EL HOMBRE CONFUSO

¿Debía mirar? Sí, debía mirar

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David llegó temeroso a la playa. Era su primera vez en una playa nudista y quería adelantarse a sus amigos para ver a qué iba a enfrentarse. En su cabeza se había creado una imagen muy idealizada, donde hombres perfectos paseaban por la orilla del mar con sus cuerpos esculturales y sus sonrisas de anuncio, mientras charlaban entre ellos o miraban a las chicas que les esperaban sentadas en la toalla, achicharradas para el sol. La culpa la tenía tumblr, con sus fotografías eróticas, sus gifs y su morbo descontrolado. Tanta sobreexposición le hacía sentirse mediocre, repulsivo y, sobre todo, avergonzado. ¿Y si no daba la talla? ¿Y si alguien se reía de él? ¿Sería una locura quedarse con la camiseta puesta? David no era un chico feo, tampoco es que fuera guapo, pero sobresalía un poco de ese montón de gente gris que no tiene ojos ni boca. Aun así, era demasiado tímido para hacer nada. Nunca se había duchado en clase de gimnasia, no llevaba camisetas de tirantes, ni pantalones demasiado cortos, ni le gustaba destacar por nada. Vivía cómodo en su segundo plano, en tu territorio oscuro y tranquilo, alejado de eso que se empeñan en llamar sociedad. Pero siempre había un momento para la ruptura. Y es que cuando menos te lo esperas, la vida de da una hostia y no sabes cómo responder.

Su mejor amigo se marchaba a vivir al extranjero, en un intento bastante desesperado de labrarse un provenir que sabía que nunca iba a llegar. David estaba más triste por él mismo que por su amigo. Era un chico sociable, despierto, divertido y simpático, sabía que se las iba a apañar bien en cualquier parte. ¿Pero qué iba a hacer él una vez se marchara? ¿Con quién iba a hablar? ¿Por dónde iba a salir? Tampoco es que saliera mucho, de vez en cuando necesitaba que le diera el aire, ver vida más allá de la pantalla del ordenador. Para despedirse había organizado un día de playa no demasiado multitudinario. Un par de amigos, un primo de su misma edad y un vecino de su apartamento, seis en total. Se darían un baño, tomarían el sol, comerían en la misma playa y luego a casa, que al día siguiente le tocaba prepararse la maleta. En un principio iban a ir dónde siempre, la playa que queda más cerca de la parada del autobús, pero entonces, alguien tuvo una brillante idea. “¿Y si vamos a la nudista? Allí siempre hay menos gente”. David trató de desviar la atención pero no consiguió nada. Estaba decidido, irían a la playa nudista.

Fingiendo que se había equivocado de hora, David cogió el primer autobús de la mañana y les mandó un whatsapp a sus amigos. “Creo que he cogido el bus que no tocaba. Os espero en la parada de la playa. ¡No tardéis!”. Todo con tal de ver de qué iba el asunto y si podía encontrarse con alguien conocido. Se moriría de vergüenza como le reconocieran sin nada puesto. ¿Qué iban a pensar? ¿Y si eran amigos de sus padres? Se tranquilizó cuando comprobó que la playa estaba medio vacía. Primer objetivo conseguido. Ahora solo le quedaba desnudarse delante de sus amigos sin que se le atragantase el pudor. Éstos tardaron pocos minutos en llegar. Diez como mucho. Venían ya sin camiseta y muy preparados, con neveras, mochilas y hasta una especie de colchoneta en forma de silueta de mujer. Bajaron sonrientes, le dieron un abrazo y corrieron a la arena. David les siguió con un poco más de calma, los músculos tensos y el corazón a mil por hora. En un periquete, plantaron la sombrilla, estiraron la toalla, dejaron la nevera y se quitaron los bañadores. ¿Debía mirar? Sí, debía mirar.

