EL HOMBRE CONFUSO

¿Cómo era el mundo antes de conocerte?

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La impotencia se ha adueñado de nuestros actos. Sabemos -y lo sabemos muy bien- que no podemos conseguir nada. O al menos no lo que nos gustaría. No podemos cambiar las cosas por muchos que algunos nos quieran hacer creer que sí -con la única intención, me da a mí, de convertirse en los nuevos seres que no escuchan-. Vivimos aferrados a la máxima de que los cambios empiezan por uno mismo y que un granito de arena tras otro acaba construyendo una montaña. Y así lo hemos hecho, hasta que nos hemos dado cuenta que la montaña no es más que un entretenimiento orquestado para que desviemos la mirada de las cosas que realmente interesan. De vez en cuando se nos dan caramelos, pequeñas concesiones que creemos victorias, con la única intención de amansarnos. Y nosotros, ufanos, corremos a compartirlo con nuestros amigos de twitter, esperando alboroto, algarabía -mi palabra favorita del momento- y palmaditas virtuales en la espalda. Creemos que las redes sociales nos han dado poder cuando lo único que han conseguido es esclavizarnos. Sí, el responsable del perfil de twitter del metro de Madrid leerá cada día las decenas de quejas de los usuarios mientras, con mano temblorosa, contará los pocos euros que le queda tras pagar el alquiler de su diminuto piso. Dirigimos nuestra ira hacia la persona equivocada, pero no porque no lo sepamos, sino porque los demás no están a nuestro alcance. ¿Derrotista? ¿Qué esperaban?

Muchos pensarán, leyendo estas líneas, que así no se consigue nada. Y tienen razón. Pero piensen que, en la mayoría de los casos, uno ya tiene bastante con sobrevivir. Las redes sociales, su uso y abuso, nos ha obligado a todos a vivir una vida de ensueño. Todos salimos cada día, nos tomamos copas tras la jornada laboral, cerramos discotecas, abrimos afters, adquirimos teléfonos de última generación, compramos marcas exclusivas, disfrutamos de diversos viajes a lo largo del año y todavía nos queda tiempo y dinero para aburrirnos. Entiendan, claro, que con todas esas necesidad cubiertas, cualquier tendría tiempo para preocuparse por la última anécdota salida de las manos de Mariló Montero. Pero no siempre es así. La humanidad, lamentablemente, ha aprendido a darle la espalda a la empatía. Como si de un capítulo de Embrujadas se tratara, llegará un momento en que alguien, llámenle como sea, nos castigará con el don de sufrir los sentimientos de los demás en carnes propias. Entonces nadie tendrá fuerzas para un selfie de brunch de domingo en instagram. Los códigos no escritos de la interactuación virtual nos permiten -exigen- estar indignados pero no tristes. La tristeza es de débiles y aquí nadie ha venido a perder.

Hay veces en que uno no es capaz de enfrentarse a la envidiable vitalidad del mundo. Hay veces en que uno sólo quiere cerrar la puerta y escuchar los singles de La evolución del hombre al pájaro. Hay veces en que esas veces son más frecuentes de lo que deberían. Y no quieran leer entre líneas, ni sacar conclusiones. Piensen que todo lo escribo forma parte de mí, que puede venir motivado, o no, por un acto concreto y que no siempre debe ser actual. Tengan claro que cuando me dispongo a actualizar nunca pienso con antelación. Dejo que mi cabeza y mis dedos hagan su trabajo sin interferirles en demasía. Si pudiera mojaría las manos en pintura y lo llamaría escritura automática. Pero todavía no he llegado al punto de necesitar una buena bofetada -¿o sí?-. Piensen que, detrás de la pantalla, hay vida. O al menos, la había. No recuerdo nada de mi vida antes de que aterrizaras sobre el escenario aquella noche. ¿Cómo era el mundo antes de conocerte? En tu melena veo estrellas verdes…

Un comentario el “¿Cómo era el mundo antes de conocerte?

  1. oroD
    11/10/2014

    obligados a la felicidad. Puaj!

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Esta entrada fue publicada el 11/10/2014 por en Artículos confusos.

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