EL HOMBRE CONFUSO

¿Morderle los pezones?

Mel Roberts Ron Brouillete 001

Dos chicas esperaban sentadas en un banco a la salida del instituto. Llevaban falditas cortas, camisetas ceñidas, una mochila y sandalias, iban bien maquilladas, ambas con una coleta alta y se fumaban un único cigarro entre las dos, aún así, nadie las hubiera confundido con estudiantes, hacía ya demasiados años que habían dejado atrás los dieciocho. Ambas habían ido juntas al colegio y se habían puesto a trabajar en el supermercado del barrio en cuanto cumplieron los catorze. Habían tenido varios novios, algún que otro riesgo de embarazo, muchos problemas familiares y una vez les tocó algo de dinero en la lotería. Ahora habían vuelto a estudiar para sacarse el bachillerato. Estaban cansadas de estar en caja, pasando productos, pidiendo códigos, comprobando precios y dejándose las uñas contando céntimos, pero la única forma que tenían para promocionar era haber acabado, como mínimo, el instituto, así que allí estaban, trabajando por las mañanas y asistiendo a clase por las tardes.

— ¿Tienes un chicle? No soporto el regusto que deja el tabaco. Mientras estoy fumando me gusta, pero luego, al ratito, te deja la lengua como acartonada y un mal aliento… No sé porque no inventan unos cigarros que, al final, te dejen un agradable sabor a menta o a clorofila. Sería un éxito, te lo digo yo.

— No sé, chica, si no quieres que la boca de huela a humo, pues no fumes, ¿no?

— Uy, yo ahora no lo puedo dejar. Ya tengo bastante con trabajar y estudiar, me falta ponerme a comprar parches, chicles de nicotina, sesiones de hipnosis, libros para dejar de fumar, no, no, no tengo yo dinero para gastar ahora. Y por no hablar de lo de engordar, porque se engorda, ¿eh? yo lo dejé una vez y engordé 10 kilos. Luego los perdí, pero mis tetas no han vuelto a ser las mismas.

— Claro que no han vuelto a ser las mismas, como que te las operaste, ¡mira ésta!

— ¿Qué querías que hiciera? ¿que me arriesgara a perder a mi Fran? Ya sabes que él es mucho de tetas. Si tiene una carpeta con fotos de tías recarchutadas en la oficina, que yo se la he visto.

— Todo bobadas, dónde se pongan unas tetas naturales, que se quiten todas las demás. A los hombre les gustará más mirar unas tetas operadas, pero luego, para tocar, prefieren las de toda la vida, como las mías.

— Pues yo no he tenido ninguna queja…

— ¿No? Pues el otro día escuché, así como quien no quiere la cosa, que el chico este de clase, Alexis creo que se llama, hablaba de tus tetas.

— ¿Alexis? ¿ese cuál de todos es?

— ¡El de la moto! ¡el de la moto! Ese alto, moreno, con unos abdominales debajo de la camiseta que solo de pensarlo me pongo a lubricar, ¡ese! Estaba hablando con otros dos, que no tengo ni idea de como se llaman, y dijo que pensaba que tu tenías las tetas operadas. Los otros dos también pensaban lo mismo.

— Pues claro que las tengo operadas. Ahora me las operaré, me gastaré el dinero para que parezca naturales, ¡sí claro! Es como si vas a comprarte un bolso y te llevas uno bien usado y viejo, pues no, yo si me pongo más tetas quiero que se vea que me he puesto más tetas.

— No, si yo no digo nada, eso lo dijeron ellos, no vengas ahora echándome la culpa a mi, como siempre…

— ¿Y tu dónde estabas cuando dijeron eso? Porque no creo que estuvieras ahí tan tranquila mientras hablan de tu amiga.

