EL HOMBRE CONFUSO

El infierno

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La noche llegó rápido. Dos cervezas, tres caladas y ya había oscurecido. Nadie le esperaba en casa, así que decidió no tener prisa. Se tomó su tiempo mientras la gente a su alrededor volaba casi literalmente. El ritmo frenético de la sociedad se había apoderado tanto de sus cuerpos que incluso cuando no tenían necesidad, hacían las cosas corriendo. Él, mientras tanto, saboreaba su cerveza, que no estaba especialmente buena, ni tampoco demasiado fría, pero era lo único que le importaba en aquel momento. Las gotas de sudor iban formando un charco debajo del vaso. Por un momento pensó que ese sudor podía ser suyo. Y en efecto, lo era. Estaba calentando la cerveza con sus manos. Estaba arruinando lo que único que le importaba y, en realidad, no se había dado cuenta. ¿Y si, en el fondo, era él quién tenía la culpa de todo? ¿Y si no era el mundo el que conspiraba en su contra sino que todo había sido consecuencia de una mano demasiado caliente? No podía permitirse indagar en esas consecuencias, así que continuó pidiendo más cervezas. Como no había nadie, se encendió un cigarrillo. Había visto al camarero guardarse varios billetes en el bolsillo de los pantalones, así que no creía que le importara si fumaba. El caos social se fundamenta en disociar placeres. Si bebes, ya no puedes fumar. Así es como se instala la locura en la población.

Sin darse cuenta, se quemó la palma de la mano. No se enteró. No sintió nada, aunque podía ver la quemadura. Acercó la cerveza para enfriar la herida, pero el vaso estaba todavía más caliente que el cigarro. ¿Tanto tiempo llevaba en aquel bar? Todo le parecía que estaba demasiado caliente. La barra, el taburete, incluso sus propias ropas. Miró al camarero, por si él también estaba sintiendo lo mismo, pero no pudo encontrarle. Debía estar en el almacén robando alguna cosa. Se levanto y fue al baño. Abrió el grifo, con la intención de mojarse la cara, pero sus manos estaban tan calientes que el agua empezó a evaporarse. Tenía mucha sed. A juzgar por lo que veía en el espejo, su aspecto físico seguía siendo el de siempre. ¿Por qué tenía, entonces, tanto calor? Volvió al taburete y llamó al camarero. Nadie respondió. Optó por servirse él mismo un par de cervezas. Podía notar como la temperatura subía por segundos. Temió por su vida. ¿Y si ardía en llamas? ¿Y si se carbonizaba a sí mismo? Se puso a llorar sin darse cuenta. Igual había bebido demasiado. Igual no estaba tan caliente como creía. Pero la sensación era tan real…

Se quitó el suéter y la camisa. No quedaba nadie en el bar, así que no tenía que preocuparse por lo que la gente pensara. No había ni rastro de sudor en la ropa. Su cuerpo estaba tan caliente que evaporaba el sudor antes de que pudiera mojar nada. O al menos esa debía ser la única explicación posible. Llamó al camarero desesperadamente. Necesitaba que alguien le diera la razón, o se la quitara, pero que al menos hiciera algo. Necesitaba ir a un hospital. Se quitó los zapatos y los calcetines. El suelo estaba tan frío que una punzada de dolor le recorrió toda la espalda. El calor quería más calor. Empezó a notar cómo su polla se ponía dura. Tanto que le atravesó los pantalones. Nunca había tenido una erección así. Se quitó los pantalones rotos y se quedó desnudo en mitad del bar. Podía ver como las ondas de calor se instalaban a su alrededor. ¿Qué iba a hacer? ¿Dónde iba a ir así? No podía salir a la calle, pero tampoco quedarse en el bar para siempre. No podía tocar ningún objeto, todos estaban demasiado fríos y le provocaba un dolor que nunca antes había experimentado. Entonces, alguien le dio la mano.

El camarero había salido del almacén y también iba desnudo. Físicamente parecía el mismo de antes, pero las ondas de calor le delataban. Se miraron sin hablar. Algo les había ocurrido. ¿Serían los únicos? ¿La humanidad estaba ahora mismo en llamas? ¿Habían llegado al juicio final? El camarero probó a abrazarle. No ocurrió nada. El contacto de su piel era agradable, no le causaba ningún daño. Apoyó la cara en su hombro y continuó llorando. Los dos lloraban sin saber porqué. ¿Qué les estaba ocurriendo? Perdieron la noción del tiempo. Permanecieron horas abrazados. Se daban besos y se miraban a los ojos. Al menos podrían vivir juntos para siempre. Sus cuerpos reaccionaron y eyacularon a la vez, sin tocarse, sin sentir placer. Nadie entraba en el bar. No sabían si era de día o de noche, si había pasado un mes o una semana, pero tampoco les importaba. Ellos seguían abrazados. Las ondas de calor se hicieron cada vez más profundas, los objetos empezaron a derretirse, el aire era denso y pesado. Su pequeño mundo iba desapareciendo, cuando, de repente, una corriente de aire abrió la puerta del bar…

3 comentarios el “El infierno

  1. fersitu
    28/12/2013

    Me ha emocionado. Dos personas unidas por un problema… o mejor dicho situación. Un profesor mío de la facultad, de los pocos que aprendí algo, nos dijo que los problemas no existen, los creamos, sólo existen situaciones. Dos hombres entendiéndose en un sin sentido, el placer de un extraño al que unirnos.

    Debes seguir escribiendo textos así 😉

  2. Jo-der.

    Cada vez escribes mejor. Las dos primeras frases me han atrapado. Tanto, que he dejado la entrada para el momento oportuno. No quería leerla mientras trabajaba, no quería leerla antes de irme a tomar algo con una amiga. Quería leerla ahora, tranquilo, en mi cama, degustarla. Intuía que me iba a gustar por esas primeras frases.

    Y así ha sido. De la emoción literaria del principio (¡qué bien invitas al lector a sentarse en la mesa del prota!), a la emoción descarnada final.

    Enhorabuena.

  3. Anna Genovés
    09/01/2014

    He disfrutado leyéndolo; una mistura “eróticonoir” con final apocalíptico. Saludos, Anna

    PD. Este es el bueno…

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Esta entrada fue publicada el 28/12/2013 por en Historias confusas.

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