EL HOMBRE CONFUSO

Y yo, ¿qué coño estoy haciendo mal?

madonna-interview-mert-marcus-04

No se asusten. No vengo a reñirles. Al menos, no demasiado -ya saben que sentar cátedra es algo tan sencillo y cotidiano que lo hemos convertido en una auténtica rutina desprovista de significado-. Vengo a manifestar, una vez más, mi sorpresa ante algunos fenómenos que descubro día sí, día también, entre la fauna que me rodea -entiendan que por ‘fauna’ me refiero a la parte animal del ecosistema del que formo parte, no se lo tomen como algo despectivo-. La grandeza de las redes sociales es que nos ha dado la opción de conocer el comportamiento social de la humanidad de primera mano. No necesitamos buscar datos, realizar estudios y sacar conclusiones. Ahora son los sujetos los que nos ofrecen la información de forma desinteresada. Cogen su smartphone y con una sola mano teclean sus pensamientos, sus movimientos, lo que les gusta, lo que les repugna -lo positivo siempre se disimula, mientras que lo negativo se lleva al extremo-, sus relaciones sociales, sus logros, sus frustraciones y todo lo que pasa por su cabeza. Y no, no crean que ustedes están a salvo. Aunque no se den demasiada cuenta, están repitiendo los mismos parámetros. ¿Cómo sería La condición humana si se hubiese escrito hoy en día?

Doy por sentado que ustedes también se han llevado las manos a la cabeza en diversas ocasiones al ver el tren de vida de sus contactos virtuales. En un abrir y cerrar de ojos se ven rodeados de gente que vive una vida que para sí la querrían. Y ya no hablo de lujosos caprichos o viajes exóticos, algo que podría ser del todo entendible -uno puede ahorrar una eternidad para gastárselo en un segundo, no pasa nada-. Me refiero al día a día, a los gastos que uno va asumiendo a lo largo de las semanas, de los meses. ¿Nunca se han sorprendido preguntándose por qué ellos sí y usted no? Y sin caer en la envidia o la mala sangre, ojo. Tan sólo como curiosidad científica. ¿Qué hacen ellos que yo no hago? ¿Cómo consiguen llegar hasta ahí si yo no puedo casi ni moverme? ¿Qué coño estoy haciendo mal? Esa es la pregunta que retratará el inicio del siglo XIX. Ni el sentido de la vida, ni el más allá, ni el bien y el mal. La filosofía ha dejado paso a la frustración crónica. Nos la hemos ganado a pulso.

Tengan claro que parto de la base de que el 90% de lo que se dice/muestra en las redes sociales es falso. Ni los selfies son tan perfectos como parecen, ni las fiestas son tan divertidas, ni la comida tan apetitosa. Todo forma parte de esa imagen ideal que la sociedad nos obliga a mostrar. La tristeza no está bien vista en el mundo virtual. Las reglas no escritas de las relaciones virtuales permiten una pequeña incursión a la melancolía, siempre que sea momentánea, episódica y camuflada entre recomendaciones de series de televisión. No insistan, nadie les hará caso. Como mucho les darán una palmadita en la espalda, siempre que ustedes se la devuelvan con creces y dejen la puerta abierta a futuras melancolías. Ya saben, la reciprocidad es lo primero, ya sea para mandar #fotopenes como para contar penurias. Pero tranquilos, tampoco se puede mostrar un amor exacerbado. Los extremos, como en la vida material, nunca son bien recogidos. Manténganse en una posición neutra, mordiéndose los carrillos cada vez que les apetezca declamar un pensamiento y vivirán más felices. No es nada nuevo. Estamos acostumbrados a hacerlo en nuestro día a día.

Aun así, tocando con los pies en la tierra, continúo sin entender de qué va esto de vivir. Diariamente observo a decenas de personas -diría miles, pero no tengo tanto tiempo libre- cuya existencia es del todo incomprensible. Les veo comprarse objetos materiales -llámenle ropa, llámenle libros, llámenle tecnología-, les veo viajando a ciudades foráneas, les veo asistiendo a diversos festivales a lo largo del verano, les veo haciendo un viajecito en vacaciones, les veo visitando a otros seres virtuales en diversas ocasiones a lo largo del año, les veo salir varias veces a la semana y acudir a diversas fiestas con lista, mucha lista, les veo consumiendo todo tipo de producto de tendencia prácticamente al instante, les veo haciéndose selfies en [ponga aquí su lugar favorito en el mundo] y lo veo todo con estos ojitos que se han de comer los gusanos. De acuerdo, no hace falta que corran a decirlo. Nada de eso tiene por qué haberles costado dinero, ni, de hecho, haberse producido en el instante en que lo compartieron, pero eso no quita ni un ápice de mi incertidumbre.

Cualquiera que siga asiduamente este blog y sus respectivas redes sociales habrá notado que el ritmo de actualizaciones está un poco por los suelos -me lo he propuesto como reto para 2015, ya lo saben-. Todo tiene una sencilla explicación. Aquí donde me ven -bueno, más bien me intuyen-, realizo una media de 50-55 colaboraciones al mes en diversos medios escritos -unos meses más, otros menos, pero desde hace cosa de un poco más de medio año no han bajado de las 60-. Evidentemente no se trata de textos de alta literatura, ni de incalculable valor científico. Son chorradas, una detrás de otra, con más o menos extensión, con más o menos gracia, y que, desde luego, no pasaría nada si desaparecieran -cruzo los dedos para que no lo hagan-. Las realizo en medios nacionales, normalmente en su edición digital y les aseguro que todos pertenecen al grupo de los que mejor retribuyen. Pues ni viajes, ni caprichos, ni festivales, ni selfies, ni hostias, con perdón. Si consigo sobrevivir y pagar mis gastos corrientes, puedo darme con un canto en los dientes -tampoco les miento, pago mis cosas religiosamente, que en el entorno que nos encontramos, ya es mucho-.

Ante esta situación, entenderán que: i) actualice menos de lo que me gustaría -cuando llega la noche, uno sólo quiere dormir-; y ii) que mire con asombro la maravillosa vida virtual que esa fauna de la que les hablaba antes presume constantemente. En serio, ¿qué coño estoy haciendo mal? ¿Hay una fórmula mágica que algunos conocen y no me están haciendo partícipe de ella? ¿Forman parte de una selecta élite nacida de lo mejorcito de cada casa? ¿Hay gato encerrado en todo este asunto -nótese la referencia al gato, la mascota favorita del mundo virtual-? Hemos creado unas cotas de frustración difíciles de gestionar. Asumámoslo y actuemos en consecuencia. Compartamos nuestra propia ración de mierda. Dejemos claro que aquí, algunos, hemos venido a sufrir. Esta es mi -naïf- reflexión en el lunes más triste del año. ¡Disfrútenla como se merecen!

2 comentarios el “Y yo, ¿qué coño estoy haciendo mal?

  1. kaperucito
    26/01/2015

    Pues me pasa un poco lo mismo. Especialmente en el mundo Instagram. Pero las veces que he podido estar cerca o “ver de cerca” alguna que otra instacelebrity he comprobado que la puta realitat es que son unos matados al igual que un servidor. Descubrí tu blog hace un par de días. Una delicia.

  2. Varito
    07/02/2015

    Comparto totalmente tus pensamientos, por eso he dejado de entrar en Facebook (aunque lo sigo manteniendo por lo que pueda pasar). Con respecto al consumo desmedido solo te digo una cosa: todo tiene un precio, y en este caso, un alto precio personal. Un saludo y muchas gracias por iluminarnos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada el 19/01/2015 por en Uncategorized.

Introduce tu dirección de correo electrónico para seguir este Blog y recibir las notificaciones de las nuevas publicaciones en tu buzón de correo electrónico.

Archivos

Facebook

A %d blogueros les gusta esto: