EL HOMBRE CONFUSO

La vida no es más que una #fotopene

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Últimamente, me cuesta encontrar tiempo para escribir. Paradójico, ¿no? Me refiero a escribir eso tan genérico que todos llamamos ‘mis cosas’. Me he propuesto hacerlo por la noche -el único momento que tengo más o menos libre-, pero mi cabeza llega tan agotada al final del día que no me veo con valor. Y, además, reconozcámoslo, tengo otras cosas más interesantes a las que dedicar ese tiempo al que todos hemos decidido llamar ‘libre’. Pero prometo hacerlo. Sobre todo se lo prometo a esa persona que acude aquí a ver si me he disciplinado y le entrego, por fin, lo que debería entregarle. Me comprometo a hacerlo más pronto que tarde -gesto de dar la vuelta al reloj de arena-. No obstante, sí encuentro tiempo para escribir relatos breves y más si los que me lo piden son los responsables de una web que ha conseguido reunir a personas que escriben bien. Nunca algo aparentemente tan mundano se había convertido en una heroicidad. Les dejo el principio del cuento para que ustedes mismos aprovechen las horas bajas del domingo…

Le había dicho que no se preocupara. Llamaría a la puerta directamente. Tres golpecitos para que supiera que era él. Quería que le recibiera desnudo y, claro, no podía arriesgarse. Le había dicho que ya se apañaría para entrar en el portal, que no pensaba llamar al telefonillo, que quería que fuese una sorpresa, pero una de las de verdad. Le había dejado con una sensación extraña, como entre miedo y curiosidad. ¿Y si lo decía en serio? “Me suenas del barrio”, le había escrito. “Nos hemos cruzado más de una vez”. “¿Por dónde?”. “No sé, por ahí”. De entrada, todo parecía formar parte del juego de la seducción virtual. Un toma y daca desde la comodidad del sofá que tenía como objetivo acabar con la presencia de la ropa y, de paso, ver si cuajaba la acción. No solía adentrarse más allá de cuatro mensajes, tratando de ver si valía la pena continuar, pero aquella vez había sido diferente. ¿Y si, realmente, estaba de camino? ¿Qué debía hacer? ¿Desnudarse?

Sin pensar demasiado, se levantó y cerró la puerta con llave. No le gustaban las sorpresas. Nunca le habían gustado. ¿Qué sentido tiene no saber qué va a ocurrir? ¿No es más lógico poder planificar la vida con antelación? No entendía qué diversión sentía la gente hacia lo inesperado. Volvió a tumbarse en el sofá, pero no pudo estar quieto más de cinco segundos. ¿Qué iba a hacer si escuchaba los dichosos tres golpecitos? ¿Abriría la puerta? No le había dicho donde vivía, aunque tampoco parecía necesitarlo. Le conocía del barrio. Muy posiblemente habían coincidido en el supermercado, o en la panadería. Sabía cuál era su portal, incluso su piso. Era tan sencillo como acercarse y mirar el timbre. En todos figuraban dos nombres menos en el suyo. Era el soltero del edificio. El marica. Todos lo sabían y les importaba bastante poco. Empezó a sentirse nervioso.

Cogió una cerveza de la nevera y dio dos tragos. En las películas funcionaba, ¿por qué ahora no? Había escuchado tantas noticias por televisión que la prudencia le obligaba a ser cauto, a apagar las luces y dejar pasar el momento. O a mandarle un mensaje diciéndole que estaba acompañado y no podía recibirle. ¿Se lo creería? Seguramente no, pero, ¿quién va a casa de alguien si le dicen que no es bien recibido? Un loco, claro. Se acercó a la ventana y trato de mirar la calle sin descorrer la cortina. No había nadie. Era un martes por la noche y su barrio no era demasiado céntrico. Apuró la cerveza y empezó a pensar qué opciones de defensa tenía. ¿Un cuchillo de cocina? En el cine siempre tienen un bate a mano, una pistola, aunque sea un candelabro de plata, pero, ¿y en la vida real? ¿Cómo se defiende uno de los ladrones? ¿Con un macetero de Ikea?

Continúen leyendo en Hombres Encontrados…

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Esta entrada fue publicada el 05/10/2014 por en Historias confusas.

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