EL HOMBRE CONFUSO

Convertirse en un objeto sexual

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El culto al cuerpo no es nada nuevo. Como animales que somos, vivimos bajo el yugo de la atracción sexual. Construimos nuestra existencia alrededor de la interactuación con el resto de seres humanos. Queremos gustar, queremos sentirnos parte del grupo, sabernos aceptados y poder vivir con tranquilidad -aunque, a la vez, queremos ser diferentes, dar un pasito más allá de la pura uniformización y sentirnos especiales; es la maravilla de la condición humana-. Nos miramos cada día al espejo esperando encontrar una mejoría, potenciando aquello de lo que estamos más satisfechos y ocultando lo que pensamos que no va a recibir la aprobación social -pese que, en muchos casos, puede ser lo que, precisamente, nos hace atractivos-. Soñamos con cambiar aquello y quitar eso, todo con tal de convertirnos en un objeto sexualmente deseable. Y no hay nada más humano.

El problema comienza cuando esta tendencia natural se convierte en una obsesión poco satisfactoria, cuando dejamos de pensar en nosotros mismos para caer en los dictados de los demás, cuando olvidamos que una parte esencial para gustar a los demás es gustarte a ti mismo primero. Observo diariamente como hombres atractivos, inteligentes y carismáticos prefieren humillarse ante los demás con el único objetivo de ser deseables. Adoptan los roles sociales y sexuales que creen que agradarán más a sus futuros partenaires y se moldean a su imagen y semejanza. Olvidan lo que fueron o lo que quisieron ser y se desviven por agradar. Basan su felicidad, su autoestima, en la cantidad de encuentros sexuales que pueden protagonizar a lo largo de la semana -nunca son suficientes, siempre se quejarán si les preguntan- y si algún día no lo consiguen, caen en un pozo de oscuridad absoluta del que se creen incapaces de salir.

Sin duda, esto no es nada nuevo. Posiblemente, viene también aparejado a la mera condición humana. Pero con el éxito de las redes sociales se ha agudizado. Nos exponemos al mundo -no solo a los que puedan rodearnos geográficamente- y esperamos su aceptación. Subimos selfies sin ropa y confiamos en que nuestros seguidores evidencien su agrado y nos suban la autoestima -y si no lo hacen, nos disgustamos públicamente-. Nos convertimos en objetos sexuales y lo hacemos con gracia y orgullo. Pero, ¿y si esta simplificación nos acarrea más sufrimientos que alegrías? ¿Y si exponernos cual mostrador de carne no nos aporta ninguna felicidad más allá de los segundos de orgasmo al corrernos? ¿Y si hemos entrado en un bucle infinito de encuentros sexuales continuos con la única intención de evitar cualquier conexión emocional? Tal vez si follo mucho y sin darle ninguna trascendencia dejaré de involucrarme sentimentalmente y ya no sufriré más. Tal vez así sea más feliz.

Tengan en cuenta que no critico nada. Ya nos ha costado muchos años de evolución y liberación como para ahora empezar a ponerle límites a la decisión personal. Toda opción de vida, sea la que sea, es estupenda, siempre que nos conduzca a sentirnos mejor, claro. Lo que me preocupa es el sentimiento generalizado de frustración que se ha instalado en la sociedad. Nos hemos creído inmunes a todo cuando somos más sensibles que nunca. Lloramos con una ficción de veinte minutos y nos vemos reflejados en sus protagonistas, buenos chicos a la merced del cruel descarte digital. Evitamos sonreír en las fotografías para trasladar la imagen de emportadores, cuando lo que queremos en pasarlo bien siendo como somos en la realidad. Hemos dejado que nuestro disfraz sexual acabe ocupando una parcela demasiado grande de nuestra vida y ahora no nos acordamos de donde está la cremallera para quitárnoslo. Y oigan, si todo esto les produce felicidad, adelante. De no ser así, deténganse un momento y piensen. Seguro que pueden sacar algo bueno. Se lo digo yo, que total, no soy nadie.

En las fotografías, Colby Keller para el proyecto Summer Diary.

Un comentario el “Convertirse en un objeto sexual

  1. Srta. Veen
    14/03/2015

    Una reflexión muy acertada. Es una forma de banalizar al propio ser, de tal modo que, como dices, quedamos disfrazados, dejando en suspenso lo que de verdad importa: las emociones genuinas de amor, el placer de un “piel contra piel” habitual y cotidiano (el de la misma persona), el de poder ser tú mismo y el la libertad que también produce el dolor.

    Me pregunto si, de seguir así, cuando lleguen los robots, serán estos más humanos que nosotros.

    Un saludo.

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Esta entrada fue publicada el 14/03/2015 por en Uncategorized.

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