EL HOMBRE CONFUSO

Un universo de diversión ajena y gratuita

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Desde hace un tiempo, unos meses, mis días de descanso son las festividades madrileñas. Ustedes ahora se preguntarán que dónde vivo, aunque si todavía tienen dudas es que no prestan demasiada atención, ya que he dicho en multitud de ocasiones que vivo cerca del mar. Bueno, a lo que iba. No es que tenga muchos momentos para el reposo, como habrán podido comprobar por el lentísimo ritmo de actualización de este blog, pero de vez en cuando, consigo sacar un momentito para: a) no hacer nada; b) leer la montaña de libros que tengo en cola; c) asumir con emoción las tareas rutinarias del hogar -uno de mis pasatiempos favoritos y que más satisfacción me produce-; o d) darme un paseo entre semana, tomarme un café y disfrutar del espectáculo que ofrece la gente que pasa las mañanas en la calle tomando café. Todo un universo de diversión ajena y gratuita. Hoy, sin embargo, me he levantado con una noticia que me ha dejado triste. Como siempre, como viene siendo un clásico en la gestión cultural -si es que esas dos palabras juntas significan algo-, los bailes de sillas superan, con creces, la lógica y el buen trabajo. No importa que uno se esfuerce, que consiga levantar un proyecto de la nada y lo convierta en un referente en un tiempo récord, que trate de ofrecer una programación adaptada a los diversos ojos que pueden estar interesados en mirar, todo eso no significa nada. Y claro, así nos va. En fin.

Cuando nos interesa hilar fino, somos los reyes del bordado, del petit point, de la cadenita de lana, nos tomamos en serio las bromas que nos interesa tomar en serio y recriminamos a los que lo hacen con las bromas que no nos interesa tomarnos en serio, nos apresuramos a sentar cátedra aunque nadie nos haya pedido nuestra opinión y recordamos nuestros vaticinios si se convierten en realidad y olvidamos los que, con el tiempo, se ha demostrado que eran más bien erróneos. Un poco lo mismo que haríamos en un café con nuestros conocidos, pero de cara a la galería y con la cabeza bien alta, que es como los famosos afrontan una metedura de la pata. Y todo ello acompañado de una buena dosis de ego. Eso, como saben, me tiene fascinadísimo. Ya no solo el hecho de que alguien se sienta tan orgulloso de sí mismo que tenga que compartir con el mundo fotografías que no aportan más información que su propio físico. Eso ya lo doy por normal -y puede que ahí resida el mal originario-. Pero últimamente he asistido perplejo a varias conversaciones donde sus interlocutores estaban tan contentos de haberse conocido que no tenían ningún pudor en calificarse de seres extraordinarios. Y, claro, entenderán que una buena dosis de vergüenza ajena empezó a recorrer mi espalda, provocándome una extraña e incómoda sensación. ¿Puede alguien que no ha hecho otra cosa que vivir, como hacemos todos, hablar de sí mismo como un héroe sin que le chirríe algo dentro de la cabeza? Tal vez por el simple hecho de hacerme esta pregunta ya evidencie mi poco conocimiento de la naturaleza humana actual. Y, como decía en el párrafo anterior, así nos va.

Hemos cambiado el trabajo silencioso por la exhibición ruidosa y cada día nos gusta más. Como leí hace un tiempo, no trabaje, diga que trabaja mucho, con eso será suficiente. Y si de paso puede dejar caer que la naturaleza ha sido muy generosa a la hora de dotarle de un gran miembro viril, entonces, tiene el estrellato ganado. Por eso muchas de las redes sociales censuran las fotos de genitales, para ahorrarnos una exhibición de dotaciones más bien tirando a ridículas, con comentarios más bien tirando a exagerados. Dejemos de ser palmeros. La vida nos lo agradecerá. Y yo más. Se lo aseguro.

Un comentario el “Un universo de diversión ajena y gratuita

  1. Juan Stackhouse
    18/05/2014

    “Resulta tan difícil mirarse al espejo, no se ve nada”.
    Es una de las sentencias de Andy Warhol que acabarían describiendo la realidad en la que vivimos. Personas que son incapaces de relacionarse con los demás más allá de la primera impresión. Me encanta y me fascina la falta de personalidad, pero sólo durante un breve periodo de tiempo. Luego todo se desvanece y la fiesta acaba. Ni fue tan divertida ni tan extraordinaria, pero nos empeñamos en creer irracionalmente que fue un acontecimiento singular. Muchas personas no pueden, no saben ver más allá de su propio ego. Reniegan de la realidad o simplemente la adornan y la aprobación distorsionada de los demás les hace creer que están en el camino a seguir. Cada uno es libre de elegir su propio destino, pero que nadie afirme categóricamente que aquellos que no se adecuan a su visión o delirios de grandeza son inadaptados.
    Disfrute de sus vacaciones y entreguese a sus placeres, obsérvelo todo y mantenga los ojos bien abiertos. Un saludo.

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Esta entrada fue publicada el 15/05/2014 por en Uncategorized.

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