– Uy, no, ellos no me vieron. Mira, es que entre clase y clase, me estaba meando y fui corriendo al baño, pero estaba lleno y yo no podía esperar, así que me metí en el de los hombres. Bueno, no te voy a decir como estaba aquello porque solo de pensarlo me vienen unas arcadas… Total, que limpié un poco el wáter con unos klinex y me puse a hacer pis, pero entonces escuché que entraba gente. Eran estos tres que te estaba diciendo. Yo me quedé sentadita y calladita, que no quería que me pillaran. Ellos mientras iban hablando sobre el coche de no sé quien, no sé qué partido de fútbol y sobre tus tetas. Uno se puso a mear y los otros dos le hacían compañía, para que luego digan que si las mujeres siempre vamos acompañadas al baño.

— ¿Y qué más dijeron sobre mi?

— Pues ni idea, chica, cuando acabó el que meaba, se fueron, sin lavarse las manos ni nada, y yo ahí ya me arreglé y volví a clase. Si te tengo que ser sincera, yo creo que el que meaba era Alexis, por el eco de las voces y eso. Y, bueno, si te tengo que ser sincera, me excité un poco solo de pensarlo.

— A mi esas cosas íntimas tuyas, me dan igual, cada uno que haga lo que quiera con sus fetiches. Yo lo que quiero saber es si el Alexis éste querrá algo más que hablar de mis tetas.

— ¿Qué estás insinuando?

— Que voy a esperar a que salga, aunque me tenga que tirar aquí sentada hasta la noche, y le diré que tengo miedo de la oscuridad y que si me puede llevar a casa en moto. Luego haré como que me asusto y le apretaré las tetas contra la espalda. Si eso no funciona, es que yo ya no me llamo Paloma.

— ¿Y tu Fran? ¿tu adorado Fran?

— Mira, a Fran que le den, ¿no creerás que él no hace estas cosas? Que yo le he visto echarle unas miradas a la secretaria del director que podrían haberle arrancado las bragas. Quita, quita, ¿tu sabes lo que sería tocar esos abdominales, morderle los pezones?

— ¿Morderle los pezones?

— Claro, eso a los hombres les encanta. Bueno, y a nosotros también, ¿verdad?

— A mi sí, a ti no sé, igual ya no tienes sensibilidad en los pezones con tanta silicona.

— Mira, no vas a conseguir enfadarme, no, no, yo ahora solo tengo ojos para mi Alexis, así que puedes decir lo que quieras. Como si quieres ponerte aquí a hacer el pino-puente vestida de ardilla, ni me inmutaría.

— ¿Y si tiene novia? ¿y si está casado? Porque tampoco es un chiquillo, puede estar casado y hasta tener hijos. ¿Y si se está sacando el bachillerato para conseguir un buen trabajo y mantener a sus siete hijos?

— ¿Pero tu qué crees? ¿que me lo quiero llevar a casa? No, no, yo solo quiero recordar lo que es tocar un hombre fibrado y sentirme deseada, a mi lo que él haga con su mujer, su marido, sus hijos o sus perros me da totalmente igual. Desde luego, no sé como has llegado tan lejos siendo tan corta, hija.

— Corta, corta, pero si no hubiera sido por mi, no te hubieras enterado de nada de esto.

— Va, seguro que sí, seguro que nos hubiéramos encontrado en la cafetería a la hora del almuerzo, él me hubiera mirado desde el otro lado de la barra, yo le hubiera saludado, él se hubiera acercado y me hubiera invitado a un café y una ensaimada, yo me hubiese dejado, que a esas horas tengo mucha hambre, y con la excusa de quitarme el azúcar del escote, me hubiera manoseado un poco las tetas… ¿crees que es mejor que vaya con o sin sujetador? ¿sería demasiado evidente que me montara en la moto con las tetas sueltas?

— Pues mira, no lo sé, no tengo yo ninguna experiencia al respecto, pero si se lo quieres preguntar a él, está saliendo ahora mismo por la puerta.

— Toma, apura el cigarro que yo me largo. ¿Tienes un chicle?

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Esta entrada fue publicada el 10/05/2013 por en Historias confusas, Uncategorized.

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