EL HOMBRE CONFUSO

El sábado no es más que un estado mental

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El sábado no es más que un estado mental“, se repetía una y otra vez mientras trataba de salir de la cama. Las sábanas, pese a molestarle en cada instante, se habían adherido a su cuerpo y no había forma de soltarlas. Quería levantarse, quitarse las legañas a golpe de agua fría, peinarse, lavarse los dientes y empezar un nuevo día. De hecho, si cerraba los ojos podía visualizarse saliendo de casa y sonriendo mientras buscaba aquellas gafas de sol que había perdido hacía dos meses. Pero en su lugar, continuaba en la cama, notando como cada trago de saliva se eternizaba en su garganta. No recordaba nada de lo que había pasado en las últimas veinticuatro horas. Había llorado, sí, pero no sabía por qué. Alargó la mano para coger el teléfono móvil que siempre dejaba en la mesilla y lo encontró en el suelo. Tenía la pantalla destrozada, congelada en un preciso instante en el que se podía leer un mensaje que decía “¿Estás ahí?”. Estaba, ¿pero quién se lo preguntaba? Con no poco esfuerzo se quitó la camiseta sudada y los calzoncillos. Todo apestaba. Su propio cuerpo lo hacía, pero no recordaba haberse ensuciado. Lanzó la ropa al suelo, volvió a dejar caer el teléfono y se esforzó en recordar. Pasaron los minutos y nada. Su mente era incapaz de situarse en ningún punto en concreto. “Tres años” ponía en el trocito de papel que tenía pegado en la mejilla. Rodó por la cama hasta tocar el suelo con la planta del pie derecho. Esperaba encontrarlo frío pero se equivocó. Ayudándose de las sábanas, fue escurriéndose hasta quedarse sentado con la espalda apoyada en la cama. Justo delante tenía el espejo donde se miraba cada mañana. Levantó la vista con miedo y se vio reflejado. Estaba desnudo. Se gustó. Nunca se había considerado guapo pero la edad le había tratado bien. Tenía los ojos un poco enrojecidos y la cara un poco desencajada, pero aun así, se gustaba. Encontró más papeles tirados en el suelo. Rotos con furia. Se apresuró a recomponerlos. Hablaban de amor, de miradas furtivas y cuerpos desnudos. Iban dirigidos a él, o eso quería pensar. Entonces, ¿por qué había llorado? Recobró las fuerzas de forma inmediata. Se puso en pie, se pasó una mano por el pelo, se despegó los huevos de las piernas y se dirigió al baño. Abrió la ducha canturreando y se metió dentro. Mientras tanto, el pitido de un mensaje de voz sonaba en su teléfono.

Fotografias de Rainer Torrado.

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Esta entrada fue publicada el 18/10/2014 por en Historias confusas.

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