EL HOMBRE CONFUSO

Marta

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“¿Sabes conducir?”. Marta le dijo que no pero que podría intentarlo. No le convenció. “No importa, ya lo haré yo. Tú estate preparada y pasaré a recogerte en cuanto pueda. Te mandaré un mensaje, ¿de acuerdo?”. En el fondo, no quería irse a ningún sitio pero no tenía más remedio. Llevaba mucho tiempo encerrada en casa, no tenía ganas de salir, se sentía amenazada por la vida real. Había encontrado su sitio en internet, era un tópico, sí, pero allí podía ser quién ella quisiera. Se había sacado de la manga a una modelo amateur que leía literatura rusa y nadie lo había puesto en duda. Todo lo contrario, le recomendaban lecturas y ella decía que ya las había leído, sin haberlo hecho, claro. Nadie le preguntaba por su familia, por la herencia que había recibido o si ya había empezado a pensar en su futuro. No quería hacerlo. ¿Qué era el futuro cuando no hay nadie con quien compartirlo? Ya había superado la tristeza visible, la de llorar y querer acabar con el sufrimiento, pero le quedaba un poso de amargura que se había instalado en sus ojos y que, seguramente, nunca pensaba marcharse. Ahora era rica. No tendría que volver a preocuparse por nada en lo que le quedaba de vida y eso, en realidad, era una trampa que le había jugado el destino. Ya no tenía la necesidad de salir de casa a ganar dinero, ya no hacía falta que se relacionara con nadie, ya no tenía que preocuparse por las formas y los paripés sociales, podía vivir por su cuenta y así lo hizo. Cerró la puerta de casa con dos vueltas, bajó las persianas y se juro a sí misma que nunca volvería a salir. Hasta hoy.

Primero había desconfiado. “Creo que no eres tan segura como aparentas ser”. ¿Tanto se notaba que interpretaba un personaje? “Me da a mí que solo eres una chica asustada que se esconde detrás de una imagen que no es la suya”. Rápidamente bloqueó su perfil. No necesitaba que nadie le dijera quién era o quién dejaba de ser. Ya había pasado más veces por eso. Siempre se le escapaba alguna contradicción, algún detalle inverosímil y empezaban a sospechar. Insistían en saber su nombre real y ella les echaba antes de que se pusieran demasiado pesados. Le daba igual lo que pensaran, total, nunca iban a poder encontrarla. Pero esta vez fue diferente. Él estaba ahí, esperándola, preguntándose dónde estaba y por qué se había marchado. Podía notarle a través de la pantalla y cayó. Volvió a admitirle. Al principio, ninguno de los dos se atrevió a decir nada. Pasaron días, semanas, podían verse pero ninguno hablaba, hasta que el hielo terminó rompiéndose. “¿Me odias?”. No supo que responder. “No quería pasarme de listo pero sé que eres mejor de lo que aparentas”. Siguió sin poder responder. “Acepta”. Entonces, empezó a sonar el teléfono. Había solicitado una vídeo llamada. El corazón empezó a bombearle más rápido. Todavía no se sentía preparada para esa invasión. Se apresuró a desconfigurar la cámara pero no llegó a tiempo. “Solo quiero que veas que no miento”. Volvió a sonar el teléfono. Nerviosa, le dio a aceptar. Delante de sus ojos apareció un chico moreno, sentado en una silla de oficina. Sin decir nada, se levantó, se apartó de la mesa y empezó a desnudarse. No llevaba mucha ropa, así que terminó pronto. Miró fijamente a la cámara mientras mostraba su cuerpo. Levantó los brazos, se agachó, dio una vuelta, abrió la boca y volvió a sentarse en la silla. “¿Ves? No hay nada que esconder”, tecleó en el chat. “¿Qué quieres?”, respondió ella. “Que nos vayamos juntos”. “¿Dónde?”. “Lejos”.

Marta no lo pensó dos veces. Le dijo que sí. Poco le importaba quién fuera realmente ese chico o qué intenciones tenía con ella. Aceptaría todas de buena gana, aunque acabara pagándolo caro. Total, ¿qué tenía que perder? Cogió una bolsa y metió dentro algo de ropa, algo de comida y un par de libros. No quería nada de su antigua vida. Tuvo tentaciones de quemar el apartamento, prenderle fuego a todo y ver como se consumía desde la calle, pero le faltaba valor incluso para eso. Espero impaciente a que le mandara el mensaje. ¿Y si era mentira? ¿y si en realidad era otro farsante como ella? El teléfono vibró en su mano. “Baja”. Se acercó a la ventana y vio un coche rojo aparcado en doble fila. Era él. Dio dos vueltas a la llave y abrió la puerta. Por un momento sintió vértigo. Hacía frío, mucho más del que recordaba, y no se había vestido para eso. Cogió una chaqueta del perchero, miró por última vez su casa y cerró de golpe. Bajó corriendo las escaleras, confiando en no encontrarse con ningún vecino y salió a la calle. Se sentía tan liberada. Iba a empezar una vida nueva, lejos, dónde nadie pudiera preguntarle nada, dónde nadie supiera nada de su historia, dónde nadie la tratara con condescendencia. El chico arrancó el coche cuando la vio llegar. En ese momento se dio cuenta de que no sabía ni su nombre. Seguro que se llama Jorge. Tenía cara de Jorge. Entró en el coche, dejó la bolsa en el suelo y le miró. Estaba sonriendo. Le cogió la mano y se la apretó fuerte. Notó como todo su cuerpo se relajaba al instante. “Hola Marta”. Una voz sonó desde la parte trasera del vehículo. “Por fin te encuentro”. No podía creerlo, había caído en una trampa. El chico le había atado la mano al asiento y ya no sonreía. “Ahora podremos hablar”. ¿De quién era esa voz? ¿Qué querían de ella? ¿Cómo había dejado que ocurriera? ¿Cómo?

5 comentarios el “Marta

  1. Alex Pler
    03/12/2013

    Mejorando a pasos agigantados. Y ya escribías bien…

  2. fersitu
    03/12/2013

    Pues estoy muy a favor de que escribas relatos. Ahora bien, no tardes mucho en escribir la continuación… Porfiii.

  3. andytop
    03/12/2013

    Tú me quieres matar de ansiedad?………quiero saber más¡¡¡

  4. Dardo
    07/12/2013

    Yo quiero saber de quien son las fotos !

    • elhombreconfuso
      07/12/2013

      Nico fotografiando a Crystal Renn para Harper’s Bazaar España, julio-agosto de 2013, si no me equivoco de mes.

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Esta entrada fue publicada el 03/12/2013 por en Historias confusas, Uncategorized.

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