EL HOMBRE CONFUSO

Gay Issues (I): El gimnasio

MarcBiazizzo-Homotography-NicolasAristidou-Slip-5

Me he hecho una propuesta firme, aunque como me conozco y sé de mis debilidades -de las que soy consciente, al menos-, he decidido plantearla para un plazo más que medio, que no es cuestión de estresarse. Hace tiempo que vengo pensando en la remota posibilidad de que alguien, algún medio, me ofreciese un espacio para escribir una columna de ‘gay lifestyle‘, un análisis confuso de los principales tópicos, modas y tendencias de la comunidad homosexual masculina española. No me digan que no es una buena idea. El problema es que, en España, no hay publicaciones de contenido LGTB y las que hay tienen sus páginas más que copadas. Y no, no es cuestión de arrimarse a cualquier cosa, que para acabar cayendo en una web llena de gifs del reality de RuPaul, mejor me quedo donde estoy. Y eso he decidido hacer. Qué mejor para completar la vertiginosa -ejem- producción de este blog que añadir una columna, puede que mensual -todo lo digo como si en realidad fuese a cumplirlo, sean benevolentes conmigo-, sobre los asuntos maricas que más torturan mi mente. ¿Qué les parece? Espero que las editoriales estén ya llamando a mi puerta. Guiño, guiño.

Reconozco que no ha sido difícil elegir el tema de esta primera columna. ¿Qué hay más ‘gay issue’ que los gimnasios? Desde la parte más rancia de la sociedad, esa que se dedica a establecer los patrones sobre los que deben moverse todos los grupos implicados, se ha puesto mucho empeño en transmitir el mensaje de que a los hombres homosexuales tan solo les preocupa su imagen externa. ¿Por qué? Pues muy sencillo. Se trata de varones productivos, que no tienen las responsabilidades de una familia de bien -cuidar de sus hijos y mantenerles- y que, por tanto, pueden dedicar todo su capital a su propio regocijo. Es una forma tan válida como otra para, por una parte, eliminar la culpa del varón heterosexual que ha perdido la forma física de la que antes presumía -‘entre trabajar y los niños no tengo tiempo para nada’-, y por otra, de frivolizar hasta el extremo a un colectivo al que es mejor mantener controlado -‘¡cómo van a gobernar un país si solo se preocupan por sus abdominales!’-. Y lo peor de todo es que nosotros también nos lo hemos creído. Puede que no por sus mismas razones, ni con sus mismos argumentos, pero sí nos ha calado el mensaje.

Somos víctimas de nuestro propio cuerpo, de la imagen que creemos que el resto de los hombres homosexuales esperan de nuestro propio cuerpo. Hemos llegado a la convicción de que, para que un hombre sea sexualmente atractivo, debe estar musculado. No delgado y marcadito, no fibradamente sano, nada de eso. El que parece haberse instaurado como el hombre ideal del siglo XXI tiene amplias espaldas, pectorales reventones, abdominales abultadas y bíceps como cabezas de niño. No basta con tener una genética afortunada y unas rutinas diarias saludables -un poco de ejercicio, un poco de dieta-. Si queremos ser la estrella de las putiapps, si queremos que los hombres babeen a nuestro paso, si queremos ser la sensación de (inserte aquí su fiesta marica favorita), tenemos que machacarnos en el gimnasio hasta la saciedad. Solo así seremos respetados. Solo así nos sentiremos aceptados. Y no crean que estoy tirando de estereotipo. ¡Ya me gustaría! A diario leo, observo como decenas de hombres deciden acudir al gimnasio con la única y exclusiva aspiración de ligar más. Ni sentirse mejor, ni la salud, ni nada. Creen -y así me lo cuentan- que con unos pectorales más marcados los hombres les harán más caso. Podrán decir lo que quieran, podrán autoengañarse de la forma más precisa, pero la realidad es indiscutible. Los músculos son la llave que abre la puerta de la aceptación social homosexual y en nuestra mano está conseguirla.

Me sorprende como incluso el colectivo oso ha caído en estas redes. Lo que tradicionalmente se ha entendido como oso -nótese el placer de utilizar la palabra ‘tradicional’ en este discurso- ha englobado a los hombres corpulentos, con más de un quilo de más -y más de dos-, con alergia absoluta a la depilación, amantes de las barbas, bigotes y demás complementos faciales y aficionados a la moda llegada del lejano oeste, con camisas de felpa, petos vaqueros y sombreros tan inútiles como bochornosos. Un colectivo que sintió la necesidad de identificarse como colectivo por el rechazo de los propios homosexuales, que veían en aquellos hombres sin abdominales marcados la sombra de lo que una vez fueron y mataron a golpe de pesa en el gimnasio -ya saben, ‘me gustan los exgordos porque son más amables’, como decía el protagonista de Looking, la serie que ya nadie recuerda-. Pero el avance del gimnasio es imparable y los músculos han llegado a desvirtuar la esencia del colectivo oso. Ahora, un ‘bear‘ -que no oso- es aquel hombre con bien de músculos, que tiene la suerte de tener abundante vello corporal y que ha decidido no rasurárselo -al menos en las zonas donde es aceptable tener vello corporal-. Echen un vistazo a la etiqueta correspondiente en instagram y verán de qué hablo. ¿Y cuál ha sido la consecuencia? Que los hombres gordos vuelven a estar marginados en su propio colectivo. Una paradoja que evidencia mejor que ninguna la ridiculez en la que nos movemos.

