EL HOMBRE CONFUSO

Ya no había vuelta atrás

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Sin mediar palabra le señaló una puerta que se encontraba al final del pasillo. “¿Seguro que es ahí?”, le insistió, aunque ya había perdido la esperanza de recibir algún tipo de respuesta. Con resignación recogió la bolsa que había dejado en el suelo y se dirigió hacia donde le había indicado el recepcionista. Mientras se esforzaba por parecer tranquilo y relajado, se dio cuenta de que el sitio, de entrada, no era tal como se lo había imaginado. No había ojos mirando detrás de los cuadros, ni cámaras de seguridad enfocando a cada uno de los presentes. De hecho, podría haber pasado por una tienda de un centro comercial de no ser por la ausencia de gente. Todo brillaba, todo relucía bajo unos focos estratégicamente situados para dar sensación de amplitud. ¿Y si se había equivocado de dirección? O peor, ¿y si había acertado y lo que de verdad le apetecía era salir corriendo de aquel edificio?

Dio tres golpes rítmicos en la puerta y la abrió sin esperar a recibir respuesta. Sabía que, como empezara a plantearse la situación, no conseguiría llegar hasta el final. Delante de sus ojos apareció una estancia de ensueño. La intensa luz de mediodía se abría paso a través de una enorme ventana y rebotaba en el suelo de madera, iluminando toda la habitación. En el centro, inmóvil, esperaba un chico totalmente desnudo. “Eh, hola, yo venía…”, empezó a murmurar mientras volvía a dejar caer la bolsa que llevaba al hombro. “A lo que vienen todos”, le cortó rápidamente. “Rápido. No hace falta que nos entretengamos en presentaciones. Ni yo volveré a verte nunca, ni, desde luego, tú a mí tampoco. Puedes ir desnudándote. Y haz el favor de cerrar la puerta. No soporto a la gente que no se fija en los detalles…”. Sin darle tiempo a responder, se acercó y la cerró él mismo. No parecía tan joven como había creído. Tenía un cuerpo firme, el más firme que nunca había visto, pero su gesto delataba que no era un recién llegado. Le miró de arriba a abajo y suspiró impaciente. “¿Todavía vestido?”.

Marcos se apresuró a quitarse la ropa, dejándose los calzoncillos puestos en un ataque de vergüenza. “Así no vamos a hacer nada. Te das cuenta, ¿verdad?”. Como si formara parte de un ritual, le quitó la última prenda que quedaba y la lanzó por la ventana. “No los vas a necesitar”. Le cogió de la mano y le condujo a una salita contigua. “Supongo que si has conseguido llegar hasta aquí es que vienes bien informado. Ya sabes que todo lo que ocurra dentro de esta habitación no vas a poder revelárselo a nadie. Aunque no te preocupes, de hacerlo, tampoco te creerían. Lo que tus ojos van a ver y tu cuerpo va a sentir no se puede expresar en palabras. La magia, si es que se le puede llamar así, es la responsable de todo. Ten fe y ella te devolverá lo que le pidas”. Con un gesto le indicó que subiera a la cama que presidía la habitación. Era grande, redonda y estaba situada en una especie de podium. “No hace falta que te explique lo que tienes que hacer, ¿no?”. Marcos negó con la cabeza.

Con el corazón desbocado se acercó a la cama y se colocó a cuatro patas. Quiso cerrar los ojos y desaparecer, pero, por desgracia, no tenía forma de hacerlo. Llevaba semanas, meses coleccionando pistas, tratando de averiguar si todo lo que había leído podía ser verdad o si no eran más que fabulaciones carentes de fundamento, y ahora que lo había encontrado, no podía irse. Tenía que esperar. No le quedaba otra. Trato de relajarse, dejando entrar el aire en sus pulmones y expulsándolo poco a poco por la nariz, pero no sirvió de nada. De repente, una luz cálida iluminó la habitación. Marcos miró con curiosidad por encima del hombro y se quedó paralizado. El chico había extendido sus brazos en forma de cruz y murmuraba algo mirando al cielo, pero lo más sorprendente de todo es que su pene, ya en erección, estaba incandescente. Un halo de luz que brotaba de su entrepierna y llenaba la habitación. Ahora, por mucho que quisiera, ya no podía moverse.