Ante sus ojos ocurrió lo que no se esperaba. Sus amigos eran casi como él. David esperaba cuerpos musculados, muy masculinos, de esos que le hacen sentir a uno tremendamente pequeño, y sí, con pollas muy grandes. Debido a la cantidad de porno que consumía, ya fuera en vídeo o en imágenes, había llegado a la conclusión que todo el mundo tiene pollas enormes. Incluso en reposo. Largas y gorditas, de esas que caen más allá de los testículos. Y nada que ver. Sus amigos tenían unas pollas de tamaño normal, o vamos, lo que él consideraba normal. Pequeñas, rosadas y saltarinas. Casi todos se habían rasurado el vello púbico, tal vez queriendo que aquello pareciese de mejor tamaño, o simplemente porque les gustaba, tampoco se lo iba a preguntar. Dos de ellos se encaminaron rápidamente hacia la orilla. Hacía demasiado calor como para quedarse tumbado en la toalla. “¿No vienes?”, le preguntó su amigo. David dudó. “Aquí te vas a morir de calor. ¡Vamos!”, insistió. Así que no tuvo más remedio. Se quitó la camiseta y se bajó el bañador sin pensar. “Ya está”, se dijo a sí mismo y arrancó a correr antes de arrepentirse.

Estuvieron mucho rato en el agua. Era un miércoles por la mañana y no había casi nadie. Un par de parejas, dos chicas solas y algún que otro despistado que pasaba andando rápido, como queriendo dejar claro que no estaba ahí parar mirar. Regresaron a sus toallas dispuestos a comer algo. Estaban hambrientos. Habían traído refrescos, bocadillos y botellas de agua. “¿Y si vamos a comprar unas cervezas?”, preguntó uno de los amigos. “Da igual, ¿no? Con este sol nos quedaremos fritos”. Entonces una de las chicas que estaba tumbada delante de ellos se incorporó y se dio la vuelta. “¿Diego?”, preguntó. “¿Sí?”. “¡Soy Elisa! ¿Qué no me reconoces o qué?”. “¡Ah! No te había visto, como hace tanto sol…”. La chica se levantó de su sitio y se acercó a saludar al vecino del apartamento. Éste también se levantó, visiblemente cohibido por haberse encontrado a alguien conocido. La chica le dio dos besos y empezó a preguntarle por su hermana mayor, de quien parecía que era amiga. El chico quería aparentar normalidad y luchaba por no bajar la vista, hasta que, en un descuido, le venció la curiosidad. Las consecuencias fueron inmediatas. El chico se puso rojo y su polla dio un salto. De hecho, no solo la suya.

David notó como, irremediablemente, iba a tener una erección. ¿Y ahora qué podía hacer? ¿Se daba la vuelta? ¿Se tapaba con la mano? Mientras trataba de borrar la imagen de su cabeza, flexionó las piernas para ocultar lo que estaba pasando entre ellas. Solo confiaba en que sus amigos estuviesen demasiado pendientes de la chica como para prestarle atención. Y en verdad, así era. Todos trataban de disimular pero, a la vez, no se perdían detalle. “Bueno, pues nada, pásatelo bien”, dijo la chica a modo de despedida. Les saludó con la mano y volvió a su sitio. “Joder, ¿pero quién es?”. “Una amiga de mi hermana”. “¡Pues haberle dicho que se sentara aquí con nosotros!”. “Sí, claro, no tendrá nada mejor que hacer”. “A mí, desde luego, me ha puesto palote”, dijo uno de los chicos señalándose la entrepierna. David sentía que no debía hacerlo, pero no pudo evitar mirar. En cuanto sus ojos se posaron en aquella polla a medio descapullar, la suya se empalmó directamente. “¡Mira, a David también le ha gustado!”. Su pulso volvió a acelerarse. ¿Se habrían dado cuenta que no era precisamente la chica lo que le había interesado? Su amigo le miró fijamente mientras sonreía. “Hay cosas más interesantes para mirar que esa chica, ¿no?”, le dijo guiñándole un ojo. “Vamos, yo al menos prefiero otras cosas…”.

3 comentarios el “¿Debía mirar? Sí, debía mirar

  1. Cesar fassio
    27/06/2014

    Enamorado siempre al leerte.

  2. Carles
    27/06/2014

    Que bello, tierno y real relato. Gracias

  3. Alex Pler
    28/06/2014

    Cuando te pones, me pones.

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Esta entrada fue publicada el 26/06/2014 por en Uncategorized.

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