El gimnasio se ha convertido en el centro social gay por excelencia. ‘Me pillas en el gimnasio’, ‘voy de camino al gimnasio’, ‘cuando salga del gimnasio te escribo’. Al gimnasio -si son ustedes perezosos pueden decir ‘gym’, por mucho que algo muera dentro de mí cada vez que lo leo- se va a dejarse ver, a hacerse fotos delante del espejo, a tratar de ligar con ‘cuerpos aspiracionales’ y a presumir de anatomía en las duchas. Al gimnasio se va a pasearse desnudo delante de los demás usuarios, a secarse muy lentamente, prestando especial atención a la entrepierna, y a darse un baño de miradas lujuriosas. Los hombres perfectamente musculados han desarrollado el mismo complejo que los hombres heterosexuales, que por su mera condición de varón creen que todos los homosexuales quieren acostarse con ellos. Hemos llegado a la convicción de que cualquier cuerpo ciclado es deseable, que la musculación es la panacea y que todo lo demás importa más bien poco. Eso sí, mientras tanto, alabamos en nuestras redes sociales a los que tienen un cuerpo más real y deseamos apoyar nuestra cabeza en su mullida tripa al final del día. Entonces, ¿qué demonios estamos haciendo?

Evidentemente, seguro que muchos de ustedes han llegado a este párrafo final con un grave estado de indignación. Seguro que muchos de ustedes son usuarios acérrimos de gimnasios y no se sienten nada identificados con todo lo que acabo de escribir. Y créanme, lo entiendo. Las generalizaciones pecan siempre de parcialidad. Comprendan que no hablo de la realidad de cada uno, sino de un sentimiento que parece sobrevolar nuestras cabezas, un caso que es el de todos y no es el de nadie. Me encantaría pensar que los gays, como colectivo, hemos dejado atrás muchas de las ideas que la sociedad tiene de nosotros. Aunque, tristemente, me consuelo pensando que los gays, como seres humanos, acabamos pecando de lo mismo que cualquier otro grupo social. Disfruten de la vida, suden entre pesas y máquinas, pónganse camisetas que dejen entrever sus musculados pezones y presuman del esfuerzo, que para algo les cuesta. Hagan lo que quieran con sus cuerpos, que aquí no hemos venido a dar explicaciones a nadie. Pero también sean conscientes de que hay vida más allá de las puertas del gimnasio. Sean honestos con ustedes mismos a la hora de dar el paso. Si actúan con consecuencia, actuarán bien. Y ténganlo claro. Sin músculos hipertrofiados también se folla. Se lo garantizo.

7 comentarios el “Gay Issues (I): El gimnasio

  1. Me encanta la reflexión… lo asemejo al estereotipo de mucha gente de “salgo con el malote pero me caso con el buenecico”….

  2. Max
    02/06/2015

    «Al gimnasio (…) se va a dejarse ver», permítame que se lo diga, pero usted es como un Larra homosexual: él hablaba de los burguesitos paseando por el Prado, usted de los gays yendo al gimnasio. Créame, si publicara estas columnas en papel, yo me convertiría en comprador.
    Pobre Larra, tal vez él hubiera sido feliz con un blog en Internet y no habría acabado como acabó.

  3. Gaylipolleces, ¿que no hay que les gustan gordos?

  4. Ailek
    10/06/2015

    Pues yo me identifico más con la aclaración final. Llevo dos años yendo al gimnasio y estoy por hacerme la primera foto en el espejo (de hecho aprovecho ese rato para desconectar del mundo y dejo el móvil en casa), ni voy para ligar (tengo pareja desde hace casi 5 años), menos para darme baños de miradas lujuriosas, ni pienso que por estar más musculado vaya a ser más aceptado. Voy al gimnasio simplemente porque me gusta, disfruto haciendo deporte y me siento mucho más vital desde que voy.

  5. Carles
    10/06/2015

    No se puede ir al gimnasio aunque sea solo un poquito?

    • elhombreconfuso
      11/06/2015

      Solo si no te haces fotos en el espejo…

  6. Panic
    11/06/2015

    Hola, nos gustaría sacar este yerros artículos en nuestra revista. Escríbenos al mail. Saludos

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Esta entrada fue publicada el 02/06/2015 por en Uncategorized.

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