no, no pienso dormir con cebollas debajo de la cama, ni limones con clavo, ni cualquier otra brujería sin resultado. Basta de mosquitos, por favor. Hagamos algo.

4. El sudor. Los residentes en climas húmedos comprenderán mi lamento. La humedad y el verano es una combinación que acaba con la paciencia de cualquiera. Sentir como el sudor recorre tu cuerpo pese a no mover ni un músculo no es agradable, no es placentero y no es productivo. Nos hemos creído esto de que el sudor es sinónimo de sexo y que, por tanto, nos debe gustar. Nada más lejos de la realidad. Terminar absolutamente empapado a los pocos minutos de entregarse al placer carnal baja la erección a cualquiera. Ahora, tengan claro que el cuerpo produce el mismo sudor por mucho que se intente controlar. No recurran a los productos milagrosos, ni al bótox. Así no les sudarán las manos, pero sí lo hará la cabeza. Ustedes mismos.

5. Los festivales. Estoy convencido que dentro de pocos años los psicólogos comenzarán a tratar a pacientes ‘enfermos de festivales’. Cada año observo con estupor como hordas de usuarios de redes sociales acuden a una media de siete festivales a lo largo del verano. Puedo llegar a entender la afición a la música en vivo y la diversión de cuatro días encerrado en un recinto polvoriento, pero, ¿de dónde sacan el dinero? Entre la entrada, la estancia, el viaje, la comida, la bebida y lo que no es la bebida, mis cuentas se disparan a unos cuantos centenares de euros. Y si eso lo multiplicamos por siete… Nunca llego a ser consciente de la cantidad de familias bien posicionadas que hay en España. Será que el sector bloguer -si es que eso existe y si es que yo formo parte de eso- es más bien pobre.

6. La depilación. Debo reconocer, con alivio, que en este punto estamos viviendo un poco de tregua. Tradicionalmente, en cuando asomaban los primeros rayos de sol, los hombres corrían a depilarse las zonas visibles, en un intento de, supongo, refrescar su piel y rendirse a los cutredictados de la moda -o lo que ellos creen que es moda-. Se producía, así, un efecto nunca visto. Axila depilada, pecho sin depilar, brazo depilado, pierna medio depilada -de rodilla hacia abajo- y medio no -de rodilla hacia arriba-. El ‘efecto puzzle’ debe tener su público. Al menos, este año la cosa ha ido cambiando. Cada vez vemos más pierna peluda por la calle y eso es motivo de alegría. Entreguémosnos al salvajismo. Acabemos con la absurda creencia de la higiene o el deporte -sacar la bicicleta los domingos no cuenta-. Háganlo por Confuso.

7. Los tirantes. Vaqueros cortos, con dobladillo o cortados, camiseta de tirantes con motivos tropicales o acaramelados, zapatillas de deporte, calcetines cortos, mochila con asas de cuerda, gafas de sol de color y gorrita. El uniforme del 95% de la población masculina en cuanto comienzan los calores. ¿Es necesario? ¿No hay nada más? Medítenlo.

8. El aire acondicionado. Tal vez debería decir ‘la lucha por el aire acondicionado’. El frescor artificial reseca el ambiente, provoca dolor de cabeza, molesta e incrementa los resfriados, pero, en ciertas ocasiones, es imprescindible. Mi producción laboral caería a un letargo absoluto de no ser por ese bendito aparato. Eso sí, con la llegada del calor comienza la lucha por controlar el mando. Tretas, tácticas y planes perversos para conseguir una temperatura acorde a nuestras exigencias. Nada me puede aburrir más. Bueno, sí, la polémica por los tuits de los nuevos cargos públicos, pero ahí está la cosa. Como en ‘la nueva política’, lo suyo sería ceder todos un poco en aras del bien común. Una utopía de la condición humana.

9. La televisión. El verano no está hecho para ver televisión. Un drama para los que, como yo, disfrutamos viéndola. Lo sé, es algo que no se puede decir. Lo suyo es enfurecerse por la presencia de realities en las redes sociales, cargar contra los contenidos de Telecinco y mirar, con falso disimulo, por encima del hombro a los que ‘se rinden a la vulgaridad de ese electrodoméstico que alecciona’. Todavía estamos en las mismas. Seguimos creyendo que sentarnos delante del televisor es un acto repulsivo, incompatible con la cultura y la inteligencia -pasarse el día jugando no, eso está bien visto-. Nos creemos modernos y pecamos de los mismos prejuicios que criticamos. ¡Cuánto nos queda por aprender! Ahora, sentarse en el sofá en verano es prácticamente imposible si no queremos morir de calor.

10. La playa. Desparramarse en una toalla publicitaria rodado de familias comiendo lomo con tomate y niños gritando es, posiblemente, mi peor pesadilla. La playa no es como en los anuncios, no es un idílico paraíso, no está repleto de elegantes caballeros a lo David Gandy. La playa es la sublimación de la sociedad -en ocasiones, también de la suciedad-. No hay nada que me guste de una playa. Como mucho, un refrescante chapuzón, pero no sería capaz de aguantar los efectos colaterales tan solo por eso. Ahora, si son usuarios ustedes de redes sociales, tengan en cuenta que compartir fotografías de playas normales les puede llevar al ostracismo virtual. Si se va a la playa, se va a la nudista y se comparten imágenes donde se deje claro que no llevamos bañador. Sirve con ir un día y repartir las fotografías a lo largo del verano. Es lo que hace todo el mundo. No se dejen engañar.

Bonus. Las vacaciones. No, no están disfrutando de unos días de relax en la playa. Están pasando quince días en casa de sus padres, durmiendo en su habitación de adolescentes y despertándose por el ruido del aspirador. De nada.

Un comentario el “Cosas del verano que ni me gustan ni me interesan

  1. Jose Manuel López Valverde
    24/06/2015

    Me alegra pensar que hay personas que piensan como yo, dicen que soy bicho raro, pero veo que no.

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Esta entrada fue publicada el 24/06/2015 por en Uncategorized.

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