EL HOMBRE CONFUSO

Cuando el mundo no es más que un exploit de ‘Orphan Black’

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Hay cosas de las que no se puede hablar. No se puede criticar determinados programas de televisión -a no ser que hayan pasado, como mínimo, tres temporadas- por ser tachado de extremista, sea de un lado, sea del otro. No se puede hablar de ciertos diseñadores -de uno, en concreto, actualmente- por mucho que sus patronajes no encajen, sus prendas no estén bien cosidas y no presente nada nuevo desde su primera colección. No se puede hablar de Cataluña, así, en general, ni del sentimiento de ciudadano de segunda que el conflicto acaba transmitiendo al resto de habitantes con lengua propia. No se puede hablar de lo que a uno le apetezca porque, claro, eso no es periodismo serio, como si la virtud de escribir se circunscribiera a los periodistas y a los temas que un grupo de cabezas calientes deciden que son importantes. No se puede hablar de determinadas películas, a riesgo de terminar abocado a un ostracismo social del que es difícil -aunque placentero- salir. No se puede hablar de trepadoras, de buscafamosos, de amiguismos virtuales. No se puede hablar de nada.

Vivimos rodeados de un muro de contención que hemos construido nosotros mismos. Nos mordemos la lengua cada vez que queremos opinar, valorando las reacciones que podemos despertar y debatiéndonos acerca de lanzarnos a la piscina o quedarnos flotando cómodamente en la orilla. Vivimos rodeados de opinadores profesionales, igual de beligerantes que los contertulios profesionales pero sin sus sueldos astronómicos. Les damos de comer, les enseñamos la vena para que vengan a sorberla y ellos, relamidos, caen a la primera de cambio. Líbrame, Señor, de los opinadores, que de los haters ya me libraré yo. Vivimos rogando y con el mazo dando, construyéndonos una personalidad ficticia para desenvolvernos en el mundo virtual -y no crean que hablo de mí, un hombre confuso y sin rostro que se desnuda mucho más que la mayoría de ustedes- y quitándonos la máscara a la mínima de cambio. ¡Qué dura es la vida de una tuitstar! Vivimos inmersos en una censura que nos hemos creado nosotros mismos y la despreciamos, la denigramos, la destrozamos, pero sin demasiado ahínco, no sea que se note que, en el fondo, nos gusta.

Y en medio de la oscuridad, hay una luz que brilla. Una luz de piedra de luna. Espíritus libres que, lejos de acatar lo que todo el mundo espera, decide ponérselo todo por montera -la calle, no la prenda- y dejar salir la creatividad. Hablo de Sansano Nasnas, por ejemplo, al que pueden ver arriba promocionando los accesorios de Sampedro y fotografiado por Dominik Valvo, un torbellino de creatividad que recupera ideas que creíamos muertas. En la era de las supertravestis, profesionales de la peluca y la aceptación social que no quieren otra cosa que encontrar su pequeño hueco en el Deluxe, hay quien prefiere arriesgar y convencer. O no. Poco le importa. Y a nosotros menos con tal de que nos sorprenda. ¿Estamos pidiendo demasiado? ¿Es tan difícil encontrar algo diferente? ¿Es necesario que todos los perfiles de instagram parezca clones unos de otros? ¿Algún día terminará la combinación barba poblada, sienes rasuradas, minitupé, gorrita, camiseta de tirantes, pantalones vaqueros, cortos y con dobladillo, deportivas, bolso mochilita y pezón al aire? Hoy, más que nunca, aplaudo la diferencia, sea cual sea, huela como huela.

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Esta entrada fue publicada el 14/09/2014 por en Uncategorized.

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