EL HOMBRE CONFUSO

Entre flores

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Se despertó algo mareada. Casi no había podido dormir, aunque realmente, no se encontraba mal. Se había ido a la cama pronto, mucho antes de lo que acostumbraba. Trató de leer un poco, como hacía cada noche, de repasar mentalmente las tareas pendientes para el próximo día y de buscar un final para esa historia que tenía a medías, una historia que podía parecer inventada, pero que en realidad era su vida. Aún así, no consiguió estar despierta más de cinco minutos. A partir de ese momento, la noche fue una consecución de pesadillas, a cada cual más extraña, un miedo, que sin llegar a ser terror, la mantuvo en un sueño interrumpido casi cada hora, hasta que a las seis decidió que no podía más.

Sus rituales matutinos eran siempre los mismos. Solía despertarse unos minutos antes de que sonara el despertador. Se levantaba, abría la ventana, hacía la cama y se metía en la ducha. Nunca había soportado ducharse tan pronto pero era la única forma de despertarse del todo. Se tomaba una píldora de vitaminas y una bebida de esas que previenen resfriados. Recogía las cosas abandonadas la noche anterior, fregaba los platos y pensaba si tenía que llevarse comida. Rápidamente volvía a la habitación, se lavaba los dientes y la cara, se ponía las lentillas y decidía que ropa iba a llevar. Metía en el bolso todo lo que necesitaba y a la calle en menos de treinta y tres minutos. Así llevaba unos siete años, pero aquel día todo le parecía tremendamente difícil.

Buscó, sin demasiado éxito, algo para mitigar las náuseas. Probó a comer alguna cosa, por si todo era cuestión de hambre, pero no consiguió tragar ni un bocado. Abrió el agua caliente, se metió en la bañera y trató de recomponerse un poco, no podía faltar al trabajo, y menos por un pequeño mareo. El vapor de agua fue condensándose en el wc, el calor subía pero la extraña sensación que recorría su estómago parecía no parar. En la habitación, su teléfono empezó a sonar. Nunca se había retrasado sin avisar, pero aquel día todo salía mal. Se enrolló en la toalla y corrió a cogerlo, aún sabiendo que no iba a llegar. El contraste con el frío al salir del baño acabó de marearla. Una arcada se generó a la altura de sus pies y le recorrió todo el cuerpo. Tuvo el tiempo justo para apoyarse contra la pared antes de que empezara a vomitar.

Cuando volvió a abrir los ojos, se quedó sin respiración. El suelo estaba lleno de flores, la mayoría azules, como una especie de lirios, aunque también había amarillas y blancas. Había vomitado flores y la verdad es que no se sentía mejor. Alcanzó el móvil, mandó un mensaje a su compañera y se tumbó en la cama. No entendía nada de lo que estaba pasando. “¿Será por la dieta macrobiótica?”, pensó. No podía ir al médico, ni desde luego llamar a su madre, lo más probable es que pensaran que estaba loca, y en realidad, tal vez lo estaba. Trató de incorporarse, pero una nueva arcada se generó en su estómago. El suelo volvió a llenarse de flores, aunque estaba vez sí empezó a encontrarse mejor.

Pasaron las horas y su cuerpo se estabilizó. No sólo dejo de sentirse enferma, sino que alcanzó un nivel de energía que ya había olvidado. Volvía a sentirse joven, prácticamente adolescente, firme y ardiente. Las arcadas no habían cesado, pero estaba intentando controlarlas. Había ido acumulando las flores en cubos y bolsas de basura. Ya casi no podía andar, en cada esquina brotaban semillas, aún sin tierra, ni agua. Buscó unos vaqueros viejos y una camiseta, se hizo una coleta y se dispuso a bajar las bolsas al contenedor. El aire fresco le sentaría bien, la acumulación de polen empezaba a ser preocupante, los vecinos no tardarían mucho en quejarse. Cargó cinco bolsas de golpe y salió a la calle. Notó como cada poro de su piel absorbía los rayos de luz, como las abejas advertían su presencia, como los árboles llamaban su atención. Sin darse mucha cuenta, se acercó a un pequeño parque, situado justo al lado de su portal, y empezó a vomitar.

Los pocos vecinos que había cerca ni se inmutaron. Parecía como si ni siquiera se hubieran dado cuenta de que estaba allí. Continuaban paseando al perro, charlando sobre los programas de televisión, quejándose de la situación económica o toqueteando sus teléfonos, mientras ella no paraba de vomitar. Entonces lo tuvo claro. Alguien le había encomendado una misión sin ella saberlo. Era la encargada de terminar con el invierno y devolver la vida a las plantas, de vigilar el nacimiento de las flores. A partir de ahora, ella iba a ser la primavera.

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Esta entrada fue publicada en 26/04/2013 por en Historias confusas, Uncategorized y etiquetada con .

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