El chico fue acercándose poco a poco a la cama, hasta situar la punta de su ardiente miembro en la entrada del culo de Marcos. Por un momento pensó que iba a abrasarle vivo, pero en cambio, no notó nada, ni frío ni calor. “Ahora, por fin, estarás en paz”, susurró mientras empujaba las caderas. De golpe notó como el brillante pene le entraba hasta el fondo. Un placer absoluto recorrió cada célula de su cuerpo. Sintió como se le dilataban las pupilas, como se le abrían los poros y como se le agudizaba el olfato. Notó como la sangre le corría por las venas, como su estómago producía los ácidos necesarios para la digestión, como su intestino se movía pausadamente. Entendió lo que significaba estar vivo y se le escapó una lágrima. El universo giraba a su alrededor y le tendía la mano en son de paz. Sabía que a partir de ese momento nada volvería a ser lo mismo. Posiblemente, él tampoco volvería a serlo. ¿Qué le estaba pasando?

Mientras tomaba consciencia de su nueva situación, el chico le había cogido por las caderas y le penetraba con decisión. Lejos de experimentar las sensaciones propias del sexo, Marcos sintió como su cuerpo viajaba a miles de kilómetros de distancia. Lo vio todo y no vio nada. Flotó, se expandió, rodeó el mundo con sus brazos y absorbió la energía de la Tierra. Sintió todos los orgasmos de la historia en su piel y se le paró el corazón. En ese preciso instante, el chico se detuvo en seco y eyaculó dentro de él. Inmediatamente, Marcos hizo lo mismo, sin tocarse ni nada. Su antiguo yo salió disparado a través de su pene, mientras el nuevo tomaba posesión de su cuerpo, empezando por el culo. Cuando el proceso se hubo completado, volvió a funcionarle el corazón. Sentía el pulso en la sien, en el cuello, en la base de la espalda. Podía controlar todas las funciones de su organismo, detenerlas y acelerarlas a su antojo. La naturaleza, por fin, se habría rendido a sus deseos.

La voz del chico le devolvió a la realidad. “Cuando quieras…”. Se dio la vuelta y vio que estaba sólo. Bajó de la cama, buscó su ropa y se vistió. Volvió a colgarse la bolsa del hombro y echó un último vistazo a la habitación. ¿Cuánto tiempo llevaría allí dentro? Salió al pasillo pero tampoco había ni rastro del recepcionista. La puerta del ascensor se abrió si ni siquiera tocar el botón. Todo lo que le rodeaba parecía saber qué tenía que hacer sin necesidad de decírselo. Podía escuchar los pensamientos de cada una de las personas del edificio, podía consolarles en la distancia, podía acabar con su sufrimiento con tan sólo desearlo. Sentía el peso de la evolución en sus hombros. Se veía capaz de parar el tiempo, de ocultar el sol, de terminar con la humanidad en un abrir y cerrar de ojos. El mundo estaba, literalmente, a sus pies. Tembló. Quiso morir. ¿Por qué había tenido que aceptar esa responsabilidad? ¿Qué le había llevado a llegar tan lejos? Entonces, una luz empezó a filtrarse a través de sus pantalones. Su pene estaba llamas. Ya no había vuelta atrás.

2 comentarios el “Ya no había vuelta atrás

  1. João Eduardo
    18/01/2015

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    Excelente texto.
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  2. jose manuel
    18/01/2015

    me ha encantado, su montaje y expresividad

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Esta entrada fue publicada el 17/01/2015 por en Historias confusas, Uncategorized